Arte y diversión en la joya de Flandes

María Bayón

La llamada Ciudad de las Cuatro Torres se vinculó para siempre con nosotros el 24 de febrero de 1500, cuando Juana la Loca dio a luz allí al futuro emperador Carlos I de España y V de Alemania. Gante, capital de Flandes Oriental, es luz, agua y piedra centenaria, una ciudad de cuento que continúa ofreciendo un papel protagonista a todo el que decide vivirla. Porque Gante no se visita, se disfruta y se acaricia. Se desenvuelve como un regalo y se recuerda como un viejo amigo con el que siempre tendremos ganas de conversar. La llamada Ciudad de las Cuatro Torres se vinculó para siempre con nosotros el 24 de febrero de 1500, cuando Juana la Loca dio a luz allí al futuro emperador Carlos I de España y V de Alemania.

Lo primero que sorprende de Gante es su tranquila familiaridad, su mágica capacidad para hacernos sentir en casa desde el primer contacto visual con sus románticos campanarios. Sin pausa pero sin prisa, nos iremos sintiendo cada vez más a gusto paseando entre sus canales, curioseando por sus tiendas o simplemente oyendo el eco de nuestros pasos en sus evocadores callejones de adoquín.

Gante atrapa por su belleza, pero enamora por su perseverancia a la hora de no dejar de sorprendernos. Es mucho lo que se puede hacer en esta ciudad flamenca, pero quien sólo quiera almacenarla en la retina tampoco quedará defraudado; serena como el agua que la abraza en cada uno de sus rincones, entrará en nuestro corazón sin mucho esfuerzo y, como todo lo bueno, llegará para quedarse.

Y es que existe una Gante para cada tipo de viaje, por eso es tan fácil disfrutarla. Si busca una escapada romántica, está de enhorabuena; si quiere sorprender en una cita de negocios, su elegante armonía será su aliada; si quiere regalarse un paseo gastronómico, habrá acertado, y si persigue renovar su fondo de armario en algunas de las tiendas más trendy de Europa, su oferta en diseño hará palidecer de envidia a todo el que esté dispuesto a mirarle con malos ojos. Recuerde que cada una de sus opciones tiene un valioso bonus: un paseo por el tiempo y la historia, una lección sobre cómo mezclar presente y pasado sacando lo mejor de nosotros mismos.

Gante debe su nombre a la etimología gaélica Ganda, que significa confluencia, en su caso la de los ríos Escalda y Lys, dos serpientes de plata que tras mucho culebrear entre edificios centenarios se funden bajo los cimientos de la Abadía de San Bavón, a simple vista una mole de piedra fundada en el siglo VII por San Amando; profundizando un poco, el origen de Gante como importantísimo enclave medieval.

Aquí empezó todo y aquí continúa su historia, porque si bien es cierto que la ciudad se siente orgullosa de poseer la atmósfera especial de todo núcleo urbano acariciado por el agua -los canales han sido claves a la hora de entender su pasado comercial-, no lo es menos que la hierba siempre crece más verde en el jardín del vecino y los ganteses decidieron el pasado siglo cegar parte del río Escalda. Hoy la idea es completamente la contraria, y por eso junto a la abadía podrá ver cómo un sinfín de complicadas máquinas se apresuran por desenterrar al Escalda y devolver sus aguas a la superficie fotografiable de Gante. Una superficie en la que destaca la soberbia sombra de sus campanarios; tanto, que una forma de hablar de la urbe es referirse a ella como la Ciudad de las Cuatro Torres.

Las del Campanario Municipal han sido reconocidas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, pero cada día son recomendadas desde la oficina de turismo como el lugar ideal para admirar Gante desde las alturas. Allí podrá deleitarse con la sobrecogedora música del carillón y evocar otros tiempos gracias al Museo de las Campanas. Cierre los ojos y déjese llevar. Las campanas que hoy siguen sonando no hace mucho anunciaban la llegada del enemigo, las visitas reales, las ejecuciones o las fiestas. Las campanas de Gante saben más de la historia que muchos libros. Por eso hoy cuando el sol hace brillar las fachadas de sus casas únicas en el mundo y la mañana invita a detenerse, la música del carillón se cuela en el alma y nos regala uno de esos momentos fundamentales en todo viaje, el que funde el placer del descubrimiento con la cercanía de lo conocido.

El nacimiento de Carlos I
Hay acontecimientos que están diseñados para cambiar el rumbo del mundo, y ciudades que el destino elige para ser su teatro de operaciones. Corría el año 1500 cuando una fría noche de febrero una joven princesa llamada Juana daba a luz en uno de los aseos del Castillo de Gante, según cuenta la leyenda. Poco imaginaba entonces que años después aquel pequeño grabaría para siempre su nombre en la Historia. Pero así fue. Con el tiempo, Juana sería recordada como la Loca, mientras su vástago se convertiría en el emperador Carlos I de España y V de Alemania, uno de los hombres más poderosos de todas las épocas.

Desde su fortuito nacimiento, la relación entre el emperador y Gante estaba destinada a ser muy especial. Todavía hoy los ganteses hablan de Carlos con la familiaridad con que lo harían de cualquier político local. Su historia está tan mezclada con la de la ciudad que uno de los apodos de los ganteses tiene que ver con un modélico castigo impuesto por el emperador hace ya unos cuantos años, concretamente 469. En aquel entonces, los habitantes de la ciudad flamenca fueron acusados de falsificación de documentos, desobediencia, insurrección popular y delito de lesa majestad. ¡Casi nada!

Carlos I no mandó ejecutar a nadie, pero sometió a los ganteses a una dolorosa humillación pública: les condenó a salir a la calle vestidos tan sólo con sayas y con una soga al cuello. Lejos de olvidarlo, todavía salen igual a la calle durante las fiestas de Gante -que se celebran este año del 15 al 24 de julio-, orgullosos y altivos, en rencorosa conmemoración de uno de los episodios mejor recordados de su historia. Tanto, que no les importa ni lo más mínimo que se les conozca como "los de la soga al cuello".

Ya no existe el castillo que vio nacer a Carlos, pero sí el barrio en el que éste hundía sus cimientos: Prinsenhof, un tranquilo y señorial vecindario que ofrece algunos de los paseos más desestresantes de la ciudad y que está bañado por el canal que une a Gante con Brujas; hoy una delicia para la vista, antaño una de las rutas comerciales más importantes de Europa. Sobre él se encuentra el Puente de los Gozos, diseñado por el ilustre arquitecto gantés Walter de Buck, un artista contemporáeo que no parece guardar un excesivo rencor a Carlos I, ya que el puente homenajea las intrigas amorosas del famoso emperador.

No muy lejos de allí, busque en el mapa el callejón de Sint Widostraat y admire sin ser molestado la mejor vista posible del Castillo de los Condes, otro gran atractivo de la ciudad flamenca. En la actualidad, es más impresionante su vista que su interior, donde lo más destacable es, sin duda, una colección de armaduras medievales completada con una minuciosa exposición sobre objetos de tortura. La vista desde la torre del homenaje da una idea bastante exacta del sentimiento de poder que perseguía su constructor, el noble Filips Van den Elzas.

Desde allí también podrá observar cómo el laberinto de canales y callejones que conforma Gante se espesa en un punto hasta hacer imposible reconocer dónde empiezan unos y dónde terminan otros. Hablamos de uno de los barrios más bulliciosos de Gante: el barrio medieval de Patershol, una joya urbanística que los ganteses están particularmente orgullosos de enseñar. Su nombre significa "agujero de los padres" y debe su origen al convento carmelita que en su día presidía la zona y daba trabajo a muchos en su destilería de cerveza. Los avatares históricos convirtieron sus sótanos en un oscuro entramado de pasadizos secretos por donde huían religiosos y seglares cuando las circunstancias se ponían muy feas. De sus muros actualmente queda poco más que el recuerdo y el nombre, pero entre sus callejas estrechas y llenas de musgo aún se pueden escuchar gritos de guerra y conspiraciones susurradas en la sombra.

La situación semifortificada del Patershol hizo que con el tiempo fuera sobreviviendo intacto a los cambios y los avatares de la historia, y cuando llegó la revolución industrial pasó de largo por el enclave. Hoy el turismo tiene mucho que agradecer a este dato, pero no siempre fue así. Durante muchos años el olvidado barrio medieval sirvió de cobijo a criminales de todo pelo, y sólo a mediados del siglo XX la política social del Ayuntamiento de Gante lo saneó convirtiéndolo en una de las zonas más deseadas de toda la urbe. Sus alegres cafés y sus tiendas de diseño actúan como unos verdaderos cantos de sirena para el visitante, que obedece a su llamada gustoso y dejándose llevar por la calma de sus estrechas callecitas, donde todo Gante se mezcla en perfecta sincronía.
Así llegamos a la palabra clave de la ciudad: la mezcla, el "ábrete sésamo" de los ganteses, que aquí está perfectamente representado. En su afán por no construir guetos, las viviendas del Patershol dan cabida a todos los estamentos de la sociedad. Ricos y menos ricos conviven en armonía no sólo aquí sino en cualquier rincón de una ciudad que se empeña en que todos sus habitantes disfruten, en la medida de lo posible, de las mismas posibilidades.

De este modo observará, si es curioso, una de las peculiaridades de los ganteses: su gusto por la decoración de interior. El frío invierno y las noches largas convierten al hogar en el centro de todos los placeres y, aunque los flamencos tienen una obsesión casi enfermiza con las velas, las flores y los gadgets de diseño, el resultado final vale la pena. Es muy recomendable aprender de él cuando vislumbramos retazos de vida cotidiana tras sus bajas ventanas abiertas.

Deliciosos paseos en barco
Este placer por el diseño se plasma perfectamente en sus tiendas de ropa, que están cargadas de originalidad y buen gusto, dispuestas a rememorar el pasado adaptándolo con gracia a las exigencias modernas y dejando de lado el gris tanto en el corte como en el tacto de sus productos. ¡Todo un lujo!

Gante, que se precia de tratar al visitante como a sus propios ciudadanos, ofrece numerosas posibilidades de vivirla. Sus eternos canales regalan deliciosos paseos en barco. Desde ellos, la ciudad flamenca tiene otro aspecto y la sensibilidad está a flor de piel. Imaginar luchas, intercambios comerciales o citas amorosas al amparo del agua constituye un placer gratis y gratificante para el viajero curioso.

La historia de la ciudad da para eso y para mucho más, pero los amantes del aquí y ahora también pueden descubrir Gante a través de los sentidos, quizá lo más auténtico del enclave. Déjese llevar por los dulces aromas a chocolate, recorra sus pastelerías sin pensar en la dieta, busque el olor a incienso entre sus múltiples iglesias, deléitese con el suave bamboleo del agua en sus canales, pruebe sus muchas y exquisitas cervezas, apueste por el jamón ahumado o embadurne sus ensaladas de picante mostaza... siéntese en el Graslei al atardecer y oiga cómo la vida fluye en las risas de los más jóvenes, camine casi a oscuras por sus callejas y escuche al tiempo... cierre los ojos y sueñe, porque esta ciudad se lo permite.