Bali, la isla de los dioses

Famosa por sus templos, Bali, en Indonesia, se muestra como una delicada joya bendecida por un agradable clima y repleta de manantiales, densas junglas, playas tropicales y pueblos de rica cultura. Toda la isla es un inmenso jardín presidido por las altas cumbres volcánicas del Agung y el Batur. Un escenario tocado por la gracia y la belleza.

José María Bermejo
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Foto: Álvaro Leiva

"Una mariposa de jade, fresca y verdeante, posada en el azul del Índico". Así describen las guías la isla de Bali, vista desde el aire. Abajo, un cinturón de playas doradas desde el que ascienden arrozales aterrazados hacia selvas tropicales, altos lagos y ardientes volcanes. El escenario es perfecto para soñar con el paraíso o para sentirlo directamente, en un espacio que parece creado para la convivencia armónica de dioses, hombres y demonios.

En esa "isla de los dioses" todo es sagrado, y esa sacralidad impregna la cultura, las relaciones sociales y el inconsciente colectivo, en un aire de fiesta continua. Bali, tocada por la gracia y por la belleza, encarna la quietud interior y la expresividad creativa, la cordialidad y la tolerancia: valores que se han ido fraguando a través de tragedias y contradicciones. La persistencia del hinduismo, como urdimbre espiritual del pueblo balinés, explica, la omnipresencia de lo divino en personas y cosas. Miles de templos avalan esa herencia de raíces hinduistas y budistas, con un sustrato del animismo primitivo, presente también en la danza, el teatro, la música, la pintura y la artesanía. La casa responde a un microcosmos sagrado, con su muro de protección mágica, su templo doméstico y su pabellón funerario.

El imaginario balinés relaciona las cosas en función de una simbología sagrada: los cuatro puntos cardinales con sus cuatro colores (el blanco, el rojo, el negro y el amarillo); la creación del mundo y de la propia isla, la responsabilidad humana de mantener el orden cósmico, la manifestación de los dioses a través de marionetas o de personas en trance, los ritos de purificación y de protección, los ciclos ceremoniales del arroz y del agua...

Por su naturaleza, por su luz, por la calma enervante que envuelve al viajero, escoltado por la eterna sonrisa y la mirada honda y oscura de los balineses, la isla de Bali enamora. Toda ella es un inmenso jardín, salpicado de templos y palacios, presidido por las altas cumbres volcánicas -el Agung, el Batur- y ceñido por las blancas arenas del sur y por las negras playas del norte.

Situada entre las islas de Java y de Lombok, en el archipiélago indonesio de la Sonda, Bali es pequeña -5.500 kilómetros cuadrados- y escasamente poblada -casi tres millones-, pero es una auténtica joya y una de las mecas más prestigiosas del turismo mundial, con una cultura tan fascinante que despertó el interés más vivo de antropólogos como Margaret Mead, Gregory Bateson, Jane Belo y Clifford Geertz, y de artistas como Walter Spies, Miguel Covarrubias o Colin McPhee. Los atentados de 2002 y 2005 no han logrado doblegar el espíritu de un pueblo acogedor que mantiene su esencia milenaria. Ahí sigue su inolvidable verdor, como una magia natural que nadie podrá nunca arrebatarles. Ahí sigue su luz, avivando las cosas como si estuvieran recién creadas. Y ahí siguen, como iconos de la memoria, sus maravillas siempre abiertas: templos como Tanah Lot, Batu Bolon, Besakih, Uluwatu, Candi Kuning, Goa Lawah o Mengwy; palacios reales (puri), como los de Amlapura o Kanginan; la música envolvente del gamelán y el continuo espectáculo de las mil historias danzadas armonizando los "tres mundos" y transmitiendo, de generación en generación, una manera de ser y de vivir.

Todo es posible en Bali: bañarse en las playas más hermosas o en los manantiales más cálidos, salir de pesca al amanecer o contemplar la puesta de sol en el templo de Tanah Lot, que se adentra en el mar; practicar el surf o el rafting, vagabundear por las calles o por el mercado de Ubud -la capital culural de la isla-, perderse en las soledades del norte o asistir, conteniendo el aliento, a las rituales peleas de gallos. Y, por supuesto, saborear la rica comida balinesa, un universo de colores, sabores y aromas... Y, sin embargo, Bali tiene su secreto. La intensa socialización convierte a cada isleño en partícipe activo de la fiesta de la vida. El arte no tiene nombre propio: se practica como expresión colectiva, integrando todas las disciplinas, a modo de teatro total. En las ceremonias religiosas, por ejemplo, la música de gamelán -con una orquesta de hasta 30 músicos- es tan necesaria como el incienso, las flores y las ofrendas, creando, en palabras de Colin McPhee, un "estado de música", una experiencia de "eterno retorno".

La música acompaña también las piezas teatrales danzadas, el teatro de sombras, el wayang, la danza bari o la danza del kebyar. El antropólogo Clifford Geertz subraya la vida ritual, compleja y obsesiva de los balineses, centrada en el teatro: "En Bali se observa un intento persistente y sistemático de estilizar todos los aspectos de expresión personal, hasta tal punto que se sustituye lo idiosincrásico, lo característico del individuo como persona física, psicológica o biográfica, en favor de la posición que se le ha asignado en ese espectáculo continuo y, al parecer, inmutable, que es la vida balinesa. Son los personajes, y no los actores, los que perduran; además, son los personajes, y no los actores, los que, en sentido estricto, existen realmente...".

Antonin Artaud quedó fascinado por esa dramaturgia que lo abarcaba todo: "El mundo está en perpetua exaltación. El teatro que se sirve de todos los lenguajes, gestos, sonidos, palabras, fuego, gritos, cristaliza exactamente en el punto en que el espíritu necesita de un lenguaje para producir sus manifestaciones. Todo espectáculo contendrá un elemento físico y objetivo, sensible a todos. ¡Gritos, lamentos, apariciones, sorpresas! ¡Belleza mágica de los trajes, extraídos de ciertos modelos rituales, resplandecimiento de la luz, encanto de la armonía, notas extrañas de la música, colores de los objetos, cambios bruscos de la iluminación, máscaras...!".

En espacios abiertos, en un clima de participación espontánea y apasionada, se va desplegando un repertorio inagotable: dramas bailados exclusivamente masculinos, como el baris; danzas como el barong, en las que el actor transfigura completamente su rostro y su cuerpo para dar vida a los distintos personajes, en una especie de posesión extática; y danzas con máscaras, como el topeng, que conectan con la fuerza sagrada de los antepasados y de los dioses; niñas sangyan que encarnan a las divinidades como si fueran marionetas sagradas... Un adiestramiento minucioso, potenciado por la intuición, regula los movimientos, la energía, las posiciones corporales, la concreción de la mirada, la alternancia sutil entre fuerza y delicadeza, dinamismo y quietud.

Platón decía que Homero había educado a Grecia -con sus mitos, con sus imágenes- y es cierto. Lo mismo puede decirse de la tragedia griega, tan cercana -en su trasfondo religioso y en sus derivaciones profanas- al gran teatro del mundo, como pedagogía y como catarsis. La persistencia del hinduismo en Bali ha modulado la sensibilidad colectiva, ensanchando la idea de un Dios supremo en un sinfín de manifestaciones que impregnan la totalidad de la vida y que se resumen en la trinidad esencial -Brahma, Visnú y Shiva-, en los colores y direcciones que los representan -rojo/sur, norte/negro, centro/blanco- y en la sílaba sagrada -AUM-, el mantra supremo. Las dos grandes epopeyas, el Ramayana y el Mahabaratha, siguen siendo la fuente inagotable de innumerables ciclos, tanto en la India como en Indonesia, con un poder similar al de la Odisea y la Ilíada entre los griegos.