Bermeo, rincones románticos del puerto viejo

Jesús Torbado

De nuevo habría que señalar ciertas salvedades, sobre todo para no ofender a los más susceptibles. La villa vizcaína de Bermeo, con unos 18.000 habitantes, es toda una potencia económica y poco tiene de pueblo, según suele entenderse la palabra. Se diferencia mucho de los auténticos pueblos históricos, como Elanchove y Ea o como Tazones y Lastres en Asturias. Bermeo, con su nuevo puerto, que es el más importante del Cantábrico en el amarre de flota de bajura, es hoy eje social y económico de toda una comarca.

Fue marinera siempre y en todos los sentidos, como si formara parte del mismo mar. En casi toda la Edad Media, cuando no existía la invención de Euskadi, ganó honores, gloria y riqueza para Castilla y sus monarcas, reino del que era ciudad importante. En batallas y en industrias. Su poder se manifestaba en las recias murallas y en sus siete puertas de acceso, más lo que ahora consideran el puerto viejo, que es por lo demás uno de los rincones actuales más románticos y melancólicos de toda la costa. Dársena silenciosa y legendaria que se oculta tras el imponente edificio de la lonja, refugio de sueños y hazañas antiguas. Sólo ese lugar mágico y el barrio que lo rodea, todo tan apartado de los lujos nuevos, serviría a Bermeo para sentirse orgullosa. Más habría que añadirle la bulliciosa lonja, la iglesia de Santa Eufemia y unos alrededores con mucho atractivo.