Benarés, capital sagrada del hinduismo

La capital sagrada del hinduismo supone, a semejanza de Jerusalén, un centro de gravedad para tres credos. Callejeando por su laberíntica ciudad vieja se escucha el latido del tiempo bajo el sonido de campanas que llaman tanto a la oración de réquiem como a la nupcial. Porque Benarés no es sólo la urbe funeraria por excelencia, bañada por el Ganges. Allí la vida y la muerte representan, bajo ceremonias rituales, caras de una misma moneda. La capital sagrada del hinduismo supone, a semejanza de Jerusalén, un centro de gravedad para tres credos. Callejeando por su laberíntica ciudad vieja se escucha el latido del tiempo bajo el sonido de campanas que llaman tanto a la oración de réquiem como a la nupcial. Porque Benarés no es sólo la urbe funeraria por excelencia, bañada por el Ganges. Allí la vida y la muerte representan, bajo ceremonias rituales, caras de una misma moneda.

Maurillo de Miguel

Cómo es posible que la contaminación del Ganges no genere epidemias entre los millones de peregrinos que se bañan en sus aguas turbias para purificarse? He ahí la pregunta que la comunidad científica se hacen a la vista de las inmersiones, baños y abluciones en Varanasi, el actual Benarés. Misterios de la devoción a Shiva que mueve montañas, hasta considerar su río sagrado tan puro y prístino como cuando nace en el Himalaya. Por algo Shiva se llama la manifestación divina que manda sobre la destrucción y mistificación de la naturaleza carnal creada con mando y plaza suntuaria en esta ciudad india. Benarés es conocida como capital del hinduismo, así que no podía sino estar bañada por el Ganges, según la cultura védica un curso fluvial donde se expían los pecados y deben reposar las cenizas del buen hinduista tras su muerte y cremación. De ahí la cantidad de piras funerarias que se encienden en la urbe, manteniéndola permanentemente envuelta entre neblinas medievales, olor a carne quemada y a incienso ceremonial. Sacerdotes, comerciantes, guerreros..., miembros de cualquier casta social que desean como última voluntad en vida dispersar sus cenizas por la Mai Ganges, "el río madre". Sólo los restos mortales del sadhu, eremita liberado del ciclo de las reencarnaciones, puede ser arrojado al río sin incinerar. De ahí el gran espectáculo a que da lugar la cremación en Benarés, a cuyos pies llega el Ganges ya teñido de vertidos industriales o químicos, aguas menores y pesticidas agrícolas. Misterio de la fe hinduista esa veneración al Ganges como líquido elemento de la vida eterna o temporal. Siempre hay algo que celebrar a sus orillas desde que Ganga, diosa de los ríos capaz de purificar cuanto toca, decidió redimir a los hombres piadosos. Tanta era su fuerza de gravedad al descender del cielo, que Shiva hubo de sujetarla por los cabellos para que sus aguas se deslizaran mansamente sobre la Tierra hasta formar el curso del Ganges.
Mucho de fantasmagórica y de producción de mitos y leyendas tiene esta ciudad, donde todo es posible sin mayores trucos de plató: sanyassis, eremitas de Shiva y mendicantes con greñas trenzadas, el tridente en una mano y un cubo de agua en la otra; escenas de plañideras y duelos; peregrinos que se arrastran sobre muñones hasta beber el agua del río; oficiantes brahmanes, ghatias que recitan oraciones védicas bajo sombrilla tras arreglar precio para su oficio con alguna familia de luto; santones ensimismados; maharajás que se abren paso entre las multitudes a lomos de elefante... Parecen allí presentes todos los eslabones del ciclo de las reencarnaciones, del que e hinduista aspira a liberarse con su inmersión en el río sagrado. Los cortejos fúnebres se internan antes de nada por un pasadizo donde declaran la identidad del fallecido y la causa de su muerte a la municipalidad, ventanilla a continuación de la cual les esperan tenderetes donde pertrecharse con todo lo necesario para los funerales (sudarios, coronas de flores, polvo de sándalo y sedas...).
Por el apelativo Kashi ("resplandeciente luz divina") era conocida Benarés en el siglo XII antes de Cristo. Faltando aún siete para que en el 532 llegara el príncipe Siddharta Gautama a sus puertas predicando la iluminación del nirvana, desde el actual Estado de Uddar Padresh, ya competía Benarés con Babilonia y Tebas como gran metrópoli de la antigüedad, al Este de la civilización mesopotámica. Buda, por tanto, llegaba tarde allí con sus prédicas, tratando de desmontar el sistema piramidal de castas con que los brahmanes se habían ungido y coronado, asegurándose el poder teocrático. Allí donde se habían asentado esperando fieles, el Ganges tenía a su vez poderes de salvación gota a gota, bajo su administración ritual.
La creencia sirvió para que ahora en su casco antiguo se arracimen no menos de dos mil altares, distribuidos o superpuestos en el dédalo laberíntico de callejas que le dan vida y bullicio. Téngase en cuenta que lo pueblan un millón de vecinos por quienes doblan a cada tanto las campanas, el gong de la llamada budista o hindú a la meditación que contrasta con el bocinazo de los rickshaws, el ruido de bestias o goznes y el inevitable ajetreo colorista. Cúpulas, alminares, pináculos y palacios dieciochescos se anuncian en la orilla izquierda del Ganges. Una rive gauche que, a vista de pájaro, se mantiene indiferente al paso del tiempo. Poco importan los siglos en la mente ociosa del rajá frente la eternidad para la que fueron construidos sus edificios, con portones sencillos o recargados decorativamente, en la margen oeste del río, desde el llamado Ram Ghat hasta el actual campus universitario, al otro lado de la Fortaleza Ram Nagar. Siete kilómetros a lo largo se extienden las escalinatas por las que Benarés desciende ceremonialmente a su río, distribuidas en 52 tramos de ghats cincelados en piedra, a cada tanto de los cuales se erigen lingams -monolitos consagrados a Shiva bajo la forma de falos-. La urbe sagrada, pues, hace las veces de templo en su conjunto monumental.
Lo aconsejable para entender su alcance ritual es bajar por las escalinatas según amanece, a la altura del ghat de Dashashawamedh, y siguiendo los pasos y pausas de cuanto cortejo transita por ella, has ta el embarcadero. Cortejos que bañarán el cuerpo sin vida que custodian en el Ganges y le rociarán la boca con gotas postreras de sus aguas, ya colocado en la pira donde se cubrirá de maderas y chorros de queroseno para que la combustión sea lo más rápida posible.
Siempre hay cortijos funerarios rumbo al río Ganges , partiendo de Godowlia, la rotonda abierta al tráfico que la villa sagrada posee en el distrito céntrico de Chowk. Con todo, para no perder detalle del abigarrado litoral que se despliega frente al Ganges, conviene empezar la visita panorámica desde un barco o bien a pie, por la Fortaleza y Palacio de Ram Nagar, una residencia perteneciente al maharajá de Benarés a salvo de los desbordamientos con que la corriente del río castigó periódicamente la ciudad. La Cámara de Audiencia Públicas, conocida como Salón Durbar, y el Museo Real, con sus palanquines, armería y mobiliario, merecen una visita en la Fortaleza para valorar el predicamento que llegaron a tener sobre su población flotante de peregrinos y artesanos los señores de Benarés.
Próximo a la Universidad, al oeste del Asi Ghat, en la Avenida Durgakund a la que da nombre, se conserva desde el siglo XVII el Santuario de Durga, bajo la advocación de la consorte de Shiva. Y lo hace con una arquitectura simbólica, cuyo principal capitel, llamado sikhara, surge sobre otros cinco menores: a imagen y semejante del ente absoluto que acaba integrando los cinco elementos responsables de la vida en la Tierra. Cuidado, no obstante, con abstraerse más de la cuenta frente a su representación cosmogónica porque sus simios guardianes están atentos a cualquier distracción del visitante para sustraerle cuanta pertenencia pueda brillar a sus ojos, cámara fotográfica o collar. Pese a su halo místico, el hinduismo recomienda no desprenderse de los bienes terrenales sino voluntariamente, manteniendo los pies en el suelo, mientras a uno no le llega la hora de levitar...
El Templo de Kashi Vishwanath, dedicado a Shiva, no tiene vistas despejadas al Ganges, un paso atrás en la ciudad vieja, entre los ghats de Dashashwamedh y Manikarnika, epicentro este último de las incineraciones hinduistas. Sin embargo, trae consigo el suelo más sagrado de Benarés y se prohíbe el acceso a él para los no hinduistas, aunque su alzado no sea tan antiguo como Shiva quisiera, pues fue levantado por Rami Ahalyabai de Indore en 1776 para sustituir al edificio original vecino que el emperador mogol Aurangzeb destruyó en el siglo XVII. Los creyentes rinden ofrendas en su interior a diversos lingams y entonan cánticos. Todo ello puede entreverse desde afuera, gracias a la azotea abierta de la casa de enfrente, a la que se accede a cambio de unas rupias. Y, desde luego, luce en todo su esplendor el pan de oro que recubre el capitel con que el maharajá Ranjit Singh dotó al santuario en 1835. Nada que pueda envidiarle, en todo caso, el llamado oficialmente Templo Dorado, donde acaso se venera la piedra fálica más antigua de la ciudad. Cada mañana un sacerdote pandit escancia sobre ella agua del Ganges en un jarrón de cobre mientras sostiene con la otra mano una copa de sándalo, reeditando así la advocación básica del hinduismo. Del principio sexual de Shiva, divinidad de la destrucción, se espera también que regenere los ciclos de la naturaleza para que la vida brote de la muerte. Por eso mbién los rituales de cremación llegan a su cenit cuando estalla el cráneo del fallecido en la pira, abriéndose a la energía cósmica. Y a la hora del crepúsculo, los vivos, con el cuerpo cubierto de ceniza, tocan campanillas, símbolo de la vibración cósmica primordial. Campanillas que unen su sonido al de tambores y gongs, cuando acto seguido se ofrecen a Shiva flores, olas sagradas, aceite -símbolo del fuego-, una cola de pavo ventosa y el trozo de tela que lo envuelve imaginariamente todo. Tales son las ofrendas que los hinduistas deben aportar al amparo de los cinco elementos que animan el mundo.
El emperador Aurangzeb, pese a su paganismo feroz, se comportó como emisario divino al invadir Benarés. Llevaba en su tridente la destrucción, pero a la vez, como Shiva, la regeneración. Era necesario, en su opinión, derribar los baluartes del hinduismo para abrir paso a la joven fe musulmana. Por tanto, en el solar del Templo de Visheswara desmantelado levantó la mezquita de Gyanpavi, dejando intuir, eso sí, a tenor de su flanco trasero, la función que tuvo el templo primitivo. Es más, siguiendo con su cruzada, levantó luego la mezquita de Alamgir, esta vez sobre la planta del Santuario Beni Madhav ka Darera dedicado a Vishnu, divinidad conservadora de la trinidad hinduista. Será por eso que, para la empresa, el emperador mogol combinó sus piezas arquitectónicas desmontadas, acabando por ejecutar una suerte de construcción religiosa con visos de mantenimiento. Siguiendo hasta el final el camino al Ram Ghat por la calle que todavía honra al emperador Aurangzeb, en pleno corazón hindú de Benarés, la Mezquita de Alamgir mezcla elementos inferiores y muro del primitivo santuario con estilismo islámico en sus aleros superiores.
Pese a su carácter de Vaticano en todo el subcontinente indio, Benarés ha sobrevivido en el tiempo ateniéndose al imprescindible sincretismo de credos, aunque en 1948 el desbordamiento del Ganges provocó el desplome del mayor de sus alminares.
El rancio abolengo de la solera en la ciudad vieja de Benarés cede el paso a lo advenedizo, poniendo jerarquía al caos circulatorio de peregrinos, vacas y oficiantes de rito. Ocurrió con el hinduismo que permitió la oración islámica bajo cúpula de gran mezquita. Ocurre con los peatones que esperan la circulación de bicicletas para cruzar una calle, lo mismo que las bicis dan prioridad al tránsito de las motos y éstas a los rickshaws. Sin embargo, parecen no pasar los siglos para las callejuelas de la ciudad vieja, por más desconchada que luzca monzón tras monzón. Atenas, Roma y Jerusalén, entre otras ciudades eter nas, variaron sus biorritmos con el paso del tiempo y las civilizaciones. No es el caso de Benarés. Antaño sus mercaderes vendían seda y bronce donde hoy puede adquirirse ropa de moda. Pero allí la vida y la muerte se dan la mano bajo los mismos rituales, igualmente desnudas, al menos desde el siglo VI antes de Cristo. Y prueba de que sus aguas no sólo alimentan las supersticiones de los hombres es que, además, se ven surcadas en lontananza por delfines rosas de agua dulce, que están considerados los animales más inteligentes de la zoología.
En la ciudad de Benarés no hay rincón sin sacralizar. A cada tanto se descubren fachadas o peldaños de escalera donde se han improvisado altares. Basta que en ellos se insinúe la forma de un lingam o de un yoni -voz del órgano sexual femenino- para que los fieles unten sobre ellos pasta de sándalo o aceite. Más aún, algunos símbolos fálicos allí se ven coronados por doquier con jazmín, claveles y hojas amargas de bilva, al parecer la preferida de Shiva. Y es que el 80 por ciento de la población con que cuenta la ciudad sagrada es hinduista, aunque dos mezquitas dominen su corazón monumental.
A todo esto, sin embargo, no sólo musulmanes e hinduistas se hacen hueco en esta ciudad con más de 2.000 templos. A 11 kilómetros de su casco viejo, en mitad de lo que hoy no son sino vestigios y ruinas, en Sarnath, predicó Siddharta Gautama su primer sermón bajo el leit-motiv de "la rueda que gira". Así que supone un lugar de excepción para sus fieles, uno de los cuatro principales en el mundo, semejante al kilómetro cero de sus enseñanzas. Cámbiese la fe judía por la budista, así como la cristiana por la hindú, y Benarés recordará no poco a Jerusalén en materia de cultos y lugares sagrados para tres religiones. Es más, no faltan tampoco iglesias cristianas en su suelo.
Está estipulado que morir en 60 kilómetros a la redonda de Benarés también sirve para ganar la liberación del ciclo de las reencarnaciones. Por eso la urbe de Sarnath acoge también peregrinos, eso sí, mayoritariamente budistas, puesto que en su Parque de los Ciervos reveló Buda las pistas del llamado "camino medio", el camino medio entre el ascetismo y la autoindulgencia, las ocho sendas que llevan a terminar con las penas de este mundo, oteando el nirvana.
La ciudad de Sarnath vivió su período de máximo apogeo y esplendor con la dinastía gupta, en el siglo IV de nuestra era, comenzando su declive con la piadosa reina Kumaradevi, que en el siglo XII hizo construir allí un vasto monasterio. Entonces las autoridades de Benarés decidieron cortar las alas a su villa vecina, desmantelando sus stupas al objeto de reutilizar sus materiales de construcción en beneficio propio. Hoy puede visitarse en Sarnath el Templo Mulagandha Kuti Vihari, levantado en el año 1931 sobre los cimientos de siete monasterios antiguos. Un templo que posee reliquias y está decorado con frescos sobre la vida de Buda del artista japonés Kosetsu Nosu. Con todo, junto a él no queda en pie la Stupa de Dharamrjika, que se erigió en Ashoka para los restos de Buda, pero sí la de Dhamekh, construida 500 años antes de Cristo, donde Buda puso en movimiento la Rueda de la Ley, si es que las excavaciones no lo terminan desmintiendo... Sea como fuere, gracias a los adornos geométricos de sus paredes, la Stupa de Dhamekh figura entre los cinco grandes monumentos bien conservados de Sarnath. El Parque de los Ciervos donde Buda se encarnó como rey de ellos, la senda sagrada de Chankama que fatigaba en sus meditaciones y el Museo Arqueológico de la localidad, donde se guarda el león original del emperador Ashoka, merecen la visita allí. Y, desde luego, el pilar con inscripciones donde Ashoka se sentaba a meditar, así como la Stupa de Chaukhandi, a la que el emperador musulmán Akbar agregó una torre en el siglo XVI, once después de que fuera edificada.