Todos los atardeceres de Uruguay
Para descubrir la verdadera esencia de la “Suiza de América” no es necesario perseguir grandes monumentos ni itinerarios frenéticos. Basta con detenerse en uno de sus rincones mágicos y contemplar cómo el sol se baña en el Río de la Plata o en el Atlántico, premiando con los ocasos más impresionantes del continente.

Si hay un país que celebra sus atardeceres, ese es Uruguay / iStock
Sentada en unas sillas de playa frente al Río de la Plata una pareja comparte un termo de mate. El cielo comienza a colorearse con infinidad de tonos rosados entremezclados con otros anaranjados y prendidos por reflejos dorados. A lo largo de la Rambla, la escena se replica hilvanando los barrios de Montevideo, desde el centro histórico hasta al exclusivo Carrasco, al este de la ciudad. Finalmente el sol toca el inmenso río, que más que un río parece un mar inabarcable. Amantes, familias y amigos observan la estampa, siempre con mate en mano. Es el momento infalible para disfrutar de la herencia gaucha.
Ante una paleta de tonalidades volátiles, corroboro que no hay dos atardeceres iguales. Con su discreción y calma, los de Uruguay tienen un halo místico. No se parecen a los europeos, pero sí me devuelven levemente algunos africanos. Tal vez por el hecho de compartir hemisferio, o quizá por contar con factores geográficos y atmosféricos similares, como sus horizontes despejados.

Todas las tardes la Rambla de Montevideo reúne a locales y visitantes / iStock
En la capital uruguaya, los aproximadamente 20 kilómetros de la Rambla ejercen como una platea infinita para vivir este ritual. Es la columna vertebral de la urbe, mirando constantemente al Río de la Plata. Cada uno de sus tramos tiene su propia personalidad, pero en todos ellos, los ciclistas, bañistas, pescadores y personas paseando detienen su ritmo a esta hora mágica del día. En la Ciudad Vieja, las murallas que un día la protegieron han desaparecido, pero sí se conserva su pulso portuario con la incesante llegada de barcos. Más adelante, el barrio de Palermo y el Parque Rodó muestran la faceta más juvenil y creativa entre comercios y boliches. Al llegar a Carrasco, la Rambla se viste elegante, vigilada por el hotel Casino Carrasco. Reconocido como Patrimonio Histórico Nacional es símbolo de un periodo en que el glamur mandaba en este pedacito de costa.
Caminando por la Rambla es fácil entender Montevideo. Su historia se remonta al siglo XVIII, cuando nació como asentamiento agrícola impulsado por la llegada de los primeros habitantes procedentes de Canarias. La mezcla de identidades posterior ha dado forma a una estupenda fusión cultural latente en cada uno de sus rincones.
Algo similar se percibe recorriendo las calles empedradas de Colonia del Sacramento, flanqueadas por edificios coloniales de intensos colores. Fundada en 1680 por los portugueses para controlar el río, la ciudad fue codiciada por españoles y lusos durante décadas, quienes dejaron sus huellas en su trazado urbano.
El casco histórico se alza en una pequeña península que se adentra en el Río de la Plata. Caminar por sus calles de adoquines irregulares es la mejor forma de coleccionar todos sus encantos, desde el Portón de Campo, antigua entrada a la ciudad amurallada, hasta el faro levantado junto a las ruinas del convento de San Francisco, deteniéndose especialmente entre las fachadas desgastadas de la Calle de los Suspiros.
Al caer la tarde, el sol se oculta tras el Río de la Plata, el mismo que conecta Colonia con Buenos Aires en una hora de navegación. A las afueras, la ciudad se extiende tranquila entre barrios residenciales y pequeñas playas que bordean la corriente fluvial. Muchos colocan sus sillas de espaldas al río, mirando a la carretera, porque en Uruguay lo importante no es contemplar el atardecer, sino ser parte de él mientras este transcurre.

Colonia de Sacramento es el pueblo más bello de Uruguay, ofreciendo un auténtico viaje al pasado / iStock
No todos los crepúsculos uruguayos tienen el agua como protagonista. En Fray Bentos, las puestas de sol adquieren un carácter peculiar al fundir lo industrial con lo poético del momento. La escena la presencia la silueta del Frigorífico Anglo, una antigua fábrica que a finales del siglo XIX y principios del XX fue uno de los mayores centros de procesamiento de carne del mundo, abasteciendo a Europa durante las guerra mundiales. Declarada Paisaje Cultural Industrial por la UNESCO en 2015, en su apogeo trabajaron en ella más de 5.500 trabajadores de hasta 60 nacionalidades. Su gigantesca chimenea se recorta contra el cielo mientras el sol desciende detrás del río Uruguay, tintando de tonos cobrizos la imponente estructura de hierro, cemento y ladrillo.
El sol de Punta del Este se despide más refinado, reflejándose en modernos edificios y largas playas. Esta península estrecha y alargada divide dos arenales muy diferentes. En Playa Mansa, sus aguas tranquilas miran al oeste, mientras que el oleaje golpea con fuerza Playa Brava, abierta al Atlántico y expuesta al viento. La localidad pasó de ser un enclave de pescadores a destino exclusivo de veraneo a inicios del siglo XX, con restaurantes de alta cocina, hoteles de lujo y una intensa vida nocturna. Su atardecer más emblemático es el de “La Mano”, una escultura del artista chileno Irarrázabal que emerge de la arena de Playa Brava. Punta del Este también tiene su versión más bohemia en zonas como La Barra, con viviendas de madera frente a playas salvajes y su famoso puente ondulado.
Horizontes transformados en arte
Sobre los acantilados de Punta Ballena se alza una impresionante construcción blanca creada por el artista Carlos Páez Vilaró como refugio personal donde trabajar y vivir en contacto con el paisaje. Casapueblo es la mejor declaración de amor a la luz, a la fugacidad del tiempo y a los atardeceres. Cada día sus terrazas superpuestas, sus ventanas irregulares y sus estrechas escaleras se llenan de locales y viajeros atraídos por su popular “Ceremonia del sol”. La voz de Páez Vilaró, grabada en un emocionante poema, acompaña la caída del día enmarcada por un océano en llamas.
Páez Vilaró, padre de Carlos Páez Rodríguez, uno de los supervivientes del accidente de los Andes, hizo de este rincón un punto donde darse cita con la belleza efímera. Las paredes níveas de Casapueblo atrapan los últimos rayos del sol, multiplicando su luz y convirtiéndolos en reflejos que mutan a medida que el astro rey va descendiendo hasta sumergirse en el mar. Miro alrededor y en este caso sí me traslado a una isla griega, con las paredes blancas, la aridez del entorno y el mar cobalto, pero aquí es el Atlántico el encargado de imprimir toda su energía.

Casapueblo es uno de los lugares más especiales del mundo para presenciar el atardecer / iStock
Más al este, los atardeceres muestran toda su espectacularidad sin artificio. Cabo Polonio es el lugar para experimentar los más arrebatadores del país, sin electricidad que compita con el cielo y sin barreras que irrumpan en sus panorámicas de otro mundo. Sus calles de arena se desdibujan entre las casas rústicas que salpican las dunas. La toponimia del cabo se remonta al siglo XVIII, cuando un barco llamado el Polonio naufragó en estas costas. Por aquel entonces eran refugio de pescadores, fareros y contrabandistas. En la actualidad, este paraíso aislado y bohemio está protegido como reserva natural, compuesta por 25.000 hectáreas terrestres y marinas.
El faro, erigido en 1881, ilumina una vista sobrecogedora. A sus pies descansa una de las mayores colonias de lobos marinos de Sudamérica. El viento suave acompaña el rumor del mar mientras el cielo se prende con sus tonos más intensos hasta dar paso a una bóveda de estrellas. Es entonces cuando percibo el destello de luz del faro atravesando la noche y regresando tras 12 segundos exactos. Los “12 segundos de oscuridad” de Jorge Drexler necesarios para transformar el paisaje en arte.
El aplauso del ocaso
Aunque cada vez está más extendida internacionalmente, la costumbre de aplaudir el atardecer es una escena muy propia de Uruguay. No hay una explicación clara sobre el origen del aplauso ligado al ocaso uruguayo, pero una de las versiones más difundidas la compartió Carlos Páez Rodríguez, superviviente del accidente de los Andes. Según su publicación en X el 16 de enero de 2021, tendría su origen tras el rescate de los supervivientes del fatídico suceso después de 72 días perdidos en la cordillera. El 22 de diciembre de 1972, mientras se celebraba su regreso a casa, algunas personas comenzaron a aplaudir el atardecer en la playa en homenaje a aquellos que nunca volvieron. A pesar de que esta teoría no está confirmada, muchos siguen aplaudiendo como una forma de gratitud por la vida.
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