Baja Silesia, el corazón de Europa

En la Baja Silesia, cuna de Polonia, por hallarse en un cruce de caminos, en el corazón mismo de Europa, ha sido mecida por manos extrañas: de checos, austriacos, prusianos o alemanes. De todos ha sabido preservar lo mejor. Y de sus montañas metálicas, los Montes Gigantes, custodiados por un temible genio, ha sacado el magnetismo y la fuerza para encontrar su propio poso y encarar con optimismo los nuevos tiempos.

Carlos Pascual

A simple vista, es una región como otras de Centroeuropa, sin más intríngulis que el contraste de luces y la variedad de paisajes. Llanuras feraces, bien aprovechadas, ceñidas por colinas verdeantes que se espesan en bosques de alerces, abedules y coníferas, conforme se adentran hacia el horizonte brumoso de montañas grisáceas. Pero si uno se fija, pronto aparecen detalles intrigantes: algunas torres se dirían checas (por no hablar de los cientos de estatuas gesticulantes del santo confesor checo, Juan Nepomuceno); algunas iglesias y abadías encierran una explosión barroca típicamente austriaca; plazas y gabletes, en cambio, se ordenan con disciplina tudesca. Aunque siempre, hay que decirlo, todo parece armonizado por un toque innegablemente polaco, un genius loci que todo lo amalgama.

Y es que, efectivamente, Silesia es lo que llaman los ingleses un melting pot, y nosotros, un crisol, por no decir llanamente un potaje de culturas. Ante todo, por su propia situación geográfica, es un cruce obligado de caminos en mitad del continente. Pero sobre todo por su ubicación histórica, justo en el epicentro de los movimientos cuasi telúricos de la historia, es la esquina donde imperios y naciones se han dado de codazos. La biografía de Silesia es tan agitada o más que la de la propia Polonia. Aunque fue por aquí donde fraguó la nación polaca (gracias al jefe Mieszco y su hijo Boleslao, de Poznan, en el siglo X), paradójicamente este territorio pasó enseguida a manos checas (1335), luego a manos de los Habsburgo austriacos (siglo XVI) y luego a Prusia (siglo XVIII). Por no hablar del terremoto final, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se rediseñaron las fronteras y hubo un desplazamiento forzoso de millones de ciudadanos. Digámoslo ya sin ambages: las alambradas de la historia le han creado a Silesia un problema de identidad. Los paisanos lo reconocen, y alguno tan lúcido como Henryk Waniek lo trata en su libro Finis Silesiae. Durante años, después de la guerra, Silesia ha sido (sentimentalmente) de todos y de ninguno, una especie de far west de poco fiar; puede ilustrar la situación esta anécdota: algunos alemanes expulsados, ricos, volvían a inspeccionar sus antiguas posesiones, y daban dinero a los nuevos inquilinos polacos para que las mantuvieran en buen estado, por si acaso.

Hay que añadir, a renglón seguido, que la situación ha cambiado de cabo a rabo, sobre todo a raíz de la incorporación de Polonia a la Unión Europea. La historia es ya historia. Y los problemas identitarios pertenecen al vago empíreo de las desazones filosóficas. Lo cierto es que Silesia vuelve a ser una región dinámica, una de las más urbanizadas del país, tan hermosa como siempre. Se ha quedado con lo mejor de todos, ese podría ser el resumen.

Las dichas y desdichas de la región se agudizan y toman cuerpo en la capital de la Baja Silesia, Wroclaw -el suroeste polaco, ocupado por Silesia, se divide en tres porciones: Alta Silesia, la más oriental, Opole en el centro, y Baja Silesia a poniente, repartida ésta entre la cuenca del Oder y los Montes Sudetes-. De entrada, está la cuestión del nombre: en los legajos latinos, Wratislavia, ahí todos de acuerdo; en los mapas, si son alemanes, aparece escrito Breslau; si son correctos, se leerá Wroclaw (pronúnciese brósguaf). Cuando Breslau era alemana, todos eran alemanes, sólo el 1 por ciento de la población era polaco. El final de la Segunda Guerra Mundial coincidió con el término de un crudo invierno, con temperaturas de 20 grados bajo cero. Breslau resistió el asedio durante 81 días. El 6 de mayo de 1945 capituló. La población civil fue obligada a abandonar el territorio; unas 70.000 personas murieron por el frío -casi cien mil más habían muerto por la metralla-. La ciudad fue ocupada por desplazados polacos que venían de Ucrania, hasta entonces polaca, pero que era cedida a Rusia.

Pues bien, los problemas histórico-identitarios los resuelve Wroclaw a golpe de geografía. La ciudad se encuentra en el punto en que el río Oder recibe las aguas de cuatro feudatarios. Los brazos y canales de estos cinco ríos forman doce islas, las cuales se abrochan y resuelven a través de 124 puentes -por supuesto, ya se le ha ocurrido a más de un genio apodar a la ciudad como la Venecia del norte, otra más-. Los puentes son la clave. Un puente sirve para unir orillas físicas u orillas inmateriales, es decir, identidades diversas. Así que Wroclaw es el lugar del encuentro. Ese es precisamente el eslogan oficial o apellido con que se afirma y presenta Wroclaw: un lugar de encuentro .

Es una ciudad grande -unos 640.000 censados-. Y extensa, desparramada, sin otras alturas que las de sus torres medievales o barrocas. Con amplios vacíos ajardinados, parques que parecen dehesas urbanas. El mayor de todos, en pleno centro, y es que el Gauleiter alemán ordenó arrasar esa parte para habilitar un aeropuerto que sólo fue utilizado en una ocasión: el día de su huida. Junto a ese paréntesis verde se halla el más célebre y largo de sus puentes, el Grunwald. ¿Por dónde hincarle el diente a esta ciudad suculenta? Lo razonable sería empezar por la parte más antigua. La, llamémosla, isla de Ostrow Tumski. Un jardín privilegiado donde sólo habitan Dios, el arzobispo, treinta seminaristas y un bloque de vecinos. El bloque vecinal pasa desapercibido en la tramoya épica de la catedral, siete iglesias históricas, el palacio episcopal, el seminario, un museo y cosas por el estilo. Es un oasis abismado, único. Sobre todo al caer la oscuridad, cuando por las callejas solitarias, empedradas, un sereno va encendiendo, una por una, las farolas de gas, que deben de ser las últimas de su género.

La catedral de San Juan Bautista , patrón municipal, quedó arrasada por las bombas. Los polacos la rehicieron en seis años. Nadie lo advertiría si no fuera por las vidrieras. Una cosa que capta la atención, como un imán, es el tríptico flamenco de Wit Stwosz (o Veit Stoss) y la sillería de coro que se alinea a sus flancos. Otra cosa que llama la atención es ver las colas que llegan hasta la calle de fieles que esperan a confesarse, jóvenes en buena parte. Una montaña de cirios escolta al icono de la Virgen de Jan Sobiesky (el que derrotó a los turcos a las puertas de Viena); ante esa imagen vino a rezar el Papa Juan Pablo II en 1983, cuando todavía el país se hallaba bajo régimen comunista. En torno al Papa se congregó un millón largo de polacos. Seis años después de ese tour de force caía el régimen soviético.

Las riberas del Oder, en esta isla tan apacible, cambian por completo cuando llega el estío. Entonces atracan en los muelles barcos bulliciosos que emprenden breves cruceros para que la gente pueda cenar con música y ambiente de fiesta, mientras por el paseo arbolado pululan los ciclistas y ese índice de civilización que son los perritos de mucha raza y poco volumen. Cruzando puentes, sorteando iglesias -como la de Santa María de la Arena, con más trípticos flamencos que un museo- y esquivando tranvías podremos llegar al otro centro de gravedad de Wroclaw: el Rynek o Plaza Mayor, la segunda en tamaño de Polonia. En el centro, el Ayuntamiento gótico de pura filigrana donde manda, de momento, un tipo joven salido del movimiento Solidaridad, Dutkiewicz, quien se ha propuesto enterrar las hachas del recuerdo y dar a la ciudad un protagonismo hasta ahora hurtado.

No sabe uno a qué atender. Si entrar -como manda la tradición- a apurar cerveza casera en los sótanos edilicios de Piwnica Swidniska, si despacharse un zurek en alguno de los 38 restaurantes allí arremolinados, si asomarse a la contigua Plaza de la Sal (donde antes se vendía la preciada sustancia que fluía por la Ruta de la Sal o Vía Regia, y donde ahora se venden flores a precios irrisorios) o si prestar atención a los gabletes góticos, los perifollos modernistas y las iglesias surtidas. Esto último puede provocar empacho porque en Wroclaw hay unos 120 templos, algunos tan granados de historia y arte como Santa Isabel, cuya torre es la más alta de todas (y eso que se desplomaron los últimos 40 metros).

Otro polo de atención para el turista es la Universidad. Fundada por los jesuitas, con trece premios Nobel entre sus filas, contiene dos joyas sobresalientes: la Sala Leopoldina, un delirio del barroco austriaco, y el Oratorium Marianum, una capilla convertida en sala de conciertos desde que a Brahms le pidieron que compusiera una pieza para inaugurar el curso (al músico le salió una página tristona, Obertura trágica, que desechó, volviendo a componer otra, la Obertura académica, la que acaba con el júbilo del gaudeamus ígitur). Hay más de cien mil estudiantes y eso explica la especial animación de esta urbe ("la ciudad que no duerme", dice un eslogan). En la Gazeta Wroclawska, el periódico regional, las citas culturales del día ocupan más columnas que la crónica de sucesos. Lo cierto es que en Wroclaw hay una veintena de teatros, docenas de garitos con jazz en vivo y en algunas iglesias se dan tantos conciertos como misas. Hasta hay un tranvía -el Baba Jaga- que es un cafetín rodante. Definitivamente, en la docta Wroclaw se declina el futuro.

El camino desde Wroclaw a los Sudetes se arropa con perfiles suaves, pero no deja de ser accidentad se ve que llegan fondos comunitarios, y las viejas carreteras se están transformando en autopistas, con las obras y trastornos consiguientes. En cualquier caso, hay que desviarse para hacer alto obligado en tres lugares singulares, marcados por signo religioso. En Jawor y Swidnica se conservan sendas "iglesias de la paz", llamadas así porque tras la Paz de Westfalia (que ponía fin a la Guerra de los Treinta Años, en el siglo XVII) se permitía a los protestantes que tuvieran, en este territorio católico, sólo tres iglesias, las cuales debían estar alejadas de la ciudad y pasar inadvertidas. La de Swidnica se levantó en 1654, y al año siguiente, la de Jawor (la tercera, ardió). Ambas son totalmente de madera, en forma de salón o teatro, con cuatro pisos de galerías, ricamente decorado el interior con pinturas del Antiguo y Nuevo Testamento. Ambas son Patrimonio de la Humanidad. Más al sur, en un valle contiguo a Kamienna Gora, la abadía cisterciense de Krzeszow es un complejo que incluye, además del monasterio, dos enormes iglesias y un panteón de los príncipes de Silesia. En la llamada iglesia de San José, el protagonismo es para los murales de Michal Willman, el más célebre pintor barroco de Silesia. En la iglesia abacial de la Ascensión, el barroco austriaco alcanza niveles de delirio; cielo y tierra se funden en un torbellino de estucos, imágenes y pinturas que parecen agitados no ya por la llama del fervor sino por un colosal incendio.

Jelenia Góra (o Hirschberg, "el monte de los ciervos") es ya la puerta de la montaña. Su Plaza Mayor (Rynek) y su Ayuntamiento clasicista parecen sujetar los cabos de las calles como hilos de una marioneta. Es una ciudad provinciana, agradable, animada -hay unos diez mil estudiantes-, y el turismo que recala por aquí busca sobre todo el aire libre: escalada, senderismo, ciclismo, hacer parapente o vuelo sin motor en la colina Góra Szybocowa, antiguo aeródromo de la Luftwaffe y espléndido balcón abierto a los Sudetes, que casi se tocan ya con la mano.

La Montaña Metálica
Los Sudetes, cordillera que se extiende hacia el Este por los montes Tatras y los Cárpatos, están formados por diversos sistemas montañosos, entre ellos los Karkonosze o Montes Gigantes. Todavía en los mapas elaborados en el siglo XVI aparece toda la región de los Montes Gigantes completamente en blanco, como una terra incognita, poblada sólo por el perfil xilográfico de montañas dibujadas y con una sola leyenda: "El reino de Rübezahl", los dominios del gigante de las montañas, como si fuese un auténtico señor feudal de carne y hueso. Un lugar temible, por tanto, a evitar a toda costa.

Había gente interesada en hacer creer en ese guardián de la montaña. Ante todo, los buscadores de oro, los valones (los llamaban así porque en principio procedían de Valonia, aunque luego se les unieron de otras naciones). Ya en el siglo XII buscaban oro, pero encontraron algo mucho mejor, piedras preciosas y semipreciosas: cristal de roca, amatistas y cuarzo rosa, además de antracita, selenita, amonita, serpentina, pirita, calcita, talco... Es, sin duda, el territorio más rico en minerales de toda Polonia.

Había otro grupo interesad los laborantes o yerbateros, los farmacéuticos de la época, que buscaban aquí plantas y raíces medicinales que luego vendían a toda Europa. Y había un tercer grupo celador del secreto, los fabricantes de cristal. Estas montañas, ricas en cuarzo, permitían fabricar un cristal tan apreciado como el de la vecina Bohemia, al otro lado de la sierra. Naturalmente, tampoco éstos querían que nadie espiase sus métodos y materias.

Las minas han sido la gran riqueza de Silesia (comparada a veces con la cuenca minera del Ruhr) y algunas siguen todavía en pleno funcionamiento. Los yerbateros desaparecieron por completo cuando la farmacología se hizo una ciencia adulta. Y las fábricas de vidrio han estado activas en la región hasta el año 1990; ahora sólo se piensa en habilitar un buen museo en alguna de ellas. Todo esto puede apreciarse en el Museo de Szklarska Poreba (que significa precisamente algo así como "prado de cristal").

Este pueblo es uno de los dos centros importantes de los Montes Gigantes, y se hizo famoso en el siglo XIX gracias a un grupo de artistas y escritores que anidaron aquí, siguiendo el ejemplo de la escuela francesa de Barbizon. Precisamente el museo es una casa de los hermanos Gerhardt y Carl Hauptmann, pintor el primero, y escritor y Premio Nobel el segundo (éste, una especie de Galdós de la región de Silesia, se hizo construir una nueva y fastuosa mansión en la localidad de Jagniatkow, no lejos de allí, y que es ahora un interesante museo y centro cultural).

Cuando los alemanes se fueron, perdida la guerra, vinieron artistas polacos a sustituirles; dicen que estas montañas tienen un magnetismo que atrapa por igual a los espíritus, cualesquiera sean sus ideas o nacionalidades. En Szklarska Poreba se practica ahora mucho deporte de riesgo, con pasarelas y artilugios clavados en la roca, o esquí de fondo. Los más tranquilos pueden pasear por el Parque Nacional de Karkonosze, que, sobre todo en otoño, es un puro estallido de oro muelle y vegetal.

El otro pueblo importante de la zona es Karpacz, convertido en un centro veraniego de primera. Es otra de las puertas de entrada al parque nacional, y de allí parte una calzada de trece kilómetros, minuciosamente adoquinada, que asciende hasta la cumbre del pico Snielzka, el más alto (1.602 metros). En la cima hay un observatorio astronómico que ha cumplido los cien años -ahora en un edificio nuevo, de hormigón, con un espléndido mirador y cafetería-. La temperatura media allí arriba es de cero grados, a pesar de lo cual se ve tanta gente por la calzada que aquello parece una verdadera romería.

En Karpacz, además de gastarse los cuartos comprando prendas artesanas de lana y muñecos Rübezahl de madera, puede uno visitar la iglesia Van, una rareza: es una iglesia noruega de madera, del siglo XII. Fue construida cerca del lago Van (en Noruega, país donde se llegaron a levantar unas mil como ésta, subsisten una treintena). La iglesia fue vendida a Federico Guillermo de Prusia, y su destino era Berlín; por líos familiares, acabó aquí, para presenciar, cada año, la llegada de la Vuelta Ciclista a Polonia.