Belgrado, la ciudad más marchosa del invierno

A muchos les sorprenderá pero la capital de Serbia es un destino que, pese al frío, está cargado de efervescencia cultural.

Noelia Ferreiro
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Festivales de música, diseño y artes plásticas, locales de moda donde arañar la madrugada y muchas ganas de divertirse. ¿Cómo es posible que esto ocurra en un lugar donde, en invierno, el mercurio desciende hasta los 20 grados bajo cero?...

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Así es Belgrado, una metrópoli que, por su vena marchosa, ha sido definida por muchos como la Ibiza de los Balcanes, eso sí, en versión gélida. Y es que, despojada ya de sus fantasmas del pasado, la capital de Serbia asiste a un despertar cargado de efervescencia cultural, con el que está dispuesta a enseñarle al mundo que ha pasado definitivamente  página a sus turbulencias históricas. La ciudad que ostenta el record de haber sido destruida 44 veces, y que incluso aún exhibe las cicatrices de una guerra cercana en el tiempo, ha despertado ya de aquel triste letargo para situarse en el mapa como un destino moderno y vibrante. Un destino que hace de la diversión su antídoto contra el frío y la adversidad.

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Ruidosa, gris, encantadoramente desaliñada, Belgrado es una ciudad única. Ni tan bella ni tan deslumbrante como otras capitales europeas, pero con una personalidad que atrapa desde el minuto uno de su visita. Así sucede cuando se pasea por Knez Mihailova, la principal arteria peatonal, bajo cuyos edificios de eclécticos estilos han prosperado las tiendas, los restaurantes y los bares siempre atestadísimos de gente.

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En uno de sus extremos, allí donde confluyen los dos ríos que bañan la ciudad (el Danubio y el Sava) se alza el parque Kalegmagden con la mítica Fortaleza de Belgrado. Es, en realidad, un museo al aire libre, con estatuas dedicadas a ilustres personajes serbios, a donde acuden los locales a pasear bien abrigaditos. En la otra punta, la Plaza de la República, hogar de las demostraciones de poder en tiempos de Milošević, es hoy un punto de encuentro bajo las suntuosas fachadas del Museo y el Teatro Nacional.   

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Belgrado tiene bellos hitos arquitectónicos como el templo de San Sava, la mayor iglesia ortodoxa de Europa, de imponente estilo bizantino y con un descomunal mosaico del Cristo Pantocrátor. Pero es en los barrios alternativos donde late la creatividad que ha encumbrado a esta ciudad como una de las más marchosas de Europa. Dispuesta a emular a Barcelona con el lavado de cara de su waterfront, nada resulta más agradable que recorrer los bares flotantes de sus orillas o saltar a algunas de sus islas fluviales como Ada Cingalija que, con sus parques y adorables cafés, ha sido catalogada como el rincón urbano más atractivo

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En el mismo centro, Skadarlija, el barrio bohemio plagado de kafanas o viejas tabernas que conservan la estética del siglo XIX, compite con Savamala, en la ribera del Sava, donde se halla la escena underground: graffitis y centros culturales como Mikser House o Supermarket Concept Store, los dos epicentros del diseño donde se cuecen los innumerables festivales de la ciudad (de moda, de danza contemporánea… y hasta de rakia, la bebida nacional).

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También está Zemun, al otro lado del Danubio, antaño ciudad del imperio austrohúngaro y hoy un distrito romántico encajado entre tres colinas. En todos ellos será fácil comprobar por qué Belgrado es la ciudad que nunca duerme. Cenas siempre amenizadas con música en vivo, locales sin hora de cierre los siete días de la semana y un jugoso catálogo de clubs para todos los gustos: desde el jazz al techno pasando por el genuinamente serbio turbofolk. Si a ello se suma que la entrada es libre y que las copas resultan muy baratas… ¿qué más se puede pedir?