La Boca: el barrio multicolor de Buenos Aires

Tango, pasión futbolera y gastronomía popular definen el lugar donde pervive el alma marinera de la ciudad

Noelia Ferreiro
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Fue el viejo barrio de los genoveses, aquella comunidad ruidosa y melancólica que, cargada de sueños, había cruzado el océano para instalarse en aquellas calles aledañas al puerto, allí donde el Riachuelo desemboca en el Río de la Plata. Aquí encontraron una zona pantanosa y hostil, un lugar apenas dotado de astilleros, almacenes navales, pulperías y un puñado de casas destartaladas. 

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La Boca, que alcanzó el estatus de barrio gracias a un decreto de 1870, es el rincón donde muchos historiadores coinciden en señalar que nació la ciudad de Buenos Aires. Fue también, durante muchos años, su puerto natural, cuando grandes embarcaciones llegaban desde muy lejos para descargar en su orilla. Con el tiempo perdió su función y este trasiego de botes, grúas y mercancías pasó al norte de la ciudad. Pero lo que nunca perdió fue su alma marinera, su perfil canalla, su esencia de arrabal. 

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A los italianos, que hablaban el dialecto xeneixe como si estuvieran en su tierra, se fueron sumando nuevos inmigrantes que vivían hacinados en los típicos conventillos, unas casas con múltiples habitaciones y tan sólo una cocina y un baño. Españoles, griegos, alemanes y algunos grupos de franceses y anglosajones. Todos juntos conformaron una peculiar mescolanza de tradiciones y de costumbres, de música y de cocinas. Un grupo de gentes ingeniosas y divertidas, solidarias y trabajadoras, que marcó para siempre el carácter de La Boca.

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La calle más fotografiada 

Fueron ellos quienes le dieron su mayor rasgo de identidad: los vivos colores de esas fachadas de piedra y chapa acanalada, que tienen su origen en el sobrante de pintura que se empleaba en los astilleros. Con ello se instauró un auténtico museo al aire libre, alegre y multicromático, que pervive hasta nuestros días y que tiene su expresión más bella en la famosa Caminito. Según Google Sights Maps, esta calle de apenas 150 metros es uno de los diez lugares más fotografiados del mundo.   

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Anárquico y vociferante, La Boca es un barrio cargado de pasiones. Por sus venas corre la sangre del tango, puesto que el baile argentino por antonomasia no es sino la nostalgia del inmigrante que tuvo que dejar su tierra atrás. Por eso es el lugar donde ver ejercitar en plena calle movimientos de elegancia y seducción. “Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar…” resuena en el mismo lugar que toma su nombre de esta letra.

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La Bombonera

Pero no hay nada más incandescente que en el fervor que provoca su equipo de fútbol: el Club Atlético Boca Juniors, fundado la noche del 2 de abril de 1905 en el patio de un conventillo. Explosivo y bullanguero como son los equipos de barrio, el Boca (eterno rival del River Plate) jugó sus primeros partidos en una cancha de madera, construida con precarios travesaños encontrados en una obra cercana.

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Ya en 1940 pudo ver cumplido su sueño: la inauguración de un estadio de hormigón al que se llamó La Bombonera. La razón de tan curioso nombre se debe a que el arquitecto,  Viktor Sulčič, de origen esloveno, recibió una caja de bombones como regalo de cumpleaños con una forma muy similar a su propio proyecto.  

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Hoy La Bombonera es un campo tan emblemático como su hinchada enardecida, al que se puede conocer en un tour que recorre la tribuna y los vestuarios, al estilo de los equipos europeos. Aunque para saber todo sobre la historia del club hay que visitar el Museo de la Pasión Boquense, abierto todos los días del año. 

Oferta gastronómica

La Boca también fue siempre un rincón consagrado a la buena mesa. Al menos, a la cocina contundente y económica, que era la que ofrecían las fondas y bodegones a los que acudían, tras su dura jornada, los trabajadores portuarios. Muchos basaban su oferta en el típico asado argentino. Y algunos otros, claro, tenían espíritu italiano. 

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De todo aquello quedan hoy ciertas muestras. El obrero o Il Picolo Vapore son algunos de los restaurantes de aquella época, aunque más turísticos resultan El samovar de Rasputín, donde almorzaron una vez los Rolling Stones, o El Gran Paraíso, donde se puede comer en una sala que es un mirador a Caminito o llevarse un clásico choripán para degustar en la calle. 

Arte en todas las esquinas

Capitaneados por Benito Quintela Martín, muchos fueron los artistas que retrataron el discurrir de la vida en los alrededores del Riachuelo cuando estas calles gozaban de una actividad febril. Con ellos La Boca se convirtió en uno de los faros culturales de Buenos Aires a finales del siglo XIX. 

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Hoy el barrio sigue consagrado al arte no sólo en la huella de antaño, que puede contemplarse en el el Museo de Bellas Artes Quinquela Martín, sino también en una generosa apuesta por la modernidad. La Usina del Arte, en un imponente edificio recuperado, presenta innovadoras propuestas culturales (como un espacio exclusivo para bebés de 0 a 3 años), mientras que la Fundación Proa acoge interesantes exposiciones de arte contemporáneo. Después están las pequeñas galerías que junto a las muestras de teatro experimental y los conciertos que se improvisan al aire libre alientan esa cultura callejera que se resiste a desaparecer.

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