Banyoles: un viaje a las leyendas de un lago mágico

Es más que una concentración de agua, es el territorio donde habitan los animales vivos más antiguos del planeta, donde la abundancia de flora y fauna invita a los seres humanos a disfrutar de su ecosistema desde hace docenas de miles de años y donde la presencia de frailes benedictinos dio pie a construcciones muy avanzadas para la época e incluso se perpetró en su monasterio un espantoso crimen. Leyendas de dragones, de hadas y de aviadores intrépidos enriquecen la cosmología de un espacio natural fuera de lo común.

Tino Soriano
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Foto: Tino Soriano

Visto desde el aire el lago de Bañolas (Banyoles) tiene la forma de un ocho o, si se prefiere, de un riñón, porque en la práctica es un órgano vital para la mayoría de los habitantes de la capital de la comarca del Pla de l’Estany. La traducción literal de estany en español sería estanque, que, según el diccionario de la RAE, es una “balsa construida para recoger el agua, con fines utilitarios o meramente ornamentales”, pero a un paisaje lacustre de dos kilómetros de longitud y un perímetro que supera los nueve, a nadie se le ocurriría llamarlo estanque; si bien a los nacidos en Banyoles, no les gusta que en catalán los visitantes lo denominen lago. “És l’Estany”, concluyen. Fonéticamente suena mejor.

La pesquera Marimon es la más emblemática del lago. | Tino Soriano

Por la mañana, un nutrido grupo de fotógrafos locales, con la aportación de algún eventual visitante que nunca falta, están convenientemente situados en los puntos más estratégicos y en los principales miradores para captar la salida del sol. También rondan corredores empedernidos que culminan el perímetro del lago en poco menos de una hora, pescadores de caña, escolares que acuden al colegio en bicicleta, paseantes con mascotas, caminantes solitarios que se detienen en búsqueda de una breve conversación y otros que miran hacia otro lado porque son incapaces de articular un “buenos días”, aunque lleven años cruzándose con las mismas caras. Por el contraste de temperatura entre el agua y el exterior, a partir del otoño, el lago humea y mantos de neblina blanca dotan sus aguas de un aire misterioso y fantasmagórico, que envuelve las peculiares y centenarias casas lacustres denominadas pesqueras, cuya construcción data del siglo XIX, hasta 1931, cuando el Ayuntamiento prohibió nuevas edificaciones. Se encuentran repartidas a lo largo de la orilla y muchas están inspiradas en modelos modernistas. La más conocida es la pesquera d’en Marimon de 1874. Otra de las populares, la Carpa d’Or, tiene forma de torreón medieval y en algún momento de la historia las existencias de un cónsul ruso y de otro japonés estuvieron vinculadas a esta pequeña joya que contempla desde su terraza los Pirineos.

La luz es protagonista en los paseos por el lago. | Tino Soriano

La considerable masa de agua que justifica su condición de lago proviene de acuíferos subterráneos procedentes de las montañas prepirenaicas de la comarca de la Alta Garrotxa y de las filtraciones del río Fluvià. En el siglo IX los benedictinos, que habían construido el monasterio de Sant Esteve a un kilómetro y medio del lago, dirigidos por un abad que se llamaba Bonito, urbanizaron la ciudad con canales que cumplían la función de desagüe y transportaban el agua a través de los campos de cultivo hasta el monasterio, de manera que también los lugareños se beneficiaron de su influencia. Estos pequeños canales servían de lavadero, regaban las huertas y abonaron los molinos de pequeñas industrias textiles que aportarían prosperidad al municipio.

Practicando remo en Banyoles. | Tino Soriano

Aún se ven esas reliquias paseando alrededor del lago o por las calles medievales de la población, con su plaza mayor porticada del siglo XII. Justo en la época en que los monjes organizaron la red de canales, cuentan que una bestia fantástica aterrorizaba a los habitantes de Banyoles. Si bien en la población de Montblanc disponían de su propio dragón, abatido por el mismísimo Sant Jordi, en Banyoles no quisieron ser menos: un monstruo prehistórico y extraordinariamente horrible —reza la leyenda— con el dorso protegido de afiladas y terribles púas que lo hacían invulnerable y con unas enormes alas rematadas por férreos arpones. Era tan malo que exigía que le sirvieran un niño pequeño todos los días y claro, como nadie estaba por la labor, se sorteaba la familia que le tocaba encargarse de la comida para el desalmado dragón. Y como en Banyoles no se andan con chiquitas a la hora de contar leyendas, dicen que fue el mismísimo Carlomagno quien se enfrentó en un duelo desigual a la bestia… pero tampoco pudo acabar con ella porque, al parecer, su aliento pútrido e insoportable le impidió al caballero la victoria.

Competición de remo en el lago que fue sede olímpica de esta disciplina durante los Juegos de Barcelona de 1992. | Tino Soriano

Crímenes y dragones

Al final fue un monje del monasterio de Sant Esteve denominado Mer quien, aprovechando una pausa en la construcción de los canales, convenció a la bestia con el signo de la cruz, la estola y arropado por un buen número de oraciones, para que le siguiera mansamente hasta la plaza mayor del pueblo donde —así de crueles son las leyendas— el monstruo fue degollado entre el júbilo y la alegría de los habitantes. Por los servicios prestados Mer y su madre Cándida fueron elevados a la categoría de santos y solían invocarles cuando las epidemias de peste negra asolaron la población a partir del 1652.

Pesca deportiva, una de las actividades permitidas con licencia. | Tino Soriano

También cuentan una historia siniestra del monasterio de Sant Esteve de Banyoles. Fue un 24 de abril de 1622 cuando fray Antoni de Cartellà murió a consecuencia de las heridas ocasionadas por un barril de pólvora que alguien había colocado bajo su dormitorio. Entre las ruinas encontraron, afirman las crónicas de la época, “muchas joyas y plata que tenía en la habitación, y muchos bienes valiosos, porque era una persona muy rica”. Narraba el que fue alcalde de Banyoles, Pere Bosch, que el propio rey Felipe IV en persona mandó encarcelar al virrey de Catalunya, Fernando Afán Enríquez de Ribera y Téllez-Girón, duque de Alcalá, para que el asesinato se resolviera de una manera rápida y los culpables fueran castigados de una manera ejemplar, por atentado contra la máxima autoridad.

Ciclistas fotografiando el atardecer. | Tino Soriano

Fue arduo encontrar a los instigadores porque el abad era un hombre “muy violento, odiado por súbditos y vasallos” y tenía tantos enemigos que era difícil iniciar la investigación. Encontraron en el bolsillo del difunto una nota alertándolo que marchara del pueblo, porque aquel día se produciría un gran desastre en el monasterio y, a partir de ahí, finalmente dieron con los autores. No tenían que ser malas personas si lo avisaban, posiblemente próximas. Al final fray Serralta, un monje que se las había ingeniado para estar en prisión y disponer de una buena coartada, fray Lluís des Call de Corantella y un cómplice reconocieron la autoría y, según le explicaría más tarde el duque de Alcalá a Felipe IV, “se les dio garrote, habiendo puesto sus cabezas en una torre del monasterio, y en una piedra grande escrito el caso y el castigo”.

Ánades reales sobre las barcas del lago. | Tino Soriano

Por descontado que la humanidad no es tan obtusa como a veces parece y nuestros más remotos antepasados enseguida se apercibieron de las ventajas de vivir cerca de una concentración de agua que, además del líquido elemento, aportaba un microclima agradable, caza, pesca, vegetación y tranquilidad. Por eso a nadie le extrañó que en el año 1887 un picapedrero llamado Llorenç Roura, trabajando en una de las numerosas canteras cerca del lago, avisara que en un bloque de travertino, un mármol muy extendido en la zona porque permite las filtraciones de agua, había incrustados unos dientes humanos. Se hizo cargo de la mandíbula el farmacéutico, lingüista, arqueólogo y naturalista Pere Alsius, que, como llevaba años recogiendo fósiles por la región, tenía avisados a los canteranos que no tocaran ni un solo descubrimiento sin comunicárselo.

Pesquera Marimon, que data de 1874. | Tino Soriano

Se sabe que el propietario de la mandíbula la habría usado hace 45.000 años, si era un neandertal de última generación, o bien 80.000 años si se trataba de un neandertal más lejano. En lo que los investigadores parecen estar de acuerdo es en que el individuo era una mujer que murió en la cuarentena avanzada y tenía los dientes desgastados por una alimentación rica en pescado seco y también que masticaba continuamente pieles de animales para su adobo. El último análisis efectuado a partir de una muestra de esmalte del molar le asignó una antigüedad de 66.000 años, lo que en cualquier caso confirma que el embrujo de Banyoles viene bastante de lejos.

Todo conduce a Roma

De los romanos se encontró una terracota que representaba la cabeza del emperador Augusto y dio pie a la especulación de que en el siglo I pasaba cerca del lago uno de esos numerosos caminos que conducen a Roma. Es fácil que unos baños públicos para el descanso del viajero contribuyeran al nombre de la población desde la palabra latina balneolae, que significa baños pequeños. Más adelante, en la época del rey Luis el Piadoso, el topónimo evolucionaría hasta Baniolas y, por último, en el año 1920 Banyoles recibió el título de ciudad de la mano de Alfonso XIII.

Arcoíris sobre Banyoles, con la pesquera Marimon en primer término. | Tino Soriano

Paseando por el lago se llega también a un precioso yacimiento arqueológico del Neolítico del año 5200 a. C. en el corazón del Parque de la Draga, un paraje que debe su nombre a la bestia a la que engatusó San Mer. Pertenece a un poblado que tendría unos ocho kilómetros cuadrados de extensión, aunque una parte importante de las ruinas están sumergidas bajo las aguas. Los visitantes pueden ver o incluso visitar cabañas reconstruidas en madera tal como eran, según los datos aportados por las excavaciones. Y si los arqueólogos exploraran el fondo del lago, encontrarían los restos de un bombardero ruso Tupolev SB-2 KATIUSKA que se hundió en el año 1938 durante la guerra civil española. Los jóvenes pilotos efectuaban vuelos rasantes sobre la superficie para impresionar a las muchachas del lugar, hasta que un nueve de junio aciago, de una patrulla de tres unidades que se dirigía al cercano aeródromo de Martís, dos colisionaron entre sí y una acabó en las profundidades. Murieron los tres pasajeros y no fue hasta el año 1985 cuando se pudo rescatar un motor, varios instrumentos y algún que otro fragmento del aparato que se exhiben en el Museo del Aire de Madrid.

Alrededor del lago de Banyoles hay pequeñas lagunas entre marismas abordables gracias a unos senderos con miradores y puentes de madera que permiten disfrutar de la excepcional flora y fauna de ese espacio natural protegido.

Espacio Natural Protegido

Llaman la atención un centenar de cigüeñas blancas, un número que varía según la época, descansando a pocos metros de un camino que transcurre entre juncos, lirios amarillos, fresnos, alisos, sauces, chopos y álamos. Pero alrededor del lago también es posible toparse con tortugas, ranas, nutrias, murciélagos ribereños y aves como los ánades reales, pollas de agua, fochas, gaviotas, cormoranes moñudos, avetorillos, martinetes, petirrojos, garcillas bueyeras, mirlos, abubillas y el preferido de los niños, el martín pescador, por su precioso color azul. Y también hay un fósil viviente, el insólito Tríops cancriformis, un crustáceo de unos 10 centímetros cuyo origen se remonta a 220 millones de años, la especie viva más antigua del planeta, visible cuando las aguas crecen en el cercano lago de Espolla, en el vecino municipio de Fontcoberta.

Cigüeñas blancas en el lago. | Tino Soriano

En el increíble Museo Darder es posible contemplar todas esas especies disecadas y muchas más. Incluso exhibían un caudillo bosquimano, el “negre de Banyoles”, que fue enterrado convenientemente en su país natal poco antes de los Juegos Olímpicos de 1992. El camino de las cigüeñas lleva hasta el bosque de Les Estunes, un espectacular y misterioso paraje de encinas y robles, erigido sobre un depósito de travertino con grandes grietas originadas por derrumbamientos de ríos subterráneos. Un mundo mineral que inspira la leyenda de que por las noches se reúnen las hadas, unos “seres fantásticos, impalpables e invisibles, personificadas en forma de mujeres de gran belleza que tenían su palacio encantado en el pintoresco paraje de Las Tunes” —como recogió Pere Alsius, el farmacéutico que se encargó de dar visibilidad a la mandíbula de la mujer más célebre de la comarca, que también debió visitar hace miles de años este bosque situado a un kilómetro del lago.

Vista de las montañas prepirenaicas de la comarca de la Alta Garrotxa desde el lago. | Tino Soriano

La vuelta a pie alrededor de sus orillas es un acto social en Banyoles. Después de las primeras intervenciones de los fotógrafos, los deportistas, los caminantes y los escolares, durante el resto de la jornada, especialmente al atardecer, grupos de personas socializan en un paisaje que varía a cada paso. Una hora dura el recorrido y es el momento de las confesiones, de los chismes, de las palabras de amor, de contemplar la naturaleza y de meditar cuando se pasea solo. De vez en cuando los pintores arman sus caballetes para inmortalizar en un lienzo las pesqueras y el color ultramar del lago en los días ventosos. Los poetas se inspiran contemplando la puesta de sol junto a las barcas, músicos como Paco Viciana componen melodías a las que llaman Dones d’aigua y un buen número de atletas, entre las que últimamente destaca Esther Guerrero, practican actividades físicas, desde triatlón hasta remo, en una ciudad que se ufana, aparte de coexistir junto a un lago que es una joya y por eso le llaman estany, de que es un vivero para deportistas. El círculo se cierra por la noche para los residentes cerca de este paraje mágico donde quizá sea cierto que las hadas se reúnen en el bosque de Les Estunes entre grietas de travertino. Sueñan con jefes bosquimanos, dragones de aliento fétido e intrigas inconfesables en el monasterio.