Barrios intensos de Buenos Aires

Vibrante y cosmopolita, la capital argentina transmite desde los rincones de sus barrios un optimismo vital provocado en parte por el elevado crecimiento turístico de una ciudad que está de moda. Más intensa que nunca, combinando tradición con modernidad, en los tres últimos años ha inaugurado más de 150 hoteles –la mayoría de alta categoría–, convirtiéndose en la mayor atracción de los viajeros que tienen como destino América del Sur.

Jaime González de Castejón

Con sus tres millones de habitantes, a los que hay que sumar los más de doce que ocupan los interminables suburbios, esta inmensa urbe es la octava megalópolis del mundo en extensión y acapara ella sola la tercera parte de la población argentina. Fundada junto a la desembocadura del río de la Plata y bautizada en 1536 por el aristócrata español Pedro de Mendoza con el nombre de Puerto de Nuestra Señora de Santa María del Buen Aire, la ciudad no adquirió resonancia hasta finales del siglo XVIII, cuando la Casa de Borbón la abre al comercio internacional convertida en capital del Virreinato del Río de la Plata. Aun así, el auge no le llega hasta finales del XIX, con la masiva inmigración europea. Del Viejo Continente se importaron la cultura, la moda y hasta la educación. Con la mirada dirigida desde entonces hacia el Viejo Mundo y cargada de una especie de incurable nostalgia, su urbanidad refleja una mezcla de estilos que hacen que muchos se sientan a veces caminando por Londres, Madrid, Roma o París, entre un cierto declive decadente y el brillo de una vanidad que no se puede olvidar. El habitante de Buenos Aires fraguó su personalidad con rasgos ambivalentes. Según Borges, se trata de "italianos que hablan español, creen que son franceses, pero quisieran ser ingleses".
En un primer contacto, la desmesurada metrópoli asusta. Se recomienda iniciar la inspección partiendo desde el Microcentro, que así es como llaman al corazón originario de Buenos Aires, el barrio donde parece nacer el germen del bullicio, en un inquietante revoltijo de rascacielos y vestigios de la mejor arquitectura europea decimonónica. Símbolo de encuentros y protestas, caja de resonancia de acontecimientos políticos, la ajetreada Plaza de Mayo, rodeada de impresionantes edificios, se sitúa en pleno centro del distrito, presidida por la famosa Casa Rosada, que adquiere sus tonalidades más encendidas al atardecer. Separado del Microcentro por la anchísima Avenida 9 de Julio, el distrito apodado Congreso prolonga el ambiente político, cultural y comercial con edificios que mantienen el aire europeo. En la ovalada Plaza de la República se yergue, desde 1936, un obelisco que funciona como faro de caminantes.

A partir de estos dos barrios, la división es clara: lo más exclusivo se desarrolló hacia el norte -Palermo, Recoleta, Barrio Norte y Retiro-, mientras al sur se mantiene la esencia más compleja de los barrios de San Telmo y La Boca. Otra zona en pleno auge es el vanguardista Puerto Madero, transformado en uno de los lugares más exclusivos. Nace del abandono y posterior renovación de lo que fuera el primitivo Puerto de Santa María, a orillas de la desembocadura del Río de la Plata. En la década de los 90 -bajo el mandato de Menem-, los viejos almacenes de ladrillo de los muelles se reciclaron como lujosos y carísimos lofts, oficinas y restaurantes. El llamativo contraste de la que es hoy la zona más novedosa de la ciudad -con mayor seguridad y menor índice de población- recalca la acuñada sensualidad de los otros barrios. Exclusivos y distinguidos, los distritos norteños intercalan bonitas mansiones con elegantes tiendas, seductores restaurantes, interesantes museos, las mejores galerías de arte y agradables parques.

Sobresalientes, unos cuantos hitos imprescindibles sirven para resumir el tipo de sorpresas que podemos descubrir paseando por estos compactos distritos. Sorprendentemente nostálgico resulta el edificio Kavanagh -de 120 metros de altura-, del barrio Retiro, ingenuo rascacielos de los años 30, interpretado según imaginativos patrones art déco. Inquietantemente esplendoroso, el cementerio de Recoleta asombra a su vez como un extraño jardín en el que los gatos deambulan entre mausoleos concebidos para glorificar la memoria de la más privilegiada de las elites, como asegura el dicho popular cuando advierte que "es más barato vivir extravagantemente toda la vida que ser enterrado en Recoleta". La arteria más distinguida está en la Recoleta. La Avenida Alvear, toda ella glamour, lujo y señorío, es una sucesión de escaparates -aquí llamados vidrieras- con las tentaciones porteñas e internacionales más exquisitas, mientras que en Retiro cuentan con el más exclusivo de los centros comerciales, el Patio Bullrich -en el 750 de la Avenida del Libertador-, apodado Miranda por la invitación de unos precios a pasar de largo: "Mira y anda".

El latido amargo del sur
Populares y concurridos, los mercadillos son otra de las delicias que nos ofrece el desconcierto de una ciudad donde se valora especialmente la quincalla de los viejos tiempos, entre las que destacan con brillo propio las reliquias del codiciado art déco francés. Uno de los clásicos de toda la vida es el Mercado de las Pulgas de Palermo, con su multitud de antiguallas sorprendentes. La Feria de los Domingos de San Telmo de la Plaza Dorrego ofrece casi de todo, aunque no a precios baratos, pero, rodeada de restaurantes y cafés, y animada por espectáculos de tango y actuaciones de músicos y mimos, constituye, sin duda, una de las mejores ocasiones para sentir el pulso más vibrante de esta urbe que rinde culto a la nostalgia. Las exitosas boutiques de Palermo Viejo han propulsado el barrio como uno de los lugares que marca las tendencias a seguir. La Boca -así llamada por su ubicación en la desembocadura del Riachuelo- y San Telmo son los barrios que muestran el lado más voluptuoso y pintoresco de la ciudad, con su sabor proletario, sus estrechos callejones, sus cantinas italianas, sus boliches -bares- y sus garitos de tango... Cargados de mitos y nostalgias en peligro de extinción, tal vez sean estos barrios los encargados de consagrar una identidad que no se sabe si se sostendría sin ellos.

Popular, humilde, rebelde, y marginal, la Boca se convirtió en el primer puerto natural de la ciudad, cuajado de grúas, astilleros, almacenes y saladeros, junto a uno de los ríos más contaminados -y, sin embargo, queridos- del mundo, torvo cementerio de las naves que, al morir, sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir, como gime el tango Niebla del Riachuelo. El dialecto genovés que allí imperaba la bautizó como La pequeña Italia, una suerte de reducto revolucionario con identidad propia y fisonomía diferenciadora, con sus casas baratas de chapa y madera pintadas con llamativos colores.

Identidad y orgullo de la ciudad
A San Telmo se le considera identidad y orgullo de la ciudad, y hay quien afirma que volverse a casa sin conocerlo es lo mismo que no haber estado en Buenos Aires. Según Claudia Schmidt -autora del libro San Telmo Montserrat-, aquí "se concentra de modo único la densidad de cuatro siglos de una dinámica en la historia urbana de tal intensidad que aún nos encuentra allí inmersos". Con sus calles adoquinadas y sus bonitos edificios de antaño, guarda secretos amargos como el de la epidemia de fiebre amarilla de 1871, que lo despobló de sus vecinos más ricos -se fueron al norte- para dejarlo convertido en refugio de inmigrantes y obreros hacinados en las abandonadas casas señoriales convertidas en conventillos y casas chorizo. Pero la inmensidad de Buenos Aires es inasible. Lo más desconcertante sea tal vez la seducción con que su indescifrable caos puede llegar a engancharnos. Para muchos entendidos, la razón no hay que buscarla en lo tangible sino en lo efímero y perecedero, y muy especialmente en la calidad de sus gentes. Esto que probablemente podría aplicarse a casi todas las urbes del mundo, resulta en este caso de una evidencia aplastante. Y es que, recurriendo al intento literario de Malraux por describirla, no debemos olvidar que "Buenos Aires cree ser la capital de un imperio que nunca existió".
Tras los pasos de Jorge Luis Borges
Muchos turistas recorren Buenos Aires en busca de la huella del escritor Jorge Luis Borges y acuden a los decimonónicos cafés que frecuentaba, como el mítico Tortoni (Avenida de Mayo, 826) o la Confitería Richmond (Florida, 468), ambos en el Microcentro, o al cafetín Bar Plaza Dorrego de San Telmo (Defensa, 1.098), donde una fotografía recuerda su encuentro con Ernesto Sábato. También es posible almorzar en el Munich Recoleta (calle R. M. Ortiz, 1.871) como lo hacía Jorge Luis, o visitar (convertida ya en museo en el nº 1.212 de la calle Laprida) la mansión de Xul Solar, el gran amigo del escritor y pintor de cuadros estrafalarios. Durante su vida, Borges homenajeó los barrios orilleros de la Boca y Urquiza, donde se alargaban eternas las noches, rebuscando en los suburbios intimismo, poesía y el latido musical de las milongas. Asimismo, ensalzó el Palermo de su infancia, donde nació en el año 1901 y vivió hasta 1914, en el nº 2.135 de la calle Serrano, pero para pasar sus últimos cuarenta años eligió un apartamento sito en el sexto piso del edificio emplazado en el nº 994 de la calle Maipú.