Benidorm, un irresistible placer culpable

Ciudad incomprendida y fascinante. Adorada y vilipendiada. Rebelándose contra tópicos y prejuicios, Benidorm es un modelo de éxito que apuesta por la sostenibilidad y el igualitarismo.

Pablo Fernández
CRISTINA CANDEL

Benidorm es un experimento. Un experimento sociológico, urbanístico y económico. Y, además, es un experimento exitoso. Sin embargo, la historia de esta localidad alicantina ha estado repleta de obstáculos y contratiempos que hicieron incluso peligrar su existencia. Convirtiendo la necesidad en virtud, los benidormenses afilaron su ingenio para sobreponerse a las dificultades. La actual Benidorm es, precisamente, consecuencia de la creatividad y apertura de miras de su gente. En la actualidad, cuando el modelo turístico de masas está en cuestión, Benidorm no hace sino confirmar su modelo de ciudad. Una ciudad más sostenible, habitable y abierta a todos.

Aguas peligrosas

Como afirma el historiador Francisco Amillo, “hasta principios del siglo XIX, bañarse en las playas de Benidorm era un suicidio”. La localidad había sido creada como municipio medieval alrededor de 1312 por el noble Bernat de Sarrià. Debido a su amplia bahía —partida en dos por un promontorio rocoso— y a la protección de las montañas que la rodean, Benidorm tiene un microclima que la convierte, en nuestros días, en un destino apetecible para todo el año.

No obstante, esta ubicación hizo de la localidad un punto especialmente peligroso en el pasado, pues los corsarios africanos atracaban en sus costas con facilidad. En el siglo XV, todos los habitantes de Benidorm fueron raptados hasta en cuatro ocasiones. Habitualmente, los piratas pedían un rescate para liberarlos. Aquellos que no podían pagar se convertían automáticamente en esclavos.

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Debido a la despoblación provocada por los continuos ataques, Benidorm desaparece como pueblo en 1503. Solo quedará habitado el castillo —donde hoy se encuentra el Mirador del Castell—, con un retén de seis hombres que realizaban labores de vigilancia y alerta.  Concluye aquí el primer capítulo de una historia plagada de adversidades.

Una mujer transgresora

Un siglo después de su desaparición, Benidorm reaparece en la historia gracias a una mujer adelantada a su tiempo: Beatriz de Fajardo. Miembro de una acaudalada familia murciana, Beatriz se convirtió inesperadamente en la única heredera de los señoríos familiares debido a la repentina muerte de su padre y de dos hermanos. Aunque otras ramas de la familia reclamaban aquellas propiedades, Beatriz litigó sin descanso y obtuvo finalmente las propiedades. En esta ocasión como en tantas otras, el señorío de Benidorm fue un caso excepcional. Esta localidad estaba sujeta a agnación masculina, lo que significaba que solo podrían heredarlo hombres. 

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Beatriz no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer sin oponer resistencia. Finalmente, pagó dos mil ducados de plata doble a Felipe IV para obtener la propiedad de Benidorm. Paradójicamente, la localidad no tenía ningún atractivo; era un secarral y vivía bajo la amenaza de los corsarios. Poseedora de un carácter emprendedor, Beatriz invierte en mejorar las infraestructuras: repara las murallas, construye hornos, molinos, hostales... Y, lo más importante, trae el agua desde la vecina localidad de Polop gracias a la construcción de una acequia denominada Reg Major de l’Alfàs del Pi y Benidorm, conocida popularmente como Séquia Mare. La iniciativa fue un éxito que provocó la repoblación. Reinventándose tras la adversidad, Benidorm volvía a situarse en el mapa. Como volvería a hacerlo en el siglo XX.

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La vida sigue igual

En 1950, el censo oficial de Benidorm era de 2.726 personas. El presupuesto anual del ayuntamiento rondaba las 70.000 pesetas (420 euros), lo imprescindible para pagar a sus cinco empleados. Existían sólo tres hoteles: el Bilbaíno, el Marconi y el Canfali, con 102 camas en total. El sociólogo Juan Ramón Sanz recuerda que, en los años 50, había “un par de pequeñas pensiones y hoteles en la playa de Levante y un campamento de la Sección Femenina en la de Poniente, que se surtía de agua potable mediante cubas transportadas en carros de mulas”.

Benidorm estaba en una encrucijada. Localidad de pescadores, mercantes y agricultores, sus perspectivas económicas no eran halagüeñas. Y sus infraestructuras, prácticamente inexistentes. El 10 de diciembre de aquel 1950, Pedro Zaragoza Orts fue nombrado alcalde de Benidorm. Y se mantuvo en el cargo hasta el 12 de octubre de 1966. Buena parte de lo que es hoy Benidorm se debe a él. Embaucador e innovador a partes iguales, Zaragoza es un personaje fascinante que bien merece una novela —ya tiene un documental dedicado a su figura, El hombre que embotelló el sol (2016)—. 

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Zaragoza provocó un cambio radical en Benidorm, fundamentalmente a través de un nuevo modelo económico  —basado en el turismo— y urbanístico —con la construcción en altura como principal característica—. Debido a la escasez de suelo, Benidorm ocupa aproximadamente 15 kilómetros cuadrados, se optó por crear una ciudad en altura. A diferencia de lo que pudiera parecer, esta nueva ciudad resultante era más sostenible, amigable e igualitaria.

Para impulsar estos aires de cambio, Zaragoza inició una intensa labor comercial para difundir las virtudes de Benidorm. En 1959 creó el Festival de la Canción de Benidorm —recientemente recuperado—, en el que participaron Julio Iglesias, Raphael, el Dúo Dinámico... Siguiendo los usos y costumbres de las turistas inglesas, alemanas y suecas, también permitió el uso del bikini en las playas locales, anteriormente prohibido a instancias de la iglesia católica. Resurge aquí, de nuevo, la apertura de vistas y la adaptabilidad que ha caracterizado a los benidormenses a lo largo de la historia. Al ser preguntado por la llegada de turistas extranjeros a su ciudad, Zaragoza respondió sagazmente: “Debes estar preparado para acomodarlos, no solo a ellos, sino también a sus culturas”.

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Una ciudad feliz

En los años 70, un grupo de sociólogos liderados por Mario Gaviria analizaron el modelo creado por Pedro Zaragoza. Uno de los participantes, Juan Ramón Sanz, recuerda que “lo que iniciamos como análisis de un problema concluyó con la constatación de un éxito basado en sus condiciones naturales, en la visión de un alcalde innovador y de unas ordenanzas urbanísticas, anteriores a la primera ley del suelo, que impulsaban la construcción exenta en altura con bajos comerciales en línea de amplias avenidas bien dotadas de vegetación, que fueron componiendo un tejido urbano policéntrico y en el que, desde cualquier torre de apartamentos, independientemente de su mayor o menor proximidad a la primera línea de playa, podía contemplarse el Mediterráneo”.

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Esta idea de que todos los vecinos tenían derecho a contemplar el mar desde sus ventanas sintetiza la fascinación de Gaviria con el modelo de Benidorm, que consideraba como un ejemplo de los avances del estado del bienestar, al reconocer el derecho al placer para todos, independientemente de su nivel económico. Una fascinación que llevó a Gaviria a impulsar, en 2015, la candidatura de Benidorm para que la Unesco la declarará Patrimonio de la Humanidad.

En la actualidad, Benidorm tiene registrados vecinos de 147 nacionalidades. Según datos de 2019, la localidad alicantina recibió 16,2 millones de pernoctaciones, por detrás de urbes como Madrid (22,6 millones) y Barcelona (22,1). La diferencia es que Benidorm tiene censados a tan solo 69.118 habitantes. Las edificaciones de Benidorm se distribuyen entre un 30% para residentes, un 30% para apartamentos turísticos y otro 30% para hoteles.   

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La icónica imagen de los rascacielos benidormenses frente al mar define lo que es hoy la localidad alicantina. En palabras de José Luis Camarasa, responsable del departamento de arquitectura del Ayuntamiento de Benidorm, es “una simbiosis entre la ciudad mediterránea y la ciudad norteamericana”. Al tratarse de una ciudad compacta y en altura la sostenibilidad del modelo es mayor: se reduce la movilidad, favoreciendo la peatonalización; gracias a su gestión del agua, logra un rendimiento del agua del 95% —frente a la media española del 75%—;
y su eficiencia energética es mayor al de las ciudades difusas.     

Levante y Poniente

Inicialmente, el crecimiento turístico de Benidorm se inició en la playa de Levante. Se trataba de una planicie más fácil de urbanizar que la abrupta topografía de Poniente. En 1960 se levantó en aquella zona el primer rascacielos de la ciudad: Front al mar (frente al mar). Un edificio de tan solo 14 plantas pero que revolucionó por completo el paisaje de la localidad. La idea inicial, por tanto, fue que Poniente tuviera menos viviendas y mayor tranquilidad. Y el plan se cumplió. A pesar de tratarse de la misma ciudad, los residentes distinguen ambas zonas casi como si de estados de ánimo se tratará. ¿Tú eres más de Levante o de Poniente?, preguntan sus vecinos. Camarasa aprecia en esta diferenciación un nuevo rasgo distintivo de Benidorm: “En realidad, es muy interesante esa doble opción. Si quieres movimiento y actividad, te vas a Levante. Y si quieres tranquilidad, a Poniente”.

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En Levante se encuentra, por ejemplo, The Square, una zona establecida alrededor de la calle peatonal Mallorca y que es como una segunda casa para los británicos de la ciudad: discotecas, pubs, restaurantes... este es el escenario de la famosa comedia Benidorm, del canal británico ITV, que estuvo en antena entre 2007 y 2018.

A mitad de camino entre Levante y Poniente se encuentra el casco antiguo, donde los benidormenses salen de pintxos alrededor de la zona conocida como Los vascos. La división exacta entre ambas partes es el Mirador del Castell, también conocido como el Balcón del Mediterráneo —llamado así, evidentemente, por sus magníficas vistas—. A sus pies se encuentra la Cala del Mal Pas, una sorprendente cala urbana que es un remanso de paz en medio del jolgorio.     

En Poniente, sin embargo, se encuentran los grandes hallazgos arquitectónicos de los últimos años, que han revalorizado la zona hasta límites insospechados. Uno de los últimos en llegar es el Intempo, un rascacielos residencial de 47 plantas y 202 metros de altura, cuyos apartamentos oscilan entre los 360.000 euros y los casi dos millones de euros. Este rascacielos tiene la peculiaridad de tratarse de dos torres paralelas, unidas a 150 metros de altura por un cono invertido —conocido como el diamante—. Podría decirse que la principal característica de su diseño es la esbeltez.

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Esa esbeltez es el elemento clave, según Camarasa, para que la ciudad siga creciendo sin perder su esencia. “Benidorm no tiene techo”, afirma. “Hay que hacer los edificios cada vez más esbeltos —más estrechos y más altos—. Son más eficientes, dejan pasar la luz, están más separados unos de otros... se trata de aplicar una serie de ideas que vienen del racionalismo de principios del siglo XX y proyectarlas al siglo XXI. Hay que seguir mejorando aspectos de la gestión, pero el modelo sigue vigente. Este modelo puede seguir funcionado 30 años.” El tiempo dirá si está en lo cierto.