Aventura en el Titicaca, el lago más alto del mundo

Surcamos esta maravilla a casi cuatro mil metros, que se reparte entre Bolivia y Perú

Noelia Ferreiro
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Es como un Mediterráneo colgado de las montañas, un prodigio de la naturaleza que se asienta entre los Andes y las erosionadas praderas del Altiplano, compartiendo su extensión entre Bolivia y Perú. Se llama Titicaca y no sólo es el lago navegable más alto del mundo, emplazado a casi cuatro mil metros de altura, sino también el más grande de Sudamérica, con una superficie líquida de 8.490 kilómetros cuadrados.

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Cuenta la leyenda que este lago es la cuna de las más remotas civilizaciones, es decir, de las culturas pukara y tiahuanaco que datan del año 200 antes de Cristo y son anteriores incluso a los incas. También dice la leyenda, en un alarde de romanticismo, que sus aguas son las lágrimas de Inti, el dios del sol, que lloró durante 40 días y 40 noches y formó semejante charco. 

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Lago sagrado

Realidad o ficción, lo cierto es que se trata de un lago sagrado. Lo es para las aldeas de sus orillas, donde el aymara y el quechua son las lenguas dominantes, y lo es también para las comunidades que habitan en sus islas y que constituyen la esencia del Titicaca. Y es que surcar sus aguas silenciosas es hacer un viaje en el tiempo a través de poblados flotantes de junco, de islas plagadas de ruinas indígenas, de un interesante y colorido legado de música, danza y tradiciones ancestrales que se mantienen intactas.

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Pero también es descubrir un rincón que está muy cerca del cielo. Y que precisamente por eso destila una percepción mística que hace que todo parezca mágico, como en una paz irreal. Eso y, menos poético, el llamado soroche o mal de altura que puede llegar a tumbar a algunos viajeros: falta el aire y cunde el cansancio con el mínimo esfuerzo. Un efecto que, por otra parte, obliga a detener el paso, a avanzar despacito, a apreciar el paisaje con todo el sosiego del mundo. 

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Maldito soroche

Para conocer esta suerte de mar interior, de un profundo y brillante añil, hay que tomarse unos días, los que lleva navegar por sus gélidas aguas –ojo, que la temperatura media es de menos de 15º- y descubrir sus islotes fantásticos. Antes, claro, habrá que aclimatarse a la altura en tierra firme. Y Puno, en el lado que corresponde a Perú, es un buen punto de partida a 3.860 metros.

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Baluarte de la vida rural y capital del folclore peruano, la fortuna estará en coincidir con algunas de sus fiestas, normalmente ligadas al calendario agrícola: más de trescientos bailes regionales y deslumbrantes trajes ornamentados suponen todo un acontecimiento. También en Puno se encuentra lo necesario para planificar la travesía por el lago: la ciudad es un hervidero de agencias de viaje donde contratar estas excursiones, que normalmente incluyen la experiencia de vivir, ya sea al menos por una noche, con las comunidades locales. Otra forma más aventurera de acceder a las islas del lago es negociar con un guía local y realizar el trayecto en los barcos de línea que parten del muelle de Puno hacia Taquile o Amantaní dos veces al día.

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Islas mágicas

Una vez a bordo, todo será deleitarse con el reflejo de los tonos terrosos del paisaje n unas aguas que se confunden con el cielo. Y también de protegerse con abundante crema solar, puesto que los rayos, a esta altitud, son sumamente intensos. Así se llega a la primera parada: las islas flotantes de los uros, construidas enteramente en totora, esto es, en juncos que crecen en las márgenes y que han sido trenzados por manos milenarias. Casas, barcos, productos de artesanía… todo está elaborado con este material por los uros, el colorido grupo étnico que puebla estas islas artificiales y que vive atrapados en el tiempo. 

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De aquí habrá que dirigirse a Amantaní, una isla sin carreteras ni vehículos y en la que las familias acogen a los viajeros en sus casas de adobe para que participen en sus ritos y costumbres. Es el lugar donde ascender hacia sus dos colinas sagradas: Pachamama y Pachatata (Madre y Padre Tierra) para disfrutar de sus vistas y prepararse después para la próxima isla peruana del interior del lago: Taquile, habitada por los quechua.

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Aquí donde se comen las más exquisitas truchas del Titicaca, el territorio resulta de extrema belleza: arcos milenarios, iglesias sincréticas y promontorios coronados por ruinas de no se sabe cuándo. Luego están los atardeceres, desligados del resto del mundo. Una luz especial que ilumina al fondo, ya en Bolivia, los picos nevados de la cordillera, recortados contra el cielo y el lago.

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