Belice: corazón maya de selva y coral
Entre la frondosa jungla y el Caribe, Belice guarda los ecos de su pasado maya. Un rincón de la Centroamérica más desconocida donde el alma del pueblo del maíz sigue latiendo.

En lo alto de una colina, las piedras desgastadas de Cahal Pech parecen flotar entre la exultante vegetación que arropa el oeste de Belice. Ha costado alcanzar los vestigios de este templo milenario y el sol ya tiñe de ámbar la selva. Comprobamos que la taquilla está cerrada, aunque no hay barreras que impidan el acceso. A pocos metros, unos chicos, que matan el tiempo entre risas y bocanadas de humo, se ofrecen como guías al notar nuestra indecisión. Titubeamos. La tentación es fuerte, así que, cruzamos ese umbral que separa dos mundos, dos tiempos. Sin mapas, pero guiados por unas voces que entremezclan con gracia inglés y español, penetramos en uno de los asentamientos mayas más antiguos. 36 estructuras revelan la sofisticación de una civilización que habitó el lugar entre los años 1500 y 850 d. C. desentrañando las incógnitas de la astronomía y la ciencia, conocimientos que aún permanecen grabados en sus rocas.

Ante la atenta mirada de agutíes, recorremos los pasillos y plazas que perfilan el recinto. Resulta fácil imaginar la vida de la nobleza o enmudecer con sus pistas dedicadas al juego de la pelota, donde el destino de los ganadores estaba marcado por los dioses. El refugio perdido de los antiguos mayas es aún más estremecedor bajo la luna llena. La noche ha caído por completo y la silueta de templos engullidos por las raíces de cedros, que se retuercen apoderándose de las vetustas piedras, se muestra más imponente si cabe.
La ciudad de las garrapatas, como se traduce su nombre del maya, debido a los animales infestados de estos parásitos que campaban a sus anchas por el enclave, no es el único yacimiento. Se calcula que este territorio fue habitado por más de 1,5 millones de mayas cuya huella aún permanece oculta bajo la espesura de la selva.
Tras sortear el río Mopán en un transbordador de cable accionado manualmente, accedemos a otro enigma de esta civilización: Xunantunich. Su denominación, “la mujer de piedra” en castellano, deriva de una leyenda tan arcana como su pasado. Se dice que el espectro de una mujer, vestida con ropajes mayas, solía aparecerse entre sus templos atemorizando a los lugareños.

La historia de Xunantunich, el asentamiento maya más importante de Belice junto al de Caracol, se remonta al año 1000 a. C., momento en que se fundó como poblado agrícola, aunque fue siglos después cuando se levantó la impresionante arquitectura que hoy lo perfila, convirtiéndose en un poderoso centro ceremonial y residencial para la élite, con palacios, santuarios, un campo para el juego de la pelota e imponentes templos. Además, despuntó como centro de aprendizaje para escribanos, quienes registraban su conocimiento en códices y relieves. Sin embargo, Xunantunich, como otras tantas ciudades mayas, terminó abruptamente cuando un terremoto dañó sus estructuras, lo que la llevó al inevitable abandono.

Sobre la colina en la que se asienta, se alza El Castillo, una pirámide de 43 metros de altura que se recorta solemne contra el cielo. En sus muros aún se pueden admirar frisos con representaciones de dioses, símbolos astronómicos y elementos mitológicos, reflejando la cosmovisión de esta civilización. Desde la cima, la vista es sobrecogedora. Un manto esmeralda se fusiona con las montañas de Guatemala que resguardan la frontera. Sobre nuestras cabezas, pájaros tropicales surcan el cielo hacia otro de los grandes tesoros de Centroamérica, Tikal, a tan solo dos horas en coche.

Debido a su piedra caliza fácilmente erosionable, Belice está horadado por cuevas, las más extensas de la región. Cuevas que son auténticos portales al pasado, como la de Barton Creek, un umbral al Xibalbá, el inframundo para los hijos de la selva y la piedra, custodiado por raíces de árboles chechén. Descubierta en los años 50 por locales que andaban a la caza de la resina del chicozapote para fabricar chicle, la caverna ha sido objeto de exploraciones de espeleología y de estudios arqueológicos que han revelado lóbregos secretos. Sobre una canoa remamos hacia su entrada recorriendo un pequeño tramo del arroyo Barton. La oscuridad nos envuelve poco a poco mientras el sonido de las gotas cayendo desde las estalactitas repica como un segundero ancestral. Guiados por la tenue luz de una linterna, remamos hacia lo desconocido siguiendo el particular reloj acuático que, en lugar de avanzar, retrocede en el tiempo, cuando el sitio era un escalofriante centro ceremonial.

De los ocho kilómetros de Barton Creek, tan solo 900 metros están habilitados para visitantes, sin embargo, lo que exploramos basta para turbarnos. Sus cavidades desvelan restos de herramientas, cerámica y cazuelas utilizadas en rituales. Los mayas creían que eran dominios de los dioses, por lo que las destinaron a sacrificios humanos, especialmente de niños de sangre pura, con la esperanza de atraer lluvias para sus cosechas. Se han encontrado unos 28 restos óseos, incluido el de un pequeño con el cráneo deformado, una técnica, con fines estéticos, practicada en los miembros de la nobleza. Varias estalactitas en forma de columnas parecen sostener la bóveda de piedra, que alcanza hasta los 100 metros de altura. Más adelante, el techo se encoge y las estalactitas nos apuntan cada vez más cerca, al igual que los murciélagos que revolotean. Un inquietante momento en el que apagamos las linternas para terminar de sobrecogernos ante ese inusual viaje en el tiempo de plegarias, sacrificios y el crepitar de antorchas multiplicándose en el agua.

A 64 kilómetros, otra cueva sigue narrando la historia entre más vestigios. Suspendidos sobre las copas de árboles selváticos, tres puentes tibetanos y una red de tirolinas nos lanzan al vacío. La vibración de la cuerda retumba en las paredes mientras la velocidad sigue conjugando pasado y presente en un mismo instante. Cuando alcanzo el otro lado del cable, siento vivir varias vidas en una sola al encontrar unas vasijas en un recoveco oculto, allí en la absoluta oscuridad a la que hace alusión el nombre de la gruta. La travesía por los largos sistemas de Dark Night no ha hecho más que comenzar. La adrenalina sigue fluyendo mientras descendemos un río subterráneo sobre un flotador gigante. La corriente serpentea por sus entrañas calizas acercándonos el tenebroso legado maya en un mundo de noche y silencio tan solo irrumpido por una voz que avisa: “Cuidado con las víboras”. La experiencia es aún más extrema en Actun Tunichil Muknal, conocida como ATM. Acceder a la gruta supone convertirse en Indiana Jones después de realizar una caminata de 45 minutos, cruzar tres ríos, hacer rápel y, en algunos casos, nadar en frías pozas para alcanzar la cámara donde descansan los restos de la doncella de cristal, un esqueleto de una adolescente que, tras siglos de mineralización, brilla con resplandor ancestral.

Un santuario natural de culturas
De camino a la costa sur, nos sorprende un repentino chaparrón a pesar de ser temporada seca. “La lluvia es la bendición de los dioses mayas”, grita exaltado un viandante local que se cruza en nuestro camino. El pasado sigue vivo en cada rincón de Belice. Así seguimos descubriendo la historia de un país que late con fuerza entre sus gentes. Mayas, criollos, garífunas o menonitas son parte del mosaico étnico que teje su identidad. Aunque la lengua oficial es el inglés, también se habla español y criollo. El paso de los españoles fue muy breve. Llegaron en el siglo XVI, pero muchos siguieron su camino al no encontrar recursos suficientes, obviando que los mayas se asentaron aquí por su perfecta posición para la pesca y el comercio. Años más tarde, tratarían de recuperar el territorio en la batalla del Cayo San Jorge contra Reino Unido. Declarado colonia británica en 1862 y bautizado como British Honduras, Belice fue el último país de América en independizarse en 1981. A pesar de pertenecer aún a la Commonwealth, los billetes que antes llevaban la imagen de la reina Isabel II están siendo reemplazados por los de héroes nacionales, marcando un nuevo periodo.

En Placencia, la cultura garífuna está muy presente. Este antiguo poblado de pescadores se ha transformado en un destino vacacional debido a su gran oferta de deportes acuáticos y sus infinitas playas de arenas doradas, que a veces hay que compartir con mapaches. Pero la verdadera joya de Placencia es la naturaleza indómita desplegada por su estrecha península de jungla. La exploramos abriéndonos paso entre los manglares rojos que penetran en Monkey River, una serpenteante carretera fluvial entre bosques tropicales. En su desembocadura, huidizos manatíes asoman su cabeza fugazmente frente a la comunidad que también bautiza al río. Un nombre en honor a los monos aulladores cuyo canto gutural atruena, hasta a cinco kilómetros de distancia, bajo el dosel de ceibas y hojas gigantes de palmeras. Encima del follaje, tucanes, garzas y otras aves sobrevuelan este trampolín al Parque Nacional Payne’s Creek. En las aguas acechan cocodrilos, mientras que en tierra, iguanas, serpientes y esquivos jaguares muestran la rica biodiversidad de Belice. Con más del 50 % del territorio protegido, la joven nación es uno de los santuarios naturales de Centroamérica a pesar de su reducido tamaño, unos 22.970 km2, casi el equivalente a la provincia de Badajoz.

A medida que avanzamos entre túneles de vegetación, nuestro guía Evaristo, natural de Monkey River Town, nos muestra las plantas que su familia ha utilizado durante generaciones para curar enfermedades o para defenderse de invasores, como aquellos piratas que en el siglo XVII llegaban a la región para descansar.
Más allá del azul
Placencia es una buena vía de entrada al Arrecife Mesoamericano, el segundo más grande del planeta después de la Gran Barrera de Coral de Australia y que nada tiene que envidiar a su hermano mayor. A lo largo de sus siete reservas marinas, tres atolones y más de 400 islas, este ecosistema da cobijo a una fauna marina exuberante, desplegándose por las costas de México, Belice, Guatemala y Honduras en aproximadamente 1.000 kilómetros.

En la pequeña pista de aterrizaje de Placencia, una pila de avionetas ocupa su puesto junto a tres aviones comerciales. Son los “autobuses del cielo” para los beliceños que viven en alguno de los islotes desperdigados frente a la costa del país. Entre ellos, Cayo Caulker es un refugio hippie de coloridas casas, calles de arena y un lema grabado en el muelle que lo define a la perfección: “No shirt, no shoes, no problem” (sin camiseta, sin zapatos, sin problemas). Lema reforzado por la única señal de tráfico que dirige a carritos de golf, el medio de transporte oficial: “Go slow” (ve despacio), como el reggae que suena en sus restaurantes especializados en langosta, como el espíritu relajado de su gente, igual de contagioso que su alegría. Aquí, la vida transcurre al ritmo de las olas y la única norma es renunciar a las preocupaciones. Con ocho kilómetros de largo y apenas uno de ancho, este paraíso de mochileros quedó seccionado en dos tras el paso del huracán Hattie en 1961. Ahora, ese canal natural conocido como The Split es el punto ideal para contemplar el atardecer o nadar en sus aguas cristalinas ante la barca rústica que comunica ambos lados.

Los pelícanos se lanzan al mar para capturar a su presa, mientras que fragatas y cormoranes aprovechan los vientos de nuestro velero para acompañarnos a la Reserva Marina de Hol Chan, situada frente al Cayo Ambergris, a cuya capital, San Pedro, se cree que dedicó Madonna su famosa canción La isla bonita. Sumergirnos en sus sobrecogedores paisajes submarinos es descubrir paredes de corales multicolores y praderas de pastos marinos, hogar de gran diversidad marina entre la que destacan tiburones nodriza, mantarrayas, meros negros y morenas. Entre abril y junio, incluso el tiburón ballena, el pez más grande del mundo, visita estas aguas. Harry, el capitán del barco, nos acompaña entre más bancos de peces, tortugas marinas y langostas azules. Por la noche, Harry pesca. “Siempre lejos de las reservas”, afirma.

Mar adentro, el legendario Gran Agujero Azul encierra, en sus 305 metros de circunferencia perfecta, los azules más oscuros y recónditos de Belice. Sus 125 metros de profundidad continúan sumergiéndonos en los misterios de este pequeño vergel centroamericano entre 70 tipos de coral y 300 especies de peces tropicales. Otro de los enigmas del país, consecuencia de un movimiento geológico, al que dio fama Jacques Cousteau tras su primera inmersión en 1971. Patrimonio de la Humanidad desde 1996, esta especie de cueva vertical inundada se puede visitar en barco, pero desde el aire su majestuosidad es inigualable. La última avioneta de regreso nos deja la imagen de una inmensidad turquesa sellada con la barrera coralina, esa que cautivó a los mayas, allí al encuentro con la selva.
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