Berlín, en el 35 aniversario de la caída del Muro: así ha cambiado la ciudad
La capital alemana es una isla de creatividad en un mar de conformismo, un espacio único resultado de la fusión de las dos mitades que, durante décadas, separó un muro infame. Visitamos la ciudad cuando se cumplen 35 años de su caída.

Sin ánimo de ofender, pero a los fragmentos del muro de Berlín que se venden como recuerdo les pasa como a las reliquias de la Vera Cruz: si los juntáramos todos, darían para cercar varias veces la capital alemana. Y eso que la longitud original de aquel Muro de la Vergüenza para unos, Muro de Protección Antifascista para otros, medía 155 kilómetros, 43 de los cuales eran la frontera efectiva entre el este y el oeste de la ciudad. El resto impedía el acceso al conjunto de la República Democrática de Alemania (RDA).

Presumo con orgullo mal disimulado de atesorar un pedazo de aquel paredón, del cual no me cabe duda sobre la autenticidad porque lo cogí del suelo la noche del 9 de noviembre de 1989, fecha en que cayeron aquel cacho y varias convicciones ideológicas a la vez. La suerte del novato me llevó a participar del momento histórico que abría la puerta a la reunificación de Alemania, en uno de mis primerísimos encargos periodísticos. Cumplidos 35 años del acontecimiento, regreso a Berlín con ojos de turista para comprobar los cambios vividos en la ciudad. Me acompaña el fotógrafo Félix Lorenzo, de pequeño residente en la ciudad, ya que su familia se instaló allí por motivos laborales.
El primer cambio es evidente, ya que aterrizamos en el aeropuerto de Berlín-Brandeburgo Willy Brandt, que ha sustituido a todos los efectos a los aeródromos urbanos de Tegel y de Tempelhof. El primero se ubicaba muy cerca del centro en la época de la Guerra Fría y hasta mucho después, y hoy está en proceso de reconversión como equipamiento ciudadano; el segundo funcionó durante un tiempo como base aérea estadounidense y ahora es una gran zona verde muy visitada los fines de semana. De hecho, constituye uno de los mayores parques urbanos del mundo, superando al mítico Central Park de Nueva York.
Para ir hasta el centro, nos decidimos por el tren. El sistema de transporte público berlinés es intrincado, entretejiendo las vías del este y del oeste que la historia impidió conectar de entrada. Esta particularidad ayuda a situarse cuando uno recorre la ciudad, ya que en el lado prosoviético abundaban los tranvías y trenes de superficie, mientras el metro subterráneo quedaba reservado a la porción capitalista: si viajamos por encima o por debajo de la tierra, estamos a un lado u otro del antiguo Muro.

Tanto Félix como David Rickerson-Seidel, relaciones públicas del hotel NH Collection de Friedrichstrasse, comparten el recuerdo de viajar en metro atravesando estaciones fantasmas donde no se detenía. Al pegar la nariz a la ventanilla, podían entrever soldados con metralletas iluminados por fantasmagóricas luces verdes mientras recorrían las entrañas del Berlín comunista. Para compensar, subimos a lo alto del hotel para fotografiar otro símbolo de la antigua RDA, la Torre de Televisión, visible desde toda la ciudad gracias a sus 368 metros de altura.
A nuestros pies transcurre Friedrichstrasse, calle que, junto a la Avenida de los Tilos con la que intersecciona, constituían el clásico paseo burgués del Berlín dieciochesco. Hoy concentra el trasiego de los trenes de la estación que lleva el mismo nombre, en el pasado la única que permitía pasar del este al oeste… con suerte. Por eso se alza aquí el Tränenpalast, el Pabellón de las Lágrimas, un edificio con forma de embudo que se antoja muy adecuado a la función que cumplía: pocos eran los que conseguían un permiso.
Declarado patrimonio histórico, desde 2011 acoge una exposición sobre las dos Alemanias y proyecta documentales que ponen en contraste la visión que sobre una misma noticia daban ambos bloques. Porque el primer lugar en el que se evidenció la confrontación entre las dos superpotencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética, fue precisamente el país germano.

La división de Alemania, y dentro de la misma, la creación de una “isla capitalista” en el sector oeste de Berlín, son la representación pura de la Guerra Fría, una brecha que hoy despierta cierta nostalgia complaciente, como se aprecia entre los jóvenes visitantes del Museo interactivo de la DDR (República Democrática, en alemán), situado a la orilla del río Spree. Aquí se muestra la reconstrucción de una típica casa berlinesa del período, un centro de escuchas de la policía secreta o Stasi e información que causa cierta sorpresa entre los visitantes, como la pasión comunista por el nudismo. Para Stefano Gualdi, galerista y guía turístico, en realidad no hay lugar para el asombro: “El mismo sistema social de Hitler fue adaptado a la Alemania del este, desde la existencia de un solo partido a la participación obligada en trabajos para la comunidad o incluso el nudismo: la exhibición del cuerpo ario perfecto tiene su reflejo en esta práctica del período posterior”.
Enjambres de bicis en la puerta de Brandeburgo
Para mantenerse en forma y desplazarse, la bicicleta es el complemento ideal en una ciudad llana, aunque extensa. Basta con acercarse al atardecer a la puerta de Brandeburgo para disfrutar de una de las vistas más icónicas de la ciudad desde la Avenida de los Tilos y comprobar cómo los enjambres de bicis circulan compactos, siguiendo las intermitencias del semáforo. A pedales, nada de ayudas eléctricas ni patinetes. Esa abundancia de ciclistas lleva aparejada una consecuencia agradable: el silencio. Las calles de la ciudad no se perciben ruidosas ni abigarradas.
Al contrario, la tentación de cruzar por cualquier lugar es grande, si bien aquí todo el mundo espera paciente a que el rojo se convierta en verde. Y con simpatía, puesto que las señales de tráfico toman la forma del Ampelmann, un hombrecillo con sombrero de ala ancha que fue diseñado en los 60 por el psicólogo Karl Peglau. Tras la reunificación fue eliminado de los postes, pero su popularidad marcó su retorno en 2005, y ahora hasta dispone de tiendas donde lo venden estampado en múltiples objetos.

La Puerta de Brandeburgo se considera el símbolo de la integración europea, pero durante años marcaba la frontera entre dos mundos, en especial desde el 13 de agosto de 1961, cuando parte de la ciudad se levantó acordonada por alambradas y un fuerte dispositivo militar. El muro de hormigón llegaría más tarde, pero de la noche a la mañana ya no se podía circular libremente entre sectores. Hasta entonces, un veinte por ciento de ciudadanos del este habían huido hacia el espejismo capitalista. El régimen prosoviético dijo basta y lo refrendó con hormigón.
Del mismo material, preparado en bloques de diferentes alturas, es el Monumento al Holocausto, construido en memoria de los judíos asesinados en Europa. En esta ciudad de símbolos, te tropiezas con ese extenso laberinto pétreo en tu camino hacia el Checkpoint Charlie, al sureste de Brandeburgo. De nombre sonoro, se ubica entre los actuales barrios de Mitte y Kreuzberg y, así como antes era famoso por los espectaculares intentos de fuga aquí vividos, ahora es pasto de selfies tras hacer una cola interminable.

Rodean la antigua caseta de control distintos establecimientos de comida rápida americana, mientras que si seguimos por Zimmerstrasse nos encontramos con distintos espacios que reivindican —de nuevo con melancolía— los icónicos coches Trabant, conocidos cariñosamente como “Trabi”, lujo que implicaba invertir el sueldo de años en la compra. Con suerte, los padres los adquirían y los hijos los disfrutaban. Algo más allá, un tramo del Muro protege el centro de documentación sobre el período nazi que lleva el descriptivo nombre de Topografía del Terror.
Una de las conclusiones de esta visita a Berlín es que hay muchas más partes del Muro en pie de las que imaginamos. Y eso a pesar de la especulación desatada alrededor de los terrenos que ha dejado en pleno centro la desaparición de la doble barrera. En unos casos, han dado lugar a edificios de lujo, pasto de inversores, mientras en otros se han convertido en espacios verdes para el ciudadano.

Una muestra de lo primero la encontramos en la East Side Gallery, donde se conservan los más famosos grafitis del Muro, atrapados entre el río Spree y emblemáticos edificios como el estadio Uber Arena o el rascacielos corporativo de Mercedes-Benz. Una parte de esta pared, considerada obra de arte para el recuerdo, fue derribada para construir uno de los bloques de pisos más caros de la ciudad, aunque por suerte el resto fue repintado por los mismos artistas que realizaron los primeros diseños, atendiendo a una invitación del año 2009, cuando se cumplían 20 años de la caída del Muro.
Las cabezas coloridas de Thierry Noir que homenajean a las nuevas generaciones, el Trabant que atraviesa la pared de Birgit Kinder, o el célebre “morreo” de Brézhnev y Honecker de Dmitri Vrúbel son algunas de las 102 pinturas que se pueden admirar. Un poco más allá, el puente de Oberbaum tiene complejo de castillo de Disney y cruza con estilo a la zona de Kreuzberg 36, una de las más alternativas de la ciudad, llena de garitos nocturnos. Diversas tuberías componen filigranas en el aire antes de dejarse caer en el río; esto sucede en muchos lugares de Berlín y no se debe a un capricho artístico, sino a que la urbe se construyó sobre un pantano y aun en la actualidad cualquier obra implica drenar las aguas. Tras sortear la corriente, una breve caminata por la calle Pushkin nos lleva al parque de Treptow, donde se alza una de las tres torres de vigilancia que quedan de las muchas que jalonaban el Muro.

“Nos lleva la marea”
Siempre en la parte central de la ciudad, pero al nordeste, nos espera Louisa Irnich, planificadora urbanística. Quedamos en Kulturbrauerei, antigua fábrica de cerveza donde ahora se destila creatividad, y montamos en las bicis de Berlin on Bike para acercarnos al Mauerpark, combinación de jardín público y recuerdo histórico donde se permite a los artistas callejeros dejar huella, más o menos efímera según sea la calidad de su trabajo.

Una línea en el suelo, por lo general de adoquines, señala los lugares donde las paredes ya no existen y nos sirve de guía hasta que llegamos a otro puente histórico en Bornholmerstrasse. Aquella noche histórica del año 89, el miembro del Politburó —órgano ejecutivo del partido comunista— Günter Schabowski, hizo unas declaraciones ante la prensa occidental en las que anunciaba un reglamento más flexible para el cruce entre “los dos Berlines”. Sea porque lo explicó sin matices, sea por las ansias de hacer uso inmediato del derecho, antes de la medianoche se había concentrado una multitud en este punto de control. Los soldados de guardia advirtieron de la situación con la expresiva frase: “Nos lleva la marea”. Y al filo de la medianoche, 20.000 personas ya miraban atrás desde la orilla de enfrente. Una de ellas vivía en el barrio oriental de Prenzlauer Berg y responde al nombre de Angela Merkel…
Sin embargo, la que sería canciller alemana no habitó una de las casas más surrealistas de aquel período, las que quedaban justo en la frontera del Muro de Berlín. Las ventanas daban a oriente, pero la puerta de entrada, a occidente. El día en que se impuso la prohibición de tránsito, la situación provocó escenas de gente saltando desde los balcones, no siempre afortunada en la caída. Alguno de esos edificios se ha conservado en el Gedenkstätte Berliner Mauer, un amplio espacio verde junto a la calle Bernauer donde también se ubica un segmento del doble muro, conservado para que se pueda comprender cómo era la estructura con una “zona de la muerte” en medio. Entre los bloques de hormigón, se levanta una torre de control que originariamente no estaba aquí. La fundación que gestiona el Memorial pensó que hacía falta para brindar una imagen más evocadora, y consiguió comprarla a un señor que la vendía por eBay y a quien le molestaba en su nuevo jardín.
Terminamos la visita a la ciudad paseando por el centro histórico, entre la Isla de los Museos, el ambiente joven de la columnata que hay frente a la Galería Nacional y la cúpula de catedral. Ojalá que, como dice Christian Tänzler de VisitBerlin, “este 35 aniversario de la caída del Muro sirva para recuperar el impulso positivo de unión que provocó en su día”. Por el bien de Europa. Y de todos.
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