Baden-Baden, la capital veraniega

Si no fuera por su reiterativa longitud, Baden-Baden sería probablemente el sinónimo de balneario en lugar de Spa. Una pequeña ciudad alemana junto a la Selva Negra que sigue manteniendo con éxito el concepto más clásico del veraneo aristocrático con baños decimonónicos y un casino en el que Dostoievski perdió hasta la camisa.

Tomar las aguas se convirtió en una actividad chic desde que la realeza prusiana comenzó a acudir a una pequeña ciudad en el extremo norte de la Selva Negra llamada Baden, o lo que es lo mismo, baños. Ya el emperador romano Caracalla, conocido aficionado a las aguas termales, descubrió entre escaramuzas con las tribus germánicas las bondades de los seis manantiales naturales existentes en la zona. La naturaleza adjudicó a Baden-Baden un clima excepcional protegido de los vientos fríos de la Selva Negra, pero abierto de par en par a la cálida influencia del valle del Rin. Y por si esto fuera poco, la dotó con aguas termales que emanan del subsuelo a más de sesenta grados de temperatura. En pleno auge de la cultura del spa, Baden-Baden sigue fiel a la tradición decimonónica que combinaba los baños con ejercicios y remedios en ocasiones algo esotéricos. Desde principios de siglo la ciudad era una meca para ricachones con achaques, pero fue uno astuto francés, Edouard Bénazet, el que se dio cuenta de que los vividores de la época necesitaban algo de jarana tras un día de austera sanación. En 1838 se hizo cargo del casino (Kurhaus) y lo convirtió en "el más bonito del mundo", en palabras de Marlene Dietrich. Surgió así una fórmula única que combina salud y elegantes excesos que ha seguido vigente hasta el día de hoy: agua mineral de día y champán por la noche.

Para mediados del XIX Baden-Baden era sinónimo de lujoso descanso. Una segunda corte para la aristocracia europea y especialmente para los zares, por lo que se decía que era "la única ciudad rusa fuera de Rusia". Se construyó incluso una iglesia ortodoxa cuya cúpula dorada le da un aire exótico al paisaje de Baden-Baden. Desde la caída del comunismo las nuevas élites de San Petersburgo y Moscú vuelven a tener en la ciudad-balneario el referente de la buena vida al viejo estilo imperial y se han convertido en los visitantes más numerosos. Tras la estela de la aristocracia vinieron escritores como Gogol o Dostoievski y músicos como Brahms (que se estableció durante unos años en la ciudad) o Carl Maria von Weber. Cuando en verano languidecía la actividad en las capitales europeas, Baden-Baden recogía el testigo y los mejores cantantes y solistas de la época llegaban al balneario para interpretar obras de Berlioz o Paganini.

Testigos de esa época de esplendor son las mansiones que se alinean junto a la Lichtentaler Allee, el fastuoso jardín inglés que recorre las orillas del rio Oos, y donde los veraneantes pasean, se miran y hasta flirtean. Es también la milla cultural de Baden-Baden, con el Teatro de la Ópera, inspirado en el de París y el segundo más grande de Europa en su época, y el complejo formado por el Kunsthalle y el moderno Museo Frieder Burda, que acogen una interesante colección de arte moderno, así como exposiciones temporales.

Con el resurgir de la cultura del spa y una cada vez más animada vida cultural e incluso nocturna, Baden-Baden mantiene su mito después de más de dos siglos. Porque, como dijo Mark Twain, aquí "te olvidas del tiempo en diez minutos y del mundo en veinte".