Bali, isla de dioses

Monumentales templos hinduistas en los que presenciar ceremonias casi a diario, arrozales escalonados en terrazas por los que las campesinas faenan con sus búfalos de agua, compras tentadoras y a buen precio, estilosísimos hoteles de lo más seductor y la dulzura infinita de los balineses contribuyen a que esta isla del Océano Índico depare mucho más que el paraíso de sol y playa que algunos esperan.

Elena del Amo
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Foto: Álvaro Leiva

No solo de playas viven las islas tropicales, y Bali menos que ninguna. Y es que encasillar al destino más visitado de Indonesia como un escondite en el que relajarse al sol es quedarse muy corto. Haberlas claro que las hay. Extensas y de atardeceres de película como la archiconocida Kuta, tan a rebosar de vendedores y surfistas durante el día como de ambiente fiestero al caer la noche, o, para quienes prefieran arenales menos masificados, las rebosantes de villas y hoteles de lujo Nusa Dua, Sanur, Jimbaran o Seminyak, flanqueada esta última por los restaurantes y las tiendas más exclusivas.

También, si se sabe buscar, por Bali aguardan playas más recónditas y genuinas, como, entre tantas otras, las de Balangan, Bias Tugal, Pandawa, Gunung Payung o la norteña Lovina, cuyas arenas negras figuran entre las favoritas de los amantes de los escenarios poco trillados. Incluso es frecuente escaparse en un día de excursión a las playas perfectas de la isla vecina de Nusa Lembongan o, con algo más de tiempo, a Lombok, una Bali en miniatura con el ambiente que tenía esta hace veinte años. E incluso a su diminuto archipiélago de las Gili, una tríada de islitas sin coches ni motos que abarcan desde el paraíso salvaje de Gili Meno hasta Gili Trawangan, donde a sus arenales cercados por arrecifes de coral se suma una marcha nocturna que rivaliza con la mismísima Kuta.

Es decir, que el despistado que vuele hasta tan lejos para tostarse al sol no se irá defraudado a poco que sepa huir de los destinos más turísticos, concentrados en su mayoría al sur de Bali. Aunque quizá menos espectaculares que las de, por ejemplo, Tailandia, aquí también hay buenas playas. Sin embargo, estas podrían considerarse poco más que un complemento a los días en esta isla tan especial que por sus aproximadamente 145 kilómetros de largo por 80 de ancho esconde tesoros mucho más valiosos de los que ninguna otra puede presumir.

Lo que verdaderamente la vuelve única es el universo rural de arrozales escalonados en terrazas que tapizan las laderas de su interior volcánico, así como sus historiados templos, en los que asistir a las ceremonias con las que los fieles, en sus mejores galas, avanzan en fila desde las aldeas para honrar tanto a Brahma, Siva y Visnú como a los dioses de los volcanes y las diosas de los lagos que adornan el atípico panteón balinés.

Porque la isla, aun perteneciendo a la nación musulmana más grande del planeta, acogió a buena parte de la aristocracia, los intelectuales y artistas de Java cuando el Islam se extendió por Indonesia. Ello explica por un lado su singularísima cultura, donde la música, la danza y la mejor artesanía han jugado siempre un rol de prestigio que hoy sigue en plena forma, y, por otro, que el hinduismo, tan presente en su día a día, se viva de una forma muy diferente al de la India.

No pisen por favor

Para los balineses, un pueblo de una dulzura que enamora, su isla es un territorio divino al que una infinidad de deidades les encomendó cuidar a través de una retahíla interminable de ritos. De hecho, la precaución más inmediata que habrá de tener en cuenta el recién llegado será la de no pisar en un despiste las canastillas de flores, fruta, incienso y arroz que cada mañana se esparcen por el suelo frente a las casas y las tiendas como ofrenda a dioses y antepasados, y de paso para que los malos espíritus -que, como todos aquí saben, solo reptan a baja altura- reciban también su alimento y no arrastren la desgracia a su interior. Visto así, la isla entera podría considerarse un santuario en el que dioses y hombres se hacen favores mutuos. Cada balinés, en función de su casta, su lugar de origen y su profesión, está ligado a como mínimo una decena de dioses. Y a todos los veneran en su templo correspondiente. En cada aldea, por pequeña que sea, habrá por lo menos tres templos públicos, sin contar con el que cada familia atiende dentro de su hogar. Hasta el hecho más insignificante tiene aquí algo de espiritual, de ahí que al tópico de designar a Bali como La isla de los dioses pueda tachársele de obvio, pero en absoluto de incierto.

El igualmente manido de La isla de los mil templos se queda irremediablemente corto. Suma muchísimos más. Ya sea en las excursiones que organizan agencias y hoteles o por libre, abriéndose paso en bici por sus carreteritas llenas de baches o en un coche o una moto de alquiler, habrá de recalarse por cuantos más templos se pueda. Por algunos tan visitados y fotogénicos como los de Ulun Danu Bratan y Ulun Danu Batur, ambos sobre las aguas de primorosos lagos, o el de Tanah Lot, aupado sobre un promontorio marino que congrega auténticas multitudes para ver allí ponerse el sol. Por el también imprescindible de Uluwatu, donde los monos que campan con desparpajo por sus pabellones acaparan más atención que los surfistas que bajo sus acantilados se enfrentan a unas olas de miedo. O por el más sagrado de todos, el templo madre de Pura Besakih, con su treintena de santuarios descolgándose por las faldas de ese olimpo balinés que es el volcán Agung. Pero también los hay más anónimos, como los de Beji, Jagaraga, Melanting, Watukaru y tantos otros más apartados de las rutas principales. En muchos los extranjeros, tras pagar una pequeña entrada, podrán acceder hasta llegar a una zona reservada a los locales. En otros serán libres de deambular a voluntad, entre los altares a la sombra fragante de los frangipanis, siempre que respeten costumbres como cubrirse las piernas, no sobrepasar la altura de los objetos sagrados o, las chicas, abstenerse de entrar durante la menstruación, no sea que la impureza de la sangre atraiga a los demonios.

Brillantes procesiones

No hay espectáculo comparable al de las procesiones en las que, precedidos por los gongs y los xilófonos de una orquesta gamelán, pueblos y familias al completo enfilan hacia los templos. Los hombres, desde el primero de los ancianos hasta el último de los niños, van con sus brillantes sarongs de gala y sus pañuelos anudados a la frente. Y ellas, protegidas del sol bajo sus sombrillas amarillas y portando pirámides de ofrendas sobre la cabeza, acicaladas con moños enormes con los que aseguran contener cualquier mal pensamiento y con blusas de encaje yuguladas por el fajín que aisla lo elevado del espíritu de las exigencias indignas de cintura para abajo. Cada detalle esconde significados inimaginables para los curiosos que se topan por sorpresa con estas ceremonias que a diario se celebran en algún punto de la isla.

Al igual que estas procesiones, los paisajes que cortan la respiración afloran por doquier en cuanto uno se adentra a explorar su interior. Con precaución, porque sus carreteras y la forma de conducir de los balineses se las traen, van apareciendo aldeas de techo de paja tras el verde sofocante de la vegetación, mercados de aire medieval ajenos al barullo de la turística costa sur, bucólicas escenas campesinas por sus laderas esculpidas en bancales de arroz... Algunos de los más fabulosos escenarios rurales asoman por las colinas de Tabanan, con tramos embrujadores como la carretera de montaña que hilvana Antosari y Pupuan, aunque conducir sin rumbo fijo siempre depara sus sorpresas. Una de ellas serán los pueblos con su especialidad artesanal. Si en Batubulan se pueden visitar los talleres donde se tallan esculturas de piedra, en Mas las hacen de maderas tropicales, en Celuk trabajan la orfebrería de oro y plata y en Tohpati los tejidos, mientras que la región de Ubud, envuelta por las junglas más salvajes, es la cuna del arte naïf balinés. Ubud, la ciudad de los artistas en esta isla ya de por sí increíblemente dotada para las artes, fue el lugar elegido por los pintores y bohemios occidentales que comenzaron a instalarse por estos pagos allá por los años 50.

El lujo asiático

Puede que Bali no sea ya ese dulce edén que encandiló a aquellos primeros europeos. Ni tampoco ese paraíso del todo virgen que, dos décadas más tarde, descubrieron los primeros hippies y los primeros surfistas australianos. Desde que unos y otros pusieron sobre su pista al resto del mundo, por la costa y entre la vegetación lujuriante de su montañoso interior fueron poco a poco levantándose hoteles, nunca más altos que las palmeras, cuyo imitado estilo balinés y su nivel de servicio le devuelven todo su sentido a la expresión lujo asiático. Estos despampanantes hoteles, no necesariamente prohibitivos, ofician como otro de los platos fuertes de esta isla que, a pesar de haberse convertido en un destino de primera y ser sinónimo de lujo, no ha perdido su autenticidad ni se ha contagiado, salvo en lo más explotado del sur, de ese tufillo artificial que desprenden los lugares excesivamente turísticos. Un milagro muy de agradecer que solo puede deberse al buen hacer de sus dioses.

Una isla también para los más activos

Aunque cueste, y mucho, salir de los hoteles sibaritas que se levantan tanto en los tramos más turísticos de la costa como por las junglas de la espectacular región de Ubud, en Bali, además de las imprescindibles visitas a los templos, podrán emprenderse muchas otras actividades. Al surf, al buceo, el esnórquel y demás deportes náuticos se suman los paseos en catamarán en los que divisar los perfiles de la isla bajo la favorecedora luz del atardecer, recorridos en canoa por sus zonas de manglar o salidas en barco al encuentro de los delfines por el litoral de Lovina. Hacia el interior podrán iniciarse caminatas entre los bancales de arroz desde infinidad de puntos, como entre tantos otros el poblado de Kastala, y de la duración y dificultad que cada cual aguante. Según la temporada, podrán admirarse los bancales empapados durante la época de siembra y a sus campesinas, embarradas hasta las rodillas y a menudo con ayuda de sus búfalos de agua, plantando los brotes tiernos. O cortándolos con las hoces y sacudiendo vigorosamente los tallos cuando están ya secos para recoger hasta el último grano sobre una gran malla dispuesta en el suelo. También para los más activos, rutas en bici entre arrozales como los que cercan la aldea de Jatiluwih, unas horas de rafting entre la selva por ríos como el Ayung o el Telaga Waja, ascensiones más duras como la del volcán Batur o, sí, más turísticos, desde paseos en elefante hasta expediciones en quad. Y como recompensa a tanta actividad, unas compras de escándalo -algunas de las mejores tiendas se ofrecen a enviar hasta el domicilio los maravillosos muebles de maderas tropicales que se elaboran en la isla- o, mejor aún, un masaje de la cabeza a los pies para recuperar fuerzas en los mil y un locales que los despachan, como las compras, casi siempre a muy buen precio.