Bangkok: la ciudad que roza el cielo

Caótica, ruidosa, tremendamente intensa a pie de calle, la capital tailandesa oculta en sus propias alturas un apacible mundo.

Noelia Ferreiro
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Es el latido urbano, el lugar donde comienza todo, la primera toma de contacto con la realidad tailandesa. Bangkok, epicentro económico y social del sudeste asiático, abre sus puertas a todo viaje por el país de la sonrisa. Y lo hace con su equilibrio permanente entre pasado y fututo, entre tradición y vanguardia, entre armonía y caos. En esta cuerda floja camina la que está considerada una de las ciudades más dinámicas de oriente

Cosmopolita y ultramoderna, pero también anclada a su legado histórico, la capital de este hermoso territorio mecido por dos cálidos mares (el de China y el de Andamán) vive sumida en una actividad frenética. Su esencia es la confusión callejera, el ritmo vertiginoso, los aromas mareantes. Más de diez millones de habitantes que dibujan un hormigueo perpetuo por sus calles flanqueadas de sofisticados rascacielos al lado de viejas casonas con un tendido eléctrico de miles de cables.

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Locales y foráneos que recorren los mercadillos sobre las aceras a los pies de grandes centros comerciales climatizados, que disfrutan de los lujosos restaurantes internacionales que compiten con uno de los street food más valorados del mundo, que abarrotan los trenes elevados de corte futurista, desde los que admirar las agujas de los templos diseminados por aquí y por allá, exponentes todos de un dorado reluciente. 

Y en medio de este bullir incesante se abre paso el discurrir achocolatado del Chao Phraya, el río que divide la conocida como Ciudad de los Ángeles, que es lo que significa Krung Thep, el nombre abreviado de Bangkok. Aquí, en esta brecha fluvial grande y generosa, en este canal soberano a lo largo de cuyo curso se erigieron también otras dos capitales (Ayutthaya y Sukhotai), el tráfico se materializa en transbordadores que van y vienen de una orilla a otra, en taxis acuáticos a los que se regatea desde el muelle, en grandes remolques que transportan mercancías pesadas, en las típicas embarcaciones tailandesas de popa larga con las quillas pintadas de colores, en restaurantes flotantes que sólo ocupan los turistas.  

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Así es Bangkok a pie de calle. Húmeda, ruidosa e inabarcable. Repleta de opciones para no aburrirse ni un segundo. Porque aunque la capital tailandesa nunca acaba de destaparse del todo, hay una serie de básicos que no se pueden pasar por alto: descubrir el complejo del Gran Palacio Real, rodeado por una muralla; empaparse de espiritualidad en templos como Wat Pho (el más antiguo, famoso por su Buda recostado) o Wat Arun (el Templo del Amanecer, con una torre central que simboliza el monte Meru); dejarse tentar por los chollos del mercado de Chatuchak, uno de los mayores del mundo; deambular por China Town para descubrir los productos inverosímiles de sus miles de puestos. 

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Pero existe también otra ciudad que se desenvuelve en las alturas. Un mundo glamouroso a donde no llega el trasiego. En este Bangkok que roza el cielo, el horizonte se ensancha sobre los tejados y la panorámica se pierde entre edificios y canales. Es lo que acontece desde Banyan Tree, el hotel que constituye la mejor alternativa para descubrir la capital tailandesa desde una nueva perspectiva: la que tiene lugar a vista de pájaro. 

Situado en uno de los más altos rascacielos de South Sathon Road, en pleno centro, este cinco estrellas es mucho más que un icono de lujo y bienestar. Porque más allá de sus suites irresistibles, de su reputado balneario de la planta 20 (uno de los más grandes del país) donde entregarse a terapias exclusivas, o de su piscina al aire libre que emula los paisajes del trópico, es el lugar que nadie debe perderse para vivir un impresionante atardecer. 

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En su punto más alto (la planta 61) descansa Vértigo, el restaurante desde el que se vierten las mejores vistas de Bangkok. Con su variada oferta de carnes y mariscos, no hay velada más inolvidable que la de asistir a la caída del sol mientras la ciudad se tiñe de tonos rojizos y las luces se encienden poco a poco hasta convertirse en un océano centelleante. Después, en el contiguo Moon Bar, la noche alargará su magia al ritmo de buena música y bajo un desfile de cócteles creativos en este otro rostro de Bangkok. El que tiene lugar a la altura de las estrellas.