Azules imposibles: las calas más bonitas de Menorca

Lo difícil es decidir con cuál quedarse...

Noelia Ferreiro
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Son pequeñas sucursales del paraíso. Calas en las que caben todas las gamas del azul, tocadas por una belleza imposible. Las hay para todos los gustos: pequeñas y recoletas, resguardadas entre acantilados, grandes y abiertas a un mar que casi nunca se enfada. También de tonos rojizos o de un blanco inmaculado, de carácter salvaje (la gran mayoría) o plenamente urbanizadas para quienes prefieren el confort.

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Lo difícil es decidir con cuál quedarse. Con cuál mantener un idilio entre tanta oferta de amor. Aquí van algunas, muy distintas, que se cuentan entre nuestras preferidas:

Cala Turqueta

Muchos coinciden en situarla en el primer puesto de la isla. Y nada extraña, la verdad. Ya el nombre lo dice todo sobre las aguas que bañan a esta cala, ubicada al sur, al final de un sendero flanqueado por pinos y sabinas. Su arena no puede ser más blanca, con la textura del polvo. Y el mar, acorralado entre formaciones rocosas, parece una plácida piscina.

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Cierto es que, tanta belleza, provoca demasiada atracción. Y que en temporada alta, se encuentra muy concurrida. Pero nada como disfrutarla en los meses más tranquilos, cuando el mayor placer que propone es el placer de no hacer nada. Sólo admirarla.

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Playa de Cavallería

Muy diferente a la anterior es este otro arenal del norte que ocupa el cabo del mismo nombre, en el saliente más septentrional de Menorca. Un entorno privilegiado que está declarado reserva marina y que constituye el rostro salvaje de la isla, con un perfil mucho más escarpado.

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En Cavallería la arena cobriza contrasta con la vegetación que tapiza las suaves colinas. Y el mar, cuando se pone bravo, se bate en grandes olas que atraen a múltiples surfistas.

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También se puede bucear en el islote situado en el medio de la bahía. En sus fondos traslúcidos hallarás centenares de peces. 

Es Caló Blanc 

Es el lugar al que ir si se quiere disfrutar de las aguas más impactantes de la isla. Ciertamente parece un espejismo, un color difícil de definir. Eso sí, la arena es apenas perceptible, con lo que lo suyo es instalarse en las rocas que la envuelven. Tanto mejor, puesto que esta circunstancia aleja a las muchedumbres.

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En Es Caló Blanc, que está cerca del pueblo de Binibeca y se mantiene como un secreto, la ausencia de servicios propicia que nada nos moleste. Así que lo único que hay que hacer es saltar desde las piedras y zambullirse en el mar. El baño será perfecto.

Son Bou

La playa más larga de Menorca dibuja más de dos kilómetros rectilíneos acariciados por un mar muy propicio para los deportes náuticos. Su arena es fina y dorada, y sus aguas poco profundas en la orilla para que los niños jueguen seguros.

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Con tanta extensión, ofrece dos rostros distintos. Quienes disfruten con chiringuitos y tumbonas, disponen de una parte del arenal consagrada a dar estos servicios. Quienes prefieran la soledad virgen, tendrán que encaminarse al otro extremo, donde el bañador es un accesorio opcional.

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Macarella y Macarelleta

La naturaleza se explayó de lo lindo en este primer conjunto de hermanas (el otro es Mitjana y Mitjaneta) donde confluyen el monte, los pinares, los acantilados y un agua turquesa increíblemente cegadora. 

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Todas ellas están precedidas de caminos que estiran el factor sorpresa que irrumpe cuando, al final de todos, aparecen en todo su esplendor. Arena blanca, luz mediterránea. Al fondo, los yates y veleros recortando el horizonte azul, completan la estampa idílica.

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