Biarritz, la costa de la auténtica 'belle époque'

La capital de la costa vasco-francesa también tiene sus encantos fuera del verano... y nos sigue trasladando a tiempos mejores

Alfredo Merino
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Foto: MARGA ESTEBARANZ

Eugenia creó Biarritz. El título de la exposición, que es el principal evento del verano en la capital vascofrancesa, reconoce el papel de la esposa de Napoleón III en el desarrollo del turismo en esta coqueta urbe. Desde su ecléctica arquitectura, presidida por la villa que el emperador francés regaló a su amada, hasta el postureo por el paseo de la Grande Plage y en la terraza del Casino Barrière y el disfrute de sus arenales; de una manera o de otra, en la urbe biarrota bastantes cosas tienen que ver con la española Eugenia de Montijo. 

Revista VIAJAR

Esto no quiere decir que la condesa andaluza sea la causante del cambio de un antiguo puerto ballenero que devino en destino turístico internacional, pero sí que su impulso dio el espaldarazo definitivo a este delicioso enclave. Fue en los inicios del XVII cuando sus playas se sorprendieron con los primeros bañistas. Por aquel entonces, médicos e higienistas ensalzaban las propiedades curativas de los baños de mar. De la misma manera que Brighton, la isla de Wight y las españolas San Sebastián y Santander, la localidad costera vascofrancesa empezó a recibir a ciudadanos ansiosos de sentir qué era aquello de sumergirse en el océano. 

Hôtel du Palais, la antigua Villa Eugenia, regalo del emperador Napoleón III a su esposa, la española Eugenia de Montijo. | ALFREDO MERINO

La práctica, en principio medicinal, pronto se transformó en una manera de ocio, disfrute y descanso. Era simple y exigía un equipamiento mínimo, en el que destacaban pequeños tenderetes donde ponerse los trajes para el baño. Las herederas de aquellas primitivas cabinas han resistido el paso del tiempo hasta nuestros días. Son los actuales e inconfundibles toldos de rayas amarillas, rojas, verdes y azules que se alinean en la Grande Plage, para siempre convertidos en el símbolo más inconfundible de Biarritz. 

Terraza sobre la playa del Puerto Viejo. | ALFREDO MERINO

Regalo de emperador

Atraído por la fama del lugar, en 1843 Víctor Hugo visitó la población, quedando encantado con sus escenarios. Aunque, en un acto premonitorio, mostró su preocupación por que “este pueblo blanco de tejados rojos y contraventanas verdes que se yergue sobre suaves colinas de hierba se ponga de moda”. Y no lo duda y concluye que “¡ese día vendrá pronto!”. 

Así fue. Solo una década más tarde, la llegada de la española María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox Portocarrero y Kirkpatrick, condesa de Teba y más conocida como Eugenia de Montijo, fue el inicio del carácter turístico de la localidad. Esta aristócrata afrancesada hizo tilín al mismísimo Napoleón III, quien logró engatusar a la granadina, contrayendo matrimonio en la catedral parisina de Notre Dame en 1853. Solo un año después, para satisfacer los deseos de Eugenia, quien visitó siendo niña la localidad vascofrancesa, el emperador le regaló el actual Hôtel du Palais. Erigido junto a la Grand Plage con estilo Segundo Imperio, la planta de Villa Eugenia conserva la forma original de E mayúscula, la inicial del nombre de la emperatriz.

Calle del Barrio Viejo, cerca del puerto. | ALFREDO MERINO

Residencia de verano de los emperadores de Francia, Villa Eugenia se convirtió en atracción de la realeza y aristocracia europeas. El canciller alemán Bismarck, Leopoldo II de Bélgica y la propia Isabel II de España compartieron sus estancias estivales con intelectuales de la talla de Próspero Merimée y Octave Feuillet. La belleza de la localidad y su costa, junto con la bonanza del clima, fueron un elixir que todos los pudientes de Europa quisieron probar. Durante once veranos, la emperatriz de Francia disfrutó de la villa biarrota. Villa Eugenia se reformó en 1859, aumentando su altura y piezas secundarias, como los establos. A partir de 1873, tras la muerte de Napoleón III, pasó a propiedad exclusiva de la condesa de Montijo, quien lo vendió en 1880 al Banco Unión de París. Transformado en hotel-casino, en 1893 se convirtió definitivamente en hotel. En la actualidad está inmerso en una reforma que promete el inicio de una nueva bella época.

ALFREDO MERINO

Para entonces, la construcción del ferrocarril permitió que accediese a Biarritz una pudiente burguesía venida de todos los rincones del continente. Junto a ellos siguieron arribando nuevos miembros de la realeza y nobleza, como Eduardo VII, el rey de Hannover, María-Amalia reina de Portugal, la emperatriz Sissi, la reina Victoria y la princesa Youriewsky, viuda del zar Alejandro II. 

Mercado de Les Halles, que recuerda al madrileño de San Antón.  | MARGA ESTEBARANZ

La temporada rusa

Así se inició una égida rusa que se hizo continua: Constantino, Wladimir, Boris, Cyrilo y resto de Grandes Duques encontraron en Biarritz el mejor refugio frente a los rigores del frío moscovita y estepario. Desde entonces, la villa se convirtió en el centro de una floreciente colonia de aquel país que se prolongó hasta después de la revolución de 1917. Tan nutrida representación contó con personajes de la talla del escritor Antón Chéjov, que acudió a Biarritz para recuperarse de su tuberculosis y a quien debe su nombre un característico y copioso desayuno biarrota descrito por el gran cuentista y que incluye cinco platos. 

Los rusos llegaron a imponer la llamada temporada rusa, que se extendía desde finales de agosto a noviembre. Tanto fue así, que llegó a instalarse en Villa Eugenia una pequeña capilla ortodoxa, decorada con imágenes traídas desde San Petersburgo. La numerosa afluencia de aquel credo obligó a encontrar una solución. Tras intervenir el zar Alejandro III, se construyó un templo ortodoxo en los terrenos vecinos a Villa Eugenia. Inaugurada en 1892 en presencia de la familia imperial rusa, la iglesia de San Alejandro Nevski, con su inconfundible cúpula bizantina, destaca desde entonces en la vecindad del Hôtel du Palais. 

Bar de Biarritz. | ALFREDO MERINO

En la Belle Époque aumentó el interés por Biarritz, tomando plaza las celebrities. El casino celebraba fiestas mundanas a las que asistían estrellas tan rutilantes como Sarah Bernhardt, Charles Chaplin, Igor Stravinsky, Jean Cocteau y el maharajá de Kapurthala. Para entonces, Coco Chanel abrió en la villa el que sería su primer taller de confección; la siguieron todos los grandes de la moda. Tras la II Guerra Mundial tomaron el relevo gentes de la talla de Rita Hayworth, Frank Sinatra, Bing Crosby, el Aga Khan, Gary Cooper, Truman Capote y Ernest Hemingway, entre otros. Este último tiene que ver en el origen de otra actividad que se ha convertido en la tarjeta de visita más representativa de la villa costera: el surf. 

La Capilla Imperial, mandada construir por Eugenia de Montijo.  | ALFREDO MERINO

La fiesta del surf

Fue en 1956 cuando Peter Viertel escribió el guión de The Sun Also Rises, adaptación cinematográfica de la novela del norteamericano Fiesta. El equipo de rodaje, con Hemingway y Deborah Kerr, esposa de Viertel, incluidos, se presentó en Biarritz. También viajaba el técnico Dick Zanuck. Aficionado al surf como Viertel, al ver la naturaleza de las olas biarrotas se mandaron traer dos tablas desde California. Una se destrozó en el viaje y la otra pasó toda clase de vicisitudes. Entre ellas, el intento de las aduanas francesas de cobrar por su importación un 170 por ciento de su valor. Viertel la pasó de contrabando desde España, a donde pidió que se la enviaran. Ya con ella, el americano cabalgó por primera vez en la historia sobre las olas de Biarritz, ante la complaciente mirada de Hemingway y la sorpresa de los biarrotas. Había nacido la que no tardaría en llamarse Pequeña California, la capital del surf europea, que desde entonces es destino first class para los amantes de este deporte.

Un surfero cabalga una ola en La Grande Plage de Biarritz, el lugar donde se practicó surf por primera vez en Europa en 1956. | ALFREDO MERINO

Hasta quince playas ofrece Biarritz y sus alrededores para hacer equilibrio sobre las olas que les envía un Atlántico incansable. Destaca por sus condiciones y la fidelidad que muestra el viento la Côte des Basques, tutelada por la no menos mítica Villa Beltza. En estos arenales hay lugar para todos los niveles y desarrollan los mejores beachbreaks del continente, fantásticos tubos y spots del más alto nivel, según dicen los que saben. Alrededor de este deporte florece una potente industria que incluye escuelas de surf y toda clase de establecimientos, con especial brillo de baretos y restaurantes. 

La Villa Beltza sobre la playa del viejo puerto. | MARGA ESTEBARANZ

Tiendas centenarias

Las competiciones que se celebran todos los veranos se cuentan entre los más multitudinarios eventos del lugar. Entre sus asistentes destacan jóvenes melenudos, herederos de la estética hippie, que pasan su estancia en venerables furgonetas atestadas de tablas y neoprenos. En la arena, la gente se desperdiga manteniendo la recomendable distancia de seguridad, mientras patrullas de gendarmes refuerzan la vigilancia, en especial a la caída de la tarde, para evitar concentraciones.

Playas afuera no faltan atractivos en Biarritz. Muchos ligados a los tiempos esplendorosos del pasado. Es el caso de varios establecimientos donde destacan salones de té como Miremont, cuyo cliente más distinguido, Alfonso XIII, ilustra sus tarjetas de visita; pastelerías de la talla de Maison Adam, creadora de los macarons nada menos que en 1660, y tiendas centenarias como Maison Arostéguy, cuya decoración rivaliza con la calidad de sus delicatessen.  

Los toldos de rayas amarillas, rojas, verdes y azules alineados en La Grande Plage son uno de los símbolos de Biarritz.  | ALFREDO MERINO

Aparte de los paseantes, surferos, turistas y flâneurs, en las calles el espectáculo lo compone una singular arquitectura que acumula palacios, casas señoriales y edificios singulares. Sobre todos destaca el citado Hôtel du Palais, que merece una visita. Para tomar el té en sus historiados salones, saborear la cocina tradicional del chef Jean-Marie Gautier –una estrella Michelin– y disfrutar de la piscina de agua marina climatizada que inauguraron en un memorable chapuzón Frank Sinatra y Gary Cooper en 1954. A tiro de piedra de Villa Eugenia y en el centro de un coqueto jardín, la Capilla Imperial fue un capricho de la emperatriz. De estilo románico-bizantino, no le faltan detalles hispano-árabes. Construida diez años después de Villa Eugenia, en principio se accedía al templo por un puente que salvaba un arroyo. Hoy, rodeada de edificios, no ha perdido su discreto encanto.

El casino y el puerto

Construido en 1929 estilo art déco, el Casino Barrière es parte importante de la historia de la villa y sus líneas singulares emergen sobre la Gran Playa, sin que sepulte su charme el poco afortunado edificio de apartamentos que se eleva detrás. Luego, lo mejor es perderse por las calles, para encontrar edificios de sobrio estilo vasco, mansiones y palacetes neogóticos y neoclásicos como los châteaux Boulard y Gramont, y una constelación de hermosas villas centenarias, como las que abundan en el barrio de Saint-Charles. 

Puente de hierro de Gustave Eiffel que lleva hasta la Roca de la Virgen. | ALFREDO MERINO

Eso sí, conviene dejar para lo último una visita al mercado de Les Halles, interpretación biarrota del madrileño Mercado de San Antón; rebosa productos de los campos y mares vecinos, en un entorno donde abundan bares y bistrot en los que es obligado picar el anzuelo de sus aperitivos. A continuación, se debe proseguir con un paseo por el barrio que desciende al Puerto Viejo, a través de perdidos callejones como el Passage du Chapeau Rouge. Hasta atracar en el puerto de pescadores, para recomponerse con una irresistible fuente de pescados y mariscos cocinados en alguno de los restaurantes que se han hecho hueco en las crampottes, las humildes viviendas de los antiguos pescadores. ¡Ah!... ya nos lo mostró Eugenia de Montijo, el glamour y la buena vida se llaman Biarritz.