Berlín: 30 años sin muro

Celebraciones en la capital alemana. Nació de dos pueblos medievales acoplados sobre el río, pero una empalizada de hormigón volvió a dividirla durante los días oscuros del Telón de Acero. Este año cumplirán tres décadas aquellas imágenes de sus vecinos liándose a martillazos contra el Muro, y también se celebra desde el centenario de la Bauhaus hasta la inauguración del Foro Humboldt en su recién reconstruido Palacio Imperial. Con tanto evento cocinándose no será difícil encontrar una excusa para tomarle el pulso a esta ciudad fetiche de toda una generación, que muda de piel por sus barrios mestizos y parece haberse tatuado una peineta sobre sus cicatrices de guerra.

Elena del Amo
 | 
Foto: luis davilla

Si toda ciudad de bien presume de un centro definido, Berlín juega al despiste dispersándose entre varios. Sus múltiples cogollos se desparraman, encima, a distancias maratonianas por sus viejos universos enfrentados del Este y el Oeste. En noviembre se cumplen treinta años de la caída del Muro, y las diferencias entre ambos no han desaparecido del todo, a pesar de las mil y una obras que, desde entonces, vienen cosiendo sus calles. Tanta grúa y tanta zanja no ha amilanado al torrente de admiradores dispuesto a sacarle tajada. Pero el que avisa no es traidor: no será pan comido meterle mano a esta urbe inconformista y dual que solo se parece a sí misma.  

luis davilla

Al margen de carecer de un único eje alrededor del cual se vertebre lo demás, las caminatas pueden ser de órdago, aunque ayuda la eficacia del transporte público, así como las bicis, cada vez más populares entre sus tres millones y medio de almas y los trece de visitantes que le vienen cayendo al año. Por otro lado, la barbaridad de arte que encierran sus museos, de huellas de la historia reciente de Europa y de barrios a explorar hace que el típico city break de un fin de semana se le quede pero que muy corto. Y luego está esa personalidad tan suya –“no es Alemania”, se repite a menudo–, por no hablar de la muda de piel –¡otra más!– en la que está inmersa la que, solo en el siglo XX, fuera capital de Prusia, de la República de Weimar, del Tercer Reich y de la Alemania reunificada.

luis davilla

Si a las casas okupa y demás iconos de la contracultura no les quedó otra que hacerles por el Este un hueco a los centros comerciales, los alquileres disparados de los últimos tiempos andan provocando otra mutación por áreas antaño marginales del Oeste, como Kreuzberg o Neukölln. Al calor de unos alquileres irrisorios, a sus obreros e inmigrantes, sobre todo turcos, se les fue sumando un ejército de modernos que, con sus cafés bio, sus tienditas de comercio justo y sus coworking los pusieron en el punto de mira de la movida alternativa. Entre esta gentrificación galopante y los pisos de alquiler turístico, sus vecinos de toda la vida cada vez lo tienen más difícil para quedarse en su barrio. Y, aunque ya quisieran en París o en Londres unos precios como los de Berlín, también muchos de los jóvenes llegados después andan buscando a dónde mudarse. Incluso se están viendo obligadas a migrar a zonas más baratas algunas de las miles de startups que, en la década pasada, convirtieron sus calles en una especie de Silicon Valley para emprendedores y creativos de media Europa, españoles incluidos.

luis davilla

Cicatrices de guerra

Mucha tecnología pues, hasta para localizar con una aplicación los mejores quioscos donde engullir a la carrera esa guarrindongada puramente berlinesa que es el currywurst. Aunque para otras cosas insisten en vivir poco menos que en la prehistoria. Por ejemplo, para el uso de tarjetas de crédito. Mientras que en Ámsterdam o Estocolmo no tardará en volverse misión imposible pagar en efectivo, ir por aquí sin contante y sonante puede suponer tenerse que bajar del taxi o quedarse sin entrar a locales archiconocidos como el club Berghain, uno de los templos planetarios del techno. A la capital, también en sus contradicciones, parece darle muy igual descolocar al primerizo. 

luis davilla

En una de las antiguas fronteras entre su mitad capitalista y la otra comunista, las hechuras cuasi atenienses de la Puerta de Brandeburgo siguen oficiando como su símbolo más nítido. Los tiempos, claro, han cambiado de lo lindo desde que sus columnas vieran desfilar a las tropas de Napoleón o enmarcaran los discursos de Hitler. Muestra sutil de ello, la Embajada de los Estados Unidos, asentada a su nada casual vera después de que la capitalidad fuera trasladada desde Bonn. O, más obvia, la marea de selfis inmortalizándose junto a este emblema que languideció en tierra de nadie cuando los soviéticos, en 1 961, rodearon Berlín Oeste con un muro no para impedir que nadie entrara a la zona opuesta que ellos habían ocupado tras la guerra sino para evitar que los alemanes del sector oriental escaparan al occidental, ocupado a su vez por americanos, británicos y franceses. Las cuatro potencias, que habían derrotado juntas a Hitler, se embarcaron en la Guerra Fría al poco de repartirse la tarta de Berlín.

luis davilla

A dos pasos de este probable punto de partida despunta el edificio neorrenacentista del Reichstag, la actual sede del Parlamento. Mutilado por los ataques contra los nazis, en su rehabilitación fue coronado por una impresionante cúpula firmada por Norman Foster. De día o de noche, pero siempre previa reserva pese a ser de acceso gratis, ascendiendo en espiral entre sus cristaleras va asomando una fenomenal panorámica de 360 grados. A un lado, la Columna de la Victoria que se erigió sobre el inmenso jardín del Tiergarten para conmemorar una ristra de batallas acontecidas en el XIX. En el contrario, la verticalidad futurista de la no menos icónica Torre de la Televisión, antaño orgullo de la RDA. Y, un poco por todas partes, el reguero de teatros y museos que nutren la intensísima vida cultural de esta ciudad; sus barrios mestizos, donde el kebab y las mencionadas salchichas al curry hace lo suyo que le ganaron por goleada al chucrut, o, eterno santo y seña de Berlín, sus cicatrices de guerra.

luis davilla

Crucial entre estas, aunque hoy convertida en un festival de turistas, la vieja garita del Checkpoint Charlie por la que, con los debidos permisos, algunos podían cruzar de uno al otro lado del Muro. O desde el Museo Judío y las escalofriantes exposiciones de Topografía del Terror, en los cuarteles generales de la Gestapo, hasta los recorridos por búnkers, refugios subterráneos o la iglesia Memorial Kaiser Wilhelm, que se dejó en ruinas para que a nadie se le olvidara nunca lo devastador de toda contienda.

Ciudad rediviva

Incluso a un costado de la mismísima Puerta de Brandeburgo encoge el alma el laberinto de estelas del Monumento a los Judíos Asesinados de Europa. Bautizado así, tan sin eufemismos, la desnudez de este recuerdo al Holocausto choca poco más allá con los brillos neón de Potsdamer Platz. Bisagra del Este y Oeste tras la Reunificación, esta plaza fue también uno de los meollos del Berlín transgresor de los locos años 20. Aquellos del cabaret licencioso de Marlene Dietrich en El ángel azul, del Metrópolis de Fritz Lang o el teatro de Max Reinhardt y Bertolt Brecht que desbancaron a París como faro de la libertad mientras duró el experimento democrático de la República de Weimar. Todo ello saltó por los aires al llegar al poder el Tercer Reich. La plaza, con los bombardeos aliados, lo hizo literalmente. 

luis davilla

Borrada del mapa, por el páramo en que quedó sumida discurriría luego el Muro, y solo tras su caída volvería a resplandecer, aunque en un estilo que en nada recuerda a su época dorada. Para bien o para mal, la que manda hoy en ella es la arquitectura de vanguardia de Richard Rogers, Renzo Piano, Helmut Jahn y Moneo, algunos de los encargados de revivirla con megacomplejos que ahora albergan comercios, oficinas o espacios culturales como el teatro donde cada invierno se celebra el festival de cine de la Berlinale.

Pero si, en lugar de enfilar los pasos  hacia Potsdamer Platz, desde la Puerta de Brandeburgo se sigue de frente, la avenida Unter den Linden mostrará el Berlín más elegante con permiso, eso sí, de la exclusiva Kurfürstendamm, una versión local de los Campos Elíseos que en el flanco occidental hilvana una con otra las boutiques de pedigrí. Este boulevard bajo los tilos –es lo que significa Unter den Linden– quedó sin embargo del lado oriental y, con él, sus aristocráticas fachadas ahora remozadas o plazoletas del encanto de Gendarmenmarkt, con sus iglesias gemelas y su sala de conciertos. También, desde la Ópera hasta la Universidad que porta el nombre de Alexander von Humboldt, el naturalista y geógrafo cuyo 250 aniversario se suma este año a las celebraciones por la Caída del Muro y al centenario de la influyente escuela de diseño de la Bauhaus. 

luis davilla

La isla del arte

Enseguida, poco antes de descollar en el reconstruido cogollo medieval de Nikolaiviertel, la llamada Isla de los Museos podría justificar ella solita el viaje hasta Berlín. En un meandro del río Spree, su par escaso de kilómetros cuadrados concentra 6 000 años de arte, con pesos pesados como el busto de Nefertiti o la Puerta de Isthar, por su puñado de museos; los cinco Patrimonio de la Humanidad. 

A la salida, para espantar un síndrome de Stendhal seguro, nada como unas cervezas en los patios o Hackesche Höfe de sus calles traseras, o subir a tomar el fresco a la cúpula de la catedral. Desde tan arriba asoma otro festín de vistas, incluida la del Palacio Imperial, cuya inauguración, con el nuevo macroespacio cultural del Foro Humboldt en su interior, es otro de los platos fuertes previstos para los próximos meses. Herido grave durante la Segunda Guerra Mundial y sentenciado a muerte por los comunistas que se habían adueñado de esta porción de Berlín, la reconstrucción de la residencia de los reyes de Prusia sembró la zona de andamios desde que, en el año 2 012, se pusiera la primera piedra para alzarlo a imagen y semejanza del fenecido original.

luis davilla

Siempre hacia el Este, pasada la plaza de Alexanderplatz que ejerciera como epicentro del lado oriental, la interminable Karl-Marx-Allee desvela otra capa más de la cebolla. Por esta anchísima avenida resiste la más efectista arquitectura soviética entre joyas como el Café Moskau, el entrañablemente vintage Cine Internacional y los bloques de pisos o palacios del pueblo de la era Stalin. Concebida como escaparate de sus logros, aún hoy cuesta poco imaginar por ella a los soldados y los tanques desfilando en las celebraciones del partido. O, con ciertamente menos pompa, a los protagonistas de las imprescindibles Good Bye Lenin! y La vida de los otros. 

luis davilla

Muy cerca sigue en pie el tramo mejor conservado del Muro: la East Side Gallery, con sus empalizadas forradas de murales celebérrimos como el beso de tornillo entre Breznev y Honecker o el valiente Trabbi –el equivalente comunista al escarabajo de Volkswagen– embistiendo el hormigón con su carrocería de serrín. 

Explosión grafitera

Lo de emborronar las paredes no es solo cosa de ahora. Ni siquiera de la noche de aquel 9 de noviembre de 1 989 que puso fin a casi tres décadas de una ciudad dividida. Porque, si bien la policía de la Stasi se cuidaba muy mucho de mantener su lado libre de pintadas, desde comienzos de los 80 los distritos obreros del Oeste vivieron una explosión de grafitis que sigue muy viva. Los hay por todas partes, a pesar de estar en teoría prohibidos. Desde por galerías y museos hasta por las puertas de los baños. Y tanto por barrios del Berlín Este como Friedrichshain, repoblado por okupas y punks cuando tantos de sus habitantes se mudaron al lado rico tras la Caída del Muro, como, al Oeste, por el de Kreuzkölln, como le dicen ahora al hipsterland de los ya mencionados Kreuzberg y Neukölln. 

luis davilla

Al igual que le ocurriera primero al hoy turístico Mitte y después al muy trendy de Prenzlauer Berg –famoso por sus tatuados pero respetables padres de familia y por la vieja fábrica pero ahora espacio creativo de Kulturbrauerei–, sus alquileres al alza van echando a sus vecinos de siempre, y a tanto artista o quieroserartista como viene a probar suerte a la ciudad. Parece que su flujo se desplaza ahora hacia Wedding o Moabit, hasta que también estas zonas se pongan de moda y haya que buscar otras a colonizar. Nada nuevo aquí, por otra parte, eso de tenerse que reinventar. A fin de cuentas, nadie como un berlinés sabe lo que significa ser un verdadero superviviente.