Un verano fresco, bello y gourmet: la costa vasca de punta a punta

La mejor época es entre junio y septiembre, cuando brilla el sol. Esta es, posiblemente, la mejor ruta para exprimir al máximo este paraíso cantábrico

Clemente Corona / Petit Futé
 | 
Foto: Mimadeo / ISTOCK

Un viaje que empieza en Hondarribia es, siempre, un viaje perfecto. Con vecinos como la señorial Hendaya y la puerta al mundo que es el aeropuerto de San Sebastián, Hondarribia ha sabido preservar su carácter. Al caminar por sus calles nos regala estampas típicas de una de las villas marineras por excelencia del cantábrico vasco. Estas estampas están concentradas en el barrio tradicional de La Marina, de la Portua en euskera, en cuyo muelle aún fondean algunos barcos. Allí, las casas tradicionales de pescadores comparten la calle con tabernas y restaurantes donde se sirve el fruto del trabajo del día en el mar en raciones inmensas. No extraña que haya sido incluido entre los 101 pueblos más bonitos del mundo en 30 etapas, de la prestigiosa colección de guías de viaje Petit Futé (ed. Alhenamedia).

Sima_ha / ISTOCK

La ubicación excepcional de Hondarribia, en la bahía de Txingudi, la ha hecho apetecible durante siglos a los ojos de su vecino de bahía, Francia. Es precisamente con Hendaya con quien comparte la bahía, y es esa historia compartida la que está detrás de su tradición del Alarde de Armas, el desfile militar de veinte compañías que recuerda un enfrentamiento con los franceses que tuvo lugar en 1638 y que se celebra en agradecimiento a la Virgen de Guadalupe. Lomas pespunteadas de prados, barrios y caseríos que descienden, lentamente, sobre las aguas de la bahía y del Cantábrico, por las que se mueven barcos en faena, y un centro histórico repleto de monumentos y rincones llenos de encanto: Hondarribia tiene todo para que disfrutemos al máximo de nuestra visita.

Sima_ha / ISTOCK

En el casco viejo, un dédalo de calles y callejuelas abrazado por una muralla —la única que se conserva en Guipúzcoa—, de la que se preservan cuatro baluartes, varios lienzos que los unen y un foso exterior por el que se puede pasear, aguarda la plaza de Armas, el corazón tradicional de la ciudad, sobre la que destaca la presencia rotunda del castillo de Carlos V, que durante siglos albergó a miembros de la realeza y que hoy es uno de los paradores nacionales más bellos. Pero lo mejor es pasear sin prisa por sus calles, con la única intención de disfrutar del paseo, marcado por el azar, pero que nos llevará, sin darnos cuenta, por la calle Pampinot, repleta de casas señoriales de los siglos XVI y XVII, entre las que destaca el palacio de Ramerí con su fachada decorada con dibujos, cuadros y molduras. Cruzaremos la única de las tres puertas de la ciudad que se conserva, la de Santa María, y contemplaremos la belleza sobria y rotunda de la iglesia de la Asunción, construida entre los siglos XV y XVI, y en la que se casó nada menos que un rey de Francia, Luis XIV.

Sima_ha / ISTOCK

No se puede conocer Hondarribia sin La Marina. El carácter pesquero del barrio, situado extramuros de la ciudad, se aprecia a cada paso: el aroma del salitre, los comercios de artículos para la pesca, las preciosas casas de arquitectura marinera vasca tradicional, con sus balconadas de madera pintadas de vivos colores —con la pintura que sobraba después de pintar los barcos— y de las que cuelgan hoy macetas y flores como antaño colgaban, para secarse, los aparejos de los pescadores, que siguen paseando —aún en menor número que antaño— por las calles empedradas de La Marina, y que hicieron del puerto de Hondarribia uno de los más importantes del Cantábrico (hoy, por importancia de la flota y cifras de captura, es el segundo de Guipúzcoa).

Sasha64f / ISTOCK

El barrio, tan típico, fue declarado Conjunto HistóricoArtístico por su entramado urbano y por los monumentos que atesora, como la casa Zeria (hoy es un restaurante), la casa más antigua, de finales del siglo XVI, en la calle San Pedro, el cordón umbilical del barrio. Hay otro edificio civil aún más antiguo, la Cofradía de Mareantes de San Pedro, fundada en 1361. La herencia pesquera de Hondarribia reposa también en el antiguo muelle, Kai Zaharra, que nos regala buenas panorámicas de la ciudad, y donde se encuentran el barco Mariñel, último barco de madera de Hondarribia, y el carro varadero, con el que se izaban las embarcaciones para ser reparadas en tierra. Nos despedimos de La Marina, y de Hondarribia, como lo hacían los antiguos peregrinos del Camino de Santiago: paseando, satisfechos por la visita, por la calle Santiago, que junto con el antiguo Arrabal de La Magdalena, son el origen del barrio. Es hora de poner rumbo a nuestra siguiente parada: Getaria.

Una de las rutas automovilísticas más bellas del mundo

En 2013, nada menos que The New York Times seleccionó a Getaria como uno de los destinos turísticos imprescindibles del mundo, especialmente por la belleza del tramo de la N-634 que conduce a ella, todo un recorrido por la Guipúzcoa marinera más típica y tradicional. A un paso ya de San Sebastián nos aguarda la primera parada, Pasaia (Pasajes), otro pintoresco pueblo pesquero que se asoma en la ría que le da nombre, y en el que las figuras de los montes Jaizkibel y Ulía vigilan esta villa marinera de casas tradicionales de pescadores y un puerto activo donde se siguen desembarcando exquisiteces que llenan las cartas de los numerosos restaurantes y tabernas de la localidad, y que ya enamoró al legendario escritor Víctor Hugo, quien residió un tiempo en ella.

poliki / ISTOCK

Las iglesias de San Juan Bautista y la de San Pedro, el palacio Arizabalo y la basílica de Santo Cristo de Bonanza merecen nuestra atención, y no debemos perdernos las casas tradicionales de vivos colores que saldrán a nuestro paso en Pasai Donibane, uno de los núcleos de población que forman el pueblo, que nos enseña todo sobre su herencia marinera en La Factoría Marítima Vasca. Sin transición apenas se incrusta Pasaia en Donostia-San Sebastián, ciudad señorial por excelencia y una de las capitales gastronómicas del mundo. Al estar enmarcada por una bahía, la de La Concha, flanqueada por el monte Igueldo, a la izquierda, y el monte Urgull, a la derecha, y con sus dos playas —de La Concha y de Ondarreta— separadas por el palacio Miramar, a San Sebastián le sobran razones para que nos perdamos en ella. Sin embargo, una se destaca sobre las demás: su gastronomía, que alcanza la maestría más absoluta en los restaurantes de la ciudad, adornados nada menos que por dieciocho estrellas Michelin, y en el festival de pintxos que llenan las barras de los bares y tabernas de la ciudad.

apomares / GETTY

La N-634 abandona durante unos pocos kilómetros la línea de la costa para serpentear el curso del río Orio hasta llevarnos a su desembocadura en Orio, pueblo marinero que ha sido desde hace siglos escala para los peregrinos del Camino de Santiago, viajeros que, como nosotros, han paseado por las empinadas calles de su laberíntico casco viejo, donde destacan la ermita de San Martín de Tours y la parroquia de San Nicolás de Bari, y que retomaban fuerzas, como haremos nosotros, ante un exquisito besugo en cualquiera de sus asadores, que sacan las parrillas a la calle cuando acompaña el buen tiempo. La señorial Zarautz también es de buen comer. Su playa, famosa por sus casetas de colores, es una de las mejores de todo el litoral vasco. Se puede disfrutar de ella en verano, pasear con calma el resto del año o conquistar sus aguas a lomos de una tabla, pues es una de las predilectas para los numerosos practicantes del surf que hacen de ella una de sus mecas mundiales. En el pueblo abundan los palacetes y casas señoriales —los más destacados son el de Narros, del siglo XVI, y Villa Aiala, convertido hoy en el famoso hotel Karlos Arguiñano.

ASIFE / ISTOCK

Getaria: chacolí y moda

Un bellísimo paseo marítimo de un par de kilómetros comunica Zarautz con nuestra siguiente escala, Getaria, pueblo de pescadores con aroma de otro tiempo y sabor a chacolí (txakoli) (Getaria es la capital de la Denominación de Origen). Al llegar nos asombramos con un escenario de belleza rotunda que se clava en la retina para siempre: por un lado el Cantábrico que enmarca el monte San Antón, conocido por su forma, visto desde el mar, como el Ratón de Getaria. En la cola del ratón —que antes de ser monte fue isla: hasta el siglo XV se usaba como atalaya defensiva, hasta que se rellenó la extensión que lo separaba del pueblo— se apiña la localidad, la cual no supera hoy los tres mil habitantes, y ante cuya visión desde el mar los pescadores de la localidad se daban ya por bien llegados a casa; y por el otro, las laderas que lo rodean y donde crecen las viñas que nos darán el txacoli, preciado oro blanco que nos acompañará en cada taberna ante un pescado a la brasa. La belleza de Getaria es tanto física como espiritual.

Sima_ha / ISTOCK

Su casco viejo, de calles estrechas, conserva mucha de la arquitectura de cuando la población era plaza fuerte en las contiendas contra los franceses, a un proverbial tiro de piedra; y en su puerto aún se transmiten los saberes de sus bravos marinos, expertos durante siglos en la captura de la ballena, una actividad que se realizó hasta bien entrado el siglo XIX. Hoy, los pescadores proveen a Getaria y a nosotros, que la visitamos, con el mejor pescado del Cantábrico, que solo aquí alcanza la perfección a la parrilla. Nuestro paseo por esta Getaria marinera, cuna de Juan Sebastián Elcano, el primer hombre en dar la vuelta al mundo, y de Cristóbal Balenciaga, uno de los 16 1. La Belleza De La Costa Vasca mayores diseñadores de moda de la historia, arranca, precisamente, en el imponente Museo Cristóbal Balenciaga, al que se conoce, con orgullo, como el Guggenheim de la moda, que en pocos años se ha convertido en un icono de la localidad. Adosado al palacio Aldamar —al que acudía Balenciaga de niño acompañando a su madre, costurera, para trabajar en el guardarropa de su residente, la marquesa de Casa Torres; el resto, como se dice, es historia—, está ubicado en un sinuoso edificio acristalado, azul marino como el mar que se divisa desde él. El museo, que domina Getaria desde su punto más alto, atesora más de 1200 piezas del genial modisto, desde obras de arte que arroparon a Grace Kelly hasta los míticos uniformes que diseñó, al final de su carrera, para Air France. Las obras de arte están expuestas en una sucesión de escaparates en seis espacios diferenciados, distribuidos a lo largo del interior del museo, que es tan espectacular como su exterior y que merece toda nuestra atención.

Turismo de Getaria

Desde el museo, la cuesta de Sahatsaga nos conduce hasta la plaza del Ayuntamiento, punto de encuentro de los guetarenses desde hace siglos. En la plaza se alza uno de los tres monumentos en honor al marinero Juan Sebastián Elcano, que se construyó en 1992; este, contemporáneo y rotundo, tiene una terraza que se asoma a la playa de Malkorbe, una de las dos playas de la localidad (la otra, la de Gaztetape, es la preferida por los amantes del surf). Desde la plaza bajan las calles estrechas —hasta el punto de que en muchas de ellas no pueden pasar dos personas a la vez— al mar formando el casco viejo, una joya de arquitectura tradicional vasca en la que merece la pena perderse sin prisa para contemplar lugares como las casas góticas, en la calle de San Roque, últimos edificios supervivientes de los numerosos palacios y torreones defensivos que hubo durante la Edad Media en esta calle —a la que se conocía como la calle de las Torres— y donde hoy se levanta un estupendo hotel y la iglesia gótica de San Salvador. La Getaria más tradicional y colorida nos espera en las calles Elcano y Mayor, con sus tabernas y casas tradicionales, y, desde luego, en el puerto, donde no es raro encontrarse con pescadores arreglando sus redes. Disfrutar de la estampa —los barcos atracados, el chapoteo del agua contra sus cascos, las gaviotas volando lentamente y oteando en busca de comida…— con un txakoli en cualquiera de las terrazas del puerto es el colofón perfecto para nuestra visita a Getaria.

AlbertoLoyo / ISTOCK

Zumaia: pescadora y monumental

Solo siete kilómetros separan Getaria de Zumaia. Un trayecto corto por la N-634, enmarcado por la belleza rotunda del Cantábrico en todo su esplendor, que sigue demostrándonos a cada metro por qué el tramo guipuzcoano de la carretera es una de las rutas automovilísticas más bellas de la Península: las laderas caen sobre el mar, el agua casi acaricia nuestro coche y, de repente, aparece la bahía de Orrua, a la que se asoma esta Zumaia arrebatadora. La llegada a Zumaia nos saluda con una de las mejores playas de la provincia, la de Santiago, en la desembocadura del río Urola. Podremos detenernos en el Espacio Cultural Ignacio Zuloaga, conjunto de edificios —un estudio-taller, un museo y una ermita románica— donde se exponen obras suyas y de su colección personal, con varios trabajos de Rodin, Zurbarán, Goya o el Greco.

Zumaia se asoma a una hermosa bahía rodeada de verdes colinas que descienden hasta el mar en forma de abruptos acantilados. Su casco histórico conserva su trazado medieval, presidido por la iglesia de San Pedro, del siglo XIII. Visita obligada es la ermita de San Telmo, patrón de los marineros, colgada de un precipicio sobre la playa de Itzurun. Un lugar mágico frente a un acantilado esculpido durante miles de años por la erosión del mar. | Iurii Buriak / ISTOCK

Tanto talento es el aperitivo perfecto para degustar hasta la última gota Zumaia que, tras su estampa de pequeña gran ciudad, esconde el casco urbano medieval desde el que se expandió la ciudad, y que tiene al mar como forjador de su carácter. Encaramada en lo alto de una colina y con una estampa que nos recuerda a una fortaleza, la iglesia gótica de San Pedro domina el casco viejo de Zumaia, apiñado a su sombra en empinadas callejuelas tradicionales en las que no faltan casonas y palacetes de arquitectura tradicional vasca, como los de Ubillos, Olazabal y Goikotorre. La ermita de San Telmo vigila la parte occidental de la playa de Itzurun, un estupendo arenal que nos deja precisamente a los pies de la ermita uno de los tesoros de Zumaia: un espectacular tramo de flysch, esas escamas de rocas milenarias que la erosión marina ha construido pacientemente en los acantilados y la superficie. Un fenómeno de otro tiempo y casi de otro mundo. Estos flysch adornan gran parte del litoral guipuzcoano, cuyo tramo más espectacular se encuentra entre Zumaia y Deba, con los acantilados de Itzurun como mayor reclamo.

DieterMeyrl / ISTOCK

Es en esta playa (¡atención, mitómanos!) donde desembarca la reina Daenerys, el personaje de la serie de televisión Juego de tronos, para reclamar su trono.

Puro Cantábrico: de Deba a Bilbao

La N-634 nos sigue conduciendo por bucólicos paisajes, en los que no faltan caseríos y montes de castaños, hasta llegar en un suspiro a la acogedora Deba, parada obligada tanto por su patrimonio —su iglesia de Santa María la Real y sus casas solariegas, como la de Aguirre— como por sus santuarios de arte rupestre en las cuevas de Ekain, Ermitia y Urtiaga. Volveremos a echar pie a tierra pocos kilómetros más adelante, en Mutriku, ya en Vizcaya, villa pescadora que fue, en la Edad Media, uno de los puntos estratégicos más importantes del Cantábrico, de lo que la torre de Berriatua —una de las dos que, junto a la muralla, la defendían— es testigo. Mar bravo y gris, y valles sinuosos y esmeralda acompañan nuestro discurrir por las carreteras BI-633 y BI-2045, que nos llevarán, en una hora de trayecto, a Elantxobe, pueblo pesquero con una particularidad: sus laberínticas calles caen hacia el mar como si sus edificios escalonados estuvieran unos encima de otros, dando la impresión de que podríamos echarnos a faenar en cualquiera de las embarcaciones atracadas en su precioso puerto, sin necesidad de tocar el suelo, solo saltando de tejado en tejado.

jon chica parada / ISTOCK

Deberemos circundarlo para llegar a Mundaka, cuya playa es, probablemente, la mejor de Vizcaya; además de uno de los destinos preferidos por surfistas de todo el mundo, que persiguen dominar su famosa ola izquierda, una de las más exigentes del planeta. Nosotros los contemplaremos desde lo alto del pueblo, con el puerto a nuestros pies, desde la ermita de Santa Catalina, cuyas vistas sobre la desembocadura de la ría de Urdabai son, simplemente, inolvidables. Un corto trayecto —que incluso se puede hacer a pie por la vía paralela a la carretera BI-2235— nos separa de Bermeo, una de las poblaciones pesqueras que mejor ha conservado el ambiente de antaño. En este pueblo marinero y próspero alrededor del mar, empezando por el escudo de la localidad, que representa a un barco capturando una ballena, no debemos perdernos la subasta diaria de pescado que se celebra en el puerto dos veces al día. Después podremos ir a las tabernas del casco viejo para disfrutar del pescado vendido. Aquí, además de las tradicionales casas de pescadores, veremos monumentos como la iglesia de San Francisco, que tiene uno de los claustros más antiguos del País Vasco, de mediados del siglo XIV; la torre de Ercilla, que domina el puerto Viejo, o el arco de San Juan, del siglo XIV, testigo del pasado medieval de la villa. Ya será hora de terminar nuestra ruta.

San Juan de Gaztelugatxe es el nombre que recibe esta pequeña isla situada en la costa bizkaina, en España. En ella, y a lo lejos, podemos observar como se alza el Faro de Matxitxako.      | Eloi_Omella / ISTOCK

Antes de poner rumbo a Bilbao para descansar y hacer noche, nos desviaremos hacia San Juan de Gaztelugatxe, uno de los lugares mágicos de nuestra geografía, de fama mundial gracias, de nuevo, a la serie televisiva Juego de tronos. Esta ermita dedicada a San Juan Bautista es un auténtico castillo de roca —eso significa gaztelugatxe en euskera—, ubicado en lo alto de un islote en forma de cono y unido a tierra firme por un puente de piedra y a la que ascenderemos, maravillados, como los personajes de la serie, por un estrecho camino de 241 peldaños para, desde allí, sentir en cada poro la fuerza del Cantábrico.

Por el municipio de Elantxobe se extiende el estuario del río Oka, que forma la Reserva de la Biosfera de Urdabai, uno de los mayores tesoros naturales del norte peninsular y el mayor humedal del País Vasco.