Bosnia, la perla de los Balcanes

Ha cumplido 25 años como país independiente después de uno de los conflictos más fratricidas y estremecedores del siglo XX. Un viaje por Bosnia Herzegovina remueve, consterna y apabulla, y a la vez asombra y deslumbra por la riqueza natural, paisajística e histórica de una de las regiones más bellas de la Península de los Balcanes.    

Thierry Maliniak
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Foto: Xantana / ISTOCK

Los visitantes de las más diversas procedencias, del Este y del Oeste, han vuelto en masa a las abigarradas calles peatonales del centro de Sarajevo. A la entrada del bonito casco viejo, una placa en doce idiomas proclama: Sarajevo, lugar de paz, convivencia y tolerancia. ¿Ha vuelto la armonía a la capital de Bosnia y Herzegovina? Tal vez, pero los recuerdos de la época difícil siguen muy presentes. Tour de las Desgracias, Tour de los Túneles, Tour del Búnker, Tour del Asesinato (del archiduque Francisco Fernando de Austria en 1914): allí está la lista de los tours que proponen a los visitantes las principales agencias de viaje de Sarajevo para dar fe de la historia convulsa (antigua y reciente) de esta ciudad. Una historia de la que, no hace mucho tiempo todavía, se hacían eco los periódicos del mundo entero: era la época del implacable e interminable (¡44 meses!) asedio que sufrió la ciudad por parte de los serbios. Fue el episodio más sangriento de la cruenta guerra que libraron entre 1992 y 1995, con alianzas fluctuantes, bosníacos (musulmanes), croatas y serbios. Hoy, sin olvidar este pasado, los habitantes de Sarajevo, y del país entero, intentan pasar página y volver a una sensación de normalidad. Una empresa difícil, pero a la que ayuda, y mucho, la vuelta de los turistas.

Se puede visitar hoy la capital a dos niveles. El de los atractivos de una ciudad que fue tradicionalmente, y sigue siendo, una de las más fascinantes de Europa, con su mezcla única entre Oriente y Occidente y entre religiones, una combinación que le aportó a la vez una rica diversidad cultural... y muchas desgracias. O, por otra parte, el de un sitio todavía marcado por los estigmas de su desgraciado pasado. Dos niveles que, por lo demás, se entremezclan. Empecemos por el primero. Los turistas llenan de nuevo las pequeñas calles peatonales del centro, donde cohabitan los más diversos atuendos: desde los pantalones ceñidos y los escotes de muchas chicas a los negros niqabs –“son de las turistas del Golfo Pérsico, aquí no practicamos este islam extremista”, se apresuran a precisar los habitantes del lugar–, pasando por todas las gamas de hiyabs. Una multitud de bares y restaurantes ha vuelto a abrir sus terrazas en las animadas calles empedradas de Bascarsija, como se llama el viejo bazar y centro histórico de la capital. Los locales de comida rápida alternan con los cafés de estilo turco donde se fuma el narguile. En un barrio se oye la llamada a la oración del muecín, y en el vecino las campanadas. La calle peatonal Ferhadija, el centro neurálgico de la ciudad, está de nuevo a rebosar de visitantes. Mientras, un paseo por las orillas del río Miljacka, que cruza toda la ciudad, permite observar una mezcla única en el Viejo Continente entre edificios austrohúngaros y lugares de culto musulmanes.

Sarajevo | fotokon / ISTOCK

Primer centro otomano de los Balcanes

La céntrica mezquita Gazi Huzrev-beg ha vuelto a abrir sus puertas a los visitantes, una vez rehabilitada tras los destrozos sufridos durante el asedio. Construida en el siglo XVI, era el polo de un gran conjunto cultural que incluía una madrasa, un caravasar y un hammam (así como... el primer retrete público conocido, que data de 1529), todos abiertos hoy a la visita. La mezquita era también conocida en el mundo musulmán como lugar de formación de los especialistas encargados de determinar las horas de las oraciones. Todo eso nos recuerda que Sarajevo llegó a ser el primer centro otomano de los Balcanes, con más de 50.000 habitantes. Lo que no impide, por lo demás, que la capital tenga también su catedral católica, de la época austrohúngara, su iglesia ortodoxa serbia y su sinagoga (ashkenazi). Un Sarajevo, por tanto, diverso, cautivador... pero que coexiste con otro que las autoridades también quieren enseñar a los visitantes: el de los recuerdos dolorosos. Tres museos los muestran: el Museo de los Crímenes contra la Humanidad, cuyo nombre ya lo dice todo sobre su contenido; la National Gallery, que detalla la masacre sufrida por los bosníacos en Srebrenica, y el Museo Histórico, probablemente el único de su género en el mundo que no tenga ni piezas arqueológicas ni de la Antigüedad, solo documentos sobre un asedio que, de hecho, constituye la única historia que ha conocido este país de apenas 25 años de existencia. Esta tríada de museos describe, principalmente con fotos y vídeos y de manera a veces escalofriante, la vida cotidiana en la época del asedio. Cuando la existencia se convertía en una lotería al cruzar una calle bajo el fuego de los francotiradores. Cuando los cohetes disparados por los asaltantes serbios desde los cerros que circundan la ciudad caían un día sobre un edificio, otro sobre un mercado. Cuando cada día se convertía en una lucha para encontrar agua y comida, o esperar a que volviera por un instante la luz eléctrica. Pero describe también los intentos de los asediados de mantener un semblante de normalidad, montando por ejemplo un Festival de Cine en el otoño de 1993, a pesar de que hacer cola ante la taquilla era peligroso por la acción de los francotiradores. U organizando un concurso de belleza. “No les dejen matarnos”, se lee en una pequeña pancarta que llevaban las concursantes.

Un tranquilo paseo por las orillas del río Miljacka permite observar la conjugación entre edificios austrohúngaros y lugares de culto musulmanes en Sarajevo. | TPopova / ISTOCK

No hace falta, por lo demás, acudir a estos museos para ver el rostro de la guerra. Sigue presente en muchas partes, tanto en Sarajevo como en el resto del país. Abundan los cementerios, muchos con su memorial, en los que la totalidad de los allí enterrados perecieron entre 1992 y 1995, los años del asedio. En las paredes de muchas escuelas figura la lista de los maestros y alumnos muertos durante el conflicto. En la fachada de lo que fue la Biblioteca Nacional, frente al río, una inscripción recuerda que nada menos que dos millones de libros fueron quemados por los asaltantes. Y aunque el esfuerzo de reconstrucción haya sido enorme, basta con alejarse del centro de Sarajevo para observar todavía algún muro con los agujeros de un ametrallamiento. Las autoridades han conservado voluntariamente algunas ruinas emblemáticas, como las del Hospital Pediátrico, uno de los primeros alcanzados por los cohetes. Y en todo el país se observan todavía restos de casas despanzurradas por las bombas, que desentonan a veces en medio de un idílico paisaje de chalets de tipo alpino. Antes de abandonar la capital para adentrarse en el interior del país conviene subir a la Zuta Tabija o Bastión Amarillo, la fortaleza del siglo XVIII que domina la ciudad y en la que se obtienen vistas panorámicas. También permite observar cómo la situación geográfica de Sarajevo, rodeada de cerros, la convirtió en una ratonera perfecta durante el asedio. Para llegar hasta allí se cruza el bonito suburbio de Vratnik, que da al visitante la sensación de desembarcar en un apacible pueblo del fondo de la Anatolia. ¡Sarajevo diverso!

Rumbo a Herzegovina

Tras la capital, rumbo hacia el sur, hacia Mostar, principal ciudad de la región de Herzegovina: 120 kilómetros por una carretera que sigue unos de esos bonitos cañones que abundan en este país de montañas y donde se practica montañismo y rafting. El primer contacto con Mostar, viniendo de Sarajevo, puede ser algo chocante si se llega a mediodía, cuando ya han desembarcado aquí los grupos que han contratado unos tours de unas pocas horas desde la muy cercana costa croata. Es la hora en la que funcionan a todo rendimiento las tiendas que venden fotos de Messi y CR7 al lado de teteras falsamente artesanales, y los restaurantes con camareros en traje supuestamente típico. Pero una vez hayan abandonado el lugar los turistas, una vez hayan dejado de colapsar las estrechas calles peatonales, Mostar y su pequeño casco viejo vuelven a la placidez... y al encanto. Aunque minúsculo, el centro histórico de la ciudad es uno de los más cautivadores de los Balcanes. Se articula en torno a lo que se ha convertido en su símbolo: el famoso y empedrado Puente Viejo, Patrimonio Mundial de la Unesco. Con su espectacular arco, verdadero “arco iris encima del agua”, como lo describió el escritor turco Evliya Çelebi al visitarlo en el siglo XVII, unas décadas después de su construcción por arquitectos otomanos, fue destruido por los croatas en 1993, durante la guerra de Bosnia, y reconstruido nueve años más tarde. Contemplar, desde la terraza de la cercana mezquita Koski Mohamed Pasha, el atardecer sobre el puente, cuya imagen se refleja de manera cambiante en las aguas del estrecho río Neretva, es un momento mágico de la visita.

Mostar. | Sollymonster / ISTOCK

Mezquitas y museos

La impronta otomana en Mostar sigue profunda. Son numerosas las mezquitas (aquí casi todas abiertas al visitante) y las viejas casas de esta época, algunas transformadas en hoteles, que lo atestiguan. También lo reflejan los museos, muchos de los cuales están vinculados a las costumbres otomanas, como el Museo del Hammam, que describe la importancia de los baños públicos en la vida social de la época. El recuerdo de la guerra también sigue presente en Mostar. Aquí el conflicto tuvo otro rumbo: tras unirse para rechazar juntos a los serbios, croatas –que querían anexionar la región a Zagreb– y musulmanes se enzarzaron a su vez en una feroz contienda. En una de las torres adyacentes al Puente Viejo, una magnífica exposición de un fotógrafo neozelandés, Wade Goddard, que vivió aquí los años más duros, retrata la vida diaria de los musulmanes asediados y confinados en un verdadero gueto. Y es que las heridas de la guerra (aunque el visitante, a primera vista, no lo notará) siguen abiertas: croatas y musulmanes de Mostar viven cada uno de su lado, los primeros en la orilla este del Neretva y los segundos en la orilla oeste: cada uno con sus propias clases en las escuelas, su propia universidad, sus propios lugares de culto, sus propias asociaciones y clubes deportivos. La mezcla es casi inexistente.

Tras Mostar, rumbo hacia el norte. La primera etapa es Travnik, en el centro del país. Se convirtió en el siglo XVIII en la capital de la provincia otomana de Bosnia y conserva múltiples huellas de su época de esplendor. Como, por ejemplo, la mezquita Suleymanija, de dos pisos, que exhibe –algo inhabitual en los lugares de culto musulmanes– unas pinturas de frutas de colores vivos, principalmente uvas, lo que le valió ser conocida como “la mezquita colorada”. En uno de los bastiones de la fortaleza de Travnik, unos paneles relatan de manera didáctica, por épocas, la historia de la complicada historia de la ciudad y, a través de ella, la de un país que fue teatro de tantos enfrentamientos. También se puede ver aquí, abierto a las visitas, el museo dedicado al hijo más famoso de la ciudad, Ivo Andric, el único escritor de la ex Yugoslavia que recibió el Premio Nobel, y que situó en su ciudad natal el escenario de uno de sus más famosos libros.

Jajce. | TadejZupancic / ISTOCK

La belleza de Jajce

Siguiendo hacia el norte después de dejar atrás Travnik, el visitante llega a uno de los parajes más encantadores del país: el pequeño pueblo de Jajce. Con su bonito y bien conservado casco viejo a la sombra de una imponente fortaleza construida en el siglo XIV, cuando la ciudad era capital de un pequeño reino, Jajce era un gran destino turístico en la época yugoslava. Y una vez reparados los estragos que le causó la guerra de los años 90 (cambió varias veces de manos), ha vuelto a ser un lugar predilecto del turismo nacional. Tiene para ello la naturaleza de su parte: pocas ciudades pueden enorgullecerse como ella de tener una cascada en pleno centro: la de 20 metros que forma aquí el río Pilva al unirse con otro, el Vrbas. Aunque Jajce fue la última ciudad de Bosnia conquistada por los otomanos, estos dejaron aquí también su impronta, incluyendo una rareza: una mezquita destinada exclusivamente a las mujeres, al pie de la fortaleza. La naturaleza, por lo demás, parece haber bendecido toda la zona. A cinco kilómetros aguas arriba siguiendo el río Pilva, a orillas de un lago, se ha construido un complejo turístico en un sitio bucólico en torno a un conjunto de 18 pequeños molinos de agua que datan de la época medieval. Probablemente la aridez de sus países de origen explica que los turistas del Golfo hayan hecho aparentemente del lugar un destino de predilección. Y no es inhabitual ver a alguna visitante de la Península Arábiga a la que el negro niqab no impide pedalear con entusiasmo a bordo de su patín acuático.

Lukomir | Thomas Brock / ALAMY

Se puede culminar el viaje a Bosnia Herzegovina con una inmersión en el país profundo. Y difícilmente se puede imaginar sitio más profundo que el pueblo medieval de Lukomir. Está situado en el sureste de Sarajevo, en torno al complejo montañoso de Bjelasnica, donde se celebraron en 1984 los Juegos Olímpicos de Invierno (parte de las instalaciones de la competición, aunque abandonadas y oxidadas, siguen en pie y se pueden visitar). Lukomir tiene una característica que ha hecho del lugar un destino codiciado por los visitantes (tanto nacionales como de fuera) con afán más explorador: es el pueblo a la vez más alto (1.495 metros) y más aislado del país. Se llega a él a través de una mala pista que la nieve cierra por lo menos seis meses al año. Pero al llegar el esfuerzo se ve recompensado por el atractivo del pueblo, con sus casas de piedra, sus viejitas tejiendo calcetines que intentan vender a los contados visitantes, sus grandes rebaños de ovejas que alimentan los restaurantes de Sarajevo... Tiene incluso su pequeña pensión abierta en verano, con pretensiones ecológicas, Natura As, que regenta una estudiante de la ciudad cercana de Konjic. Desde Lukomir, un sendero sigue la empinada ladera de la montaña y lleva en unas tres horas a otro pueblo de las alturas, Umoljani. Bordea el vertiginoso cañón del río Rakitnica, y ofrece unas impresionantes vistas a la maravillosa pero desconocida Bosnia de las montañas. Y al senderista le parecen de repente bien lejanos, desde aquí, los muros agujereados por los ametrallamientos y las casas despanzurradas por las bombas.

Mezquita de Ferhat Pasha en Banja Luka | Philip Orbell / ISTOCK

Escapada a Banja Luka

Un viaje a Bosnia Herzegovina no es completo sin una visita a Banja Luka. No solo porque esta ciudad animada es la segunda del país sino también, y sobre todo, porque es la principal de la llamada República Srpska. Es decir, la entidad que crearon los acuerdos de paz de 1995 para agrupar a las zonas de mayoría serbia. Cubre el 48 por ciento del territorio nacional (el resto corresponde a la Federación de bosníacos y croatas), y tiene sus propias instituciones. Banja Luka es la otra cara de la moneda. El otro relato. Aquí, los memoriales callejeros a los muertos no aluden a los de la guerra de Bosnia de los años 90 sino a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual los serbios pagaron un duro tributo por su lucha contra el nazismo. Nada más interesante, al respecto, que visitar, en el centro de la ciudad, el Museo de la República Srpska. Presenta una exhaustiva panorámica de la historia de la región desde el Paleolítico... pero termina en 1945. La guerra posterior de Bosnia no figura entre sus temas. El museo ahonda, en cambio, con excelente material fotográfico, en la persecución que sufrieron serbios, judíos y gitanos de 1940 a 1945 de la mano del régimen de los ustachas, los croatas que apoyaron a los nazis. Las imágenes del campo de concentración de Jasonovac son estremecedoras. Recuerdan que en esta turbulenta región las matanzas interétnicas no empezaron en los años 90. Independientemente de este interés histórico, Banja Luka merece la visita. Es una ciudad muy occidentalizada, donde el hiyab está prácticamente ausente. La hilera de fachadas austrohúngaras de su principal calle peatonal, Veselin Maslese, es espectacular. Y curiosamente es aquí, en pleno baluarte serbio, donde se encuentra una de las mezquitas más bonitas del país: la de Ferhat Pasha, del siglo XVI, con magníficas pinturas policromadas. Sufrió grandes destrozos durante la guerra de Bosnia, pero fue reconstruida con apoyo financiero de Turquía e inaugurada de nuevo en mayo de 2016.

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