Balnearios de Aragón

El agua brota misteriosa y a raudales, cálida y repleta de virtudes, en los aledaños del Monasterio de Piedra, al suroeste de la provincia de Zaragoza. Romanos, árabes y hombres de todos los siglos canalizaron este don de la naturaleza, que ahora permite a los balnearios de la zona dejarse llevar fácilmente por la moda del ocio termal.

Miguel Mañueco

Hijo de la naturaleza y la veleidad humana, el espejismo que compone el Monasterio de Piedra es en realidad el exuberante escaparate de un milagro del agua. Dicen que el mágico líquido procede de un misterioso acuífero acunado en las profundidades de los Pirineos y que, después de recorrer muchos kilómetros de galerías subterráneas, purificándose y enriqueciéndose sin cesar, brota en esta zona de Calatayud, al suroeste de la provincia de Zaragoza, dando vida verde a unas tierras que así se salvan de la aridez circundante.

Lo cierto es que la abundancia de manantiales y fuentes termales ya llamó la atención de romanos y árabes. Ambos se dieron a los placeres termales en sencillos establecimientos que seguramente continuaron su discreta actividad siglo tras siglo hasta que en el XIX la moda aristocrática los puso en el candelero del esplendor.

Huéspedes ilustres y regios
A los modos decimonónicos se apuntó el balneario Termas Pallarés, en Alhama de Aragón, allá por 1863. Hoteles, casino y hasta un teatro vivieron la gloria del momento y también cruzaron el largo tiempo de sombras hasta que de nuevo la moda asaltó, en décadas recientes, el mundo de los balnearios. Hoy el establecimiento despliega sus indudables efluvios y encantos, evocadores de la apoteosis termal de Budapest. Y no es mucho decir, pues la joya del balneario es un lujo en España: un lago termal cuyas aguas mantienen todo el año una temperatura de 30º. Su gustoso acondicionamiento, con dos islas, puentes y una torre, lo hace mágico en el invierno, cuando el vapor cubre toda su superficie.

Alrededor surgen las edificaciones y jardines soñados en aquellos años prodigiosos. A un lado, la capilla; al otro, una casa palaciega que se construyó para albergar a la reina Isabel II, aunque finalmente fue su marido, el obediente Francisco de Asís, quien la ocupó. A pesar de su buena restauración, el palacio todavía no tiene utilidad, a diferencia del espléndido edificio contiguo, que pronto será un hotel de lujo. Hay que atravesar un túnel bajo la vía del tren -un elemento discordante- y el puente sobre el río Jalón para llegar a la parte activa del balneario. Esmerados jardines dan cobijo a la elegancia del casino, con su to- rre, estatuas y escalinata, que hoy alberga la cafetería y salones de reunión y que da entrada al viejo teatro, que pronto se convertirá en lujoso centro de convenciones.

Los dos hoteles del balneario, Termas y Parque, se alinean a un lado y otro de la antigua nacional Madrid-Barcelona y están unidos por un sala cubierta a modo de puente. Todo un alarde de los viejos tiempos. Dentro se esparce el fulgor de época de las antiguas salas, con sus altísimos techos, como el del ufano comedor, hoy restaurante que da cuenta de un menú clásico con los justos toques innovadores. La renovación más evidente está en las esmeradas habitaciones y en el circuito termal, donde la equilibrada armonía de elementos nuevos y antiguos crea una atmósfera acertada. La ensoñación romana es tangible en la nueva piscina interior, que ocupa una galería abovedada y que hubiese hecho las delicias de ilustres visitantes de antaño como el duque de Montpensier, cuñado de Isabel II, o el cantante Julián Gayarre.

Un conjunto de 16 manantiales
En sus solazados paseos por las orillas del Jalón, la clientela de entonces se llegaría hasta los aledaños jardines del balneario San Roque, que, a pesar de su solera, nunca se dio a los lujos del vecino. Inaugurado en 1811, su antigüedad se pierde en los túneles de la historia y es recreada en las arquerías de sus baños de la Mora y el Moro, estrellas del establecimiento, que bien podrían ser las originales romanas. Mérito del lugar es también la abundancia del "agua mágica ", que brota a través de 16 manantiales a razón de cinco millones de litros diarios. La que se queda recorre con plenitud las cabinas de los tratamientos termales, rebosa en las bañeras de mármol, eclosiona en la ducha Vichy (varios chorros sobre una mesa de masaje) y en las múltiples corrientes de la bañera Niágara.

San Roque está por despegarse del halo de ancianidad que aún aqueja a muchos balnearios. Habitaciones y salas se definen imprecisamente entre lo nuevo y lo viejo, y se echa de menos un ambiente más inspirado, tanto como cabría esperar de tantos siglos de bonanza acuática, tan generosa y benefactora, pues parece ser que su gran carga de antioxidantes va de perlas para rejuvenecer el espíritu y la piel.

Prodigios curativos
Qué buenos los milagros cuando los prodiga la naturaleza, excelsa, apabullante, en el pueblo de Jaraba, donde los dones del agua emergen dentro de una garganta de rocas y tierras rojizas atravesada por el río Mesa. El emplazamiento es lo suficientemente místico como para que los romanos hablaran de su aqua ninforum (agua de las ninfas) y para que los hombres del medievo achacaran los prodigios curativos a Nuestra Señora de Xaraba, a la que construyeron una ermita allí mismo, colgada de las rocas, donde hoy sigue luciendo sus líneas dieciochescas. Tanto ritual tenía por meta el estanque termal, que, a pie de roca y con sus 30º constantes, es el protagonista del balneario de la Virgen, encajonado entre el río y la pared de la garganta.

Los sencillos edificios y sus discretas instalaciones, que incluyen una capilla, despliegan, a lo largo de los jardines, su sutil encanto de época y no cesan de reinventarse a sí mismos: ascensores panorámicos, cafetería con terrazas incrustadas en la roca, modernas apuestas en el menú del restaurante, innovaciones técnicas en el tratamiento termal... Y así sus aguas, que se indican diuréticas y buenas para el riñón y el aparato locomotor, se aseguran la efectividad.

Sentirse bien. Optimizar el tiempo. Y ya se sabe: sin salud no hay felicidad posible. Así que por aguas benefactoras que no quede. El vecino balneario Sicilia, que se sitúa a la entrada del cañón del río Mesa, anuncia los mismos dones curativos y un argumento bien moderno para los males del estrés. A lo largo de los jardines que bordean el río se extiende un gran edificio de nueva factura donde habitaciones e instalaciones han sido acertadamente definidas en diseño vanguardista, pleno de azules y efectos chill out . El punto álgido lo da una piscina termal, bien pertrechada de todo lo deseable en materia de relajación, construida con su cubierta a pie de roca y con parte exterior.

Los ecos del balneario original, fundado en 1860, permanecen en el parque contiguo, mecido por el rumor del río y las fuentes termales, que alargará el sosiego logrado. Allí se encuentra el balneario Serón, que, gestionado por la misma empresa, mantiene los aires decimonónicos por dentro y por fuera, con una bonita capilla a la orilla del río. Cruzando el puente hay una moderna piscina presidida por una pared de rocas y los jardines y terrazas del bar restaurante, que abre su gastronomía aragonesa y clásica a las calles de Jaraba, que se encuentra allí mismo y que participa de las bondades del parque.

Estética modernista
Las gentes del cercano pueblo de Paracuellos de Jiloca, a escasa distancia de Calatayud, también se acercan a la cafetería y a los jardines del balneario que se sitúa a la entrada de la localidad y que lleva el mismo nombre. Fundado en 1847, este balneario se mantiene fiel a la estética modernista que lo vio nacer: los detalles art decó se montan con gracia en el tránsito del tiempo y tiñen la atmósfera de habitaciones, pasillos y escaleras. Están también en el geométrico alicatado de la zona de baños e inhalaciones y en el restaurante, al que se accede desde el exterior a través de una elegante escalinata para allí saborear hitos de la cocina aragonesa como la caldereta, el ternasco o el rabo de buey.

Se dice que las aguas sulfuradas de este balneario, cuyo intenso olor inunda todo el complejo, son de las mejores de Europa para el tratamiento de piel, aunque también han demostrado su buen hacer en las afecciones reumáticas y respiratorias. Dones de la naturaleza, milagros del agua aliñados por el hombre en su eterna búsqueda del bienestar y la belleza. El cercano Monasterio de Piedra lo cuenta muy bien.