Arte, moda, música y vino en la última playa de África: Ciudad del Cabo

A finales de septiembre Ciudad del Cabo estrenó museo, el Zeitz MOCAA, que cuelga la mejor colección de arte africano contemporáneo del mundo. Es la ciudad del momento: una montaña legendaria, playas urbanas infinitas, restaurantes punteros, vinos de quitarse el sombrero y un panorama creativo que chispea como una bengala. 

Arantxa Neyra
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Foto: Ben1183 / ISTOCK

Ciudad del Cabo es una ciudad para no perderse. Lo es en sentido figurado, pero también de forma absolutamente literal. Sus accidentes geográficos, Table Mountain, Lion’s Head y el Océano Atlántico, son tan obvios, tan omnipresentes, que, sin quererlo, ejercen de infalible brújula para los capetonians (y se convierten ipso facto en los nuevos mejores amigos de los que vienen de fuera). Además de orientar también hacen de hombre del tiempo, de consejero y de personal shopper ya que, según la forma con la que la nube cubre o muestre los picos de las montañas, dependiendo de la dirección en la que sopla el viento, ellos planifican su día: en el interior o al aire libre, en el museo o en el parque, en la montaña o en la playa.

Todo aquí depende del clima. Por eso en Ciudad del Cabo se tiende a improvisar, a apurar hasta el último momento para cerrar una braai (barbacoa), y a no planear el lunes el fin de semana. Pero sí dejan la bolsa con bañador y toalla preparada para, en caso de que el cielo les haga un guiño, salir corriendo. ¿Y si en las playas del Atlántico hace malo? Solo hay que dar media vuelta y tirar hacia las del Índico. Porque los capetonians siempre se guardan un océano en la manga.

El City Bowl: el centro

No nos equivoquemos. La ciudad de olas y del sol, de la montaña y de la naturaleza desbordante también tiene una intensa vida urbana. Su centro son los barrios de City Bowl y Gardens. En ellos, más que de ver grandes hitos monumentales (Castillo de Buena Esperanza, la catedral de San Jorge), se trata de callejear y de abrir bien los ojos. De probarse ropa africana, de escuchar los sones que salen de las peluquerías afro, y de mirar hacia arriba para descubrir las casas de colores, las barandillas de hierro y las gárgolas art déco, y a los lados para toparse con la icónica Table Mountain, con su perfil plano como una mesa. Eso no significa que no haya que programar una parada en la South African National Gallery, para conocer obras de artistas africanos; o que no haya que visitar el District Six Museum, que cuenta emocionantes historias de camareros, músicos o familias negras que vivieron en sus propias carnes el apartheid. Ni, por supuesto, que se deje de ir a Bo-kaap, el multicolor vecindario de raíces islámicas bajo Signal Hill, que es el sueño de cualquier instagramer.

Company’s Garden

Fundado por los holandeses, es el jardín y la huerta más antigua de Sudáfrica y aún conserva un fascinante aire decimonónico: miles de plantas y flores de todo el mundo (incluido el árbol más viejo del país), esculturas y ardillas correteando que reciben comida de niños nerviosos y un restaurante perfecto para picar algo entre bambús gigantes y disfrutar del silencio. Todo lo contrario se puede (y se debe) encontrar en Long Street, de lejos la calle más animada de Cape Town. Allí están los backpackers y los hoteles más divertidos (como el The Grand Daddy Hotel, que tiene en su azotea pequeñas furgonetas acondicionadas como habitaciones y un cine al aire libre); los clubes de música (del jazz al hip hop y del rock al blues) que abren hasta las mil, las tiendas de suvenires, donde comprar instrumentos de percusión, entrañables figuras de Tintín o Milú talladas en madera o collares y pendientes de cuentas de todos los colores; y los autobuses rojos turísticos que dan una vuelta por la ciudad.

Su paralela, la calle Bree, se ha convertido en la milla de oro del diseño, el arte y la gastronomía. Solo con asomarse a ella se tiene una idea de lo que está sucediendo en la ciudad: locales con ideas novedosas, interiorismos cuidados y propuestas de calidad que reivindican, por encima de todo, lo local. Un buen ejemplo es Jason’s Bakery, una bonita cafetería que hace a diario su repostería y que sirve café de origen (además de opíparos desayunos), donde a periodistas o diseñadores les gusta ir a trabajar con sus ordenadores. Como también lo es el restaurante Culture Club Cheese, donde se dan a conocer los mejores quesos del país (y alguno de fuera), maridados con cervezas artesanas y vinos y acompañados con algunos fermentados o mermeladas. En sus tiendas es también donde más se nota el por qué hace tres años esta ciudad fue la capital mundial del diseño. Las hay de altísimo nivel, de excelente gusto y, también, de precios a la europea, como Skinny LaMinx Textils, con sus telas que fusionan el diseño nórdico y la iconografía africana; Espadrilles, que vende alpargatas de sello hispano-sudafricano, o Missibaba Bags, con increíbles bolsos de hasta 8.000 rands (alrededor de 540 euros), en cuya producción solo trabajan mujeres, y que comparte local con las delicadas joyas de Kirsten Goss Jewelry.

V&A The Waterfront y el nuevo museo

El otro lugar para poder comprar el último diseño de Ciudad del Cabo es el mercado de diseñadores del Watershed, en el V&A Waterfront, el titánico proyecto que ha convertido la antigua zona portuaria en el principal punto de ocio de Cape Town y cuya guinda ha sido la inauguración, a finales de septiembre, del nuevo Zeitz MOCAA. Con él nace el Museo de Arte Contemporáneo más grande de África, algo así como un Reina Sofía o un MOMA del continente negro, un museo abierto cuya misión, además de acercar el arte contemporáneo a todos, es fomentar y fortalecer la identidad cultural africana. El museo se ubica en el antiguo edificio de un silo de trigo de los años 20, rehabilitado por el arquitecto británico Thomas Heatherwick (y compartiendo espacio con el lujo de The Silo Hotel), que casa como un guante con la colección personal de Jochen Zeitz, ex CEO de Puma, y que incluye además varias instituciones de disciplinas como fotografía, moda, laboratorios, aulas y salas de exposiciones

Las playas del Atlántico

El Atlántico (también en Cape Town) es un mar para pocas bromas: el agua está fría y las olas no son pequeñas. Por eso, además de baños y chapuzones, en las kilométricas playas de Cape Town se trata de solearse, broncearse, lucir palmito y hacer deporte. Clifton Beach, Camps Bay, Bakoven, Llandudno, Sandy Bay, Long Beach... cada una tiene sus incondicionales. De las cuatro (elegantísimas) playas de Clifton, por ejemplo, la número 4 está frecuentada por adolescentes, la 3 por la comunidad gay, la 2 es una especie de pasarela de gente guapa y la 1 es perfecta para nadar. Bakoven es la más tranquila, Llandundo es la surfera, Sandy Bay la nudista y Camps Bay, quizá, la que más se identifica con la ciudad, ya que sirve de plató para producciones de moda, televisión y cine. Playón de bandera (azul), con palmeras desmelenadas y penthouses de diseño y bares y restaurantes, es también sinónimo de fiesta (especialmente en temporada alta, de diciembre a febrero). Sus atardeceres (esos atardeceres africanos) son, posiblemente, los mejores de la ciudad.

El Cabo de Buena Esperanza

Al otro lado del cabo esperan las playas del Índico, las que bañan False Bay, la bahía donde se juntan (solo en el mapa) el Atlántico y el Índico. La primera parada es Muizemberg, larguísimo arenal con sus casetas victorianas de madera de colores que reúne bañistas, pintores, familias y surferos. Puede ser también la primera parada para empezar un viaje (que puede hacerse en un día) hasta el Cabo de Buena Esperanza. Más allá de lo poético del asunto, de alcanzar uno de los puntos más al sur del continente africano, merece la pena hacerlo para disfrutar de todas las escalas: Kalk Bay, el pintoresco puerto con tiendas de antigüedades donde ver las ballenas en temporada; Simon’s Town, una pequeña ciudad con una marina y cuidadas casas vitorianas, y, por supuesto, Boulders Beach, la playa en la que los bañistas no llevan bañador sino esmoquin, miden alrededor de 50 centímetros y se alimentan de sardinas, arenques y boquerones.

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Los “townships”

Pero esta no es la única realidad de Cape Town. Hay otra sin terminaciones redondeadas ni letras art déco, que no mira al mar ni brinda con copas de Pinotage. Una realidad que da la foto completa de una ciudad que, a pesar de haber salido oficialmente del apartheid en 1992, sigue teniendo grandes diferencias. Khayelitsha, Guguleto, Langa... son los townships, las ciudades dormitorio creadas en la época del apartheid para los no blancos, donde viven más de dos millones de personas. Algo así como las favelas de Río de Janeiro, poblados de baja calidad que se anegan cuando llueve y que se convierten en un hervidero en los meses de verano. Claro que hasta aquí, en los townships, hay jerarquías: zonas más seguras y más peligrosas, casas sin agua corriente y otras bien equipadas. Y mucho arte, arte urbano que sale de botes de esprays y vive en tejados y paredes de uralita. 

Woodstock

No hace mucho que Woodstock era también así, un suburbio marcado por la droga y la delincuencia que parecía un callejón sin salida. En menos de diez años ha mudado la piel (algunos lo llaman gentrificación) convirtiéndose en el barrio más creativo de Cape Town. Los primeros artistas compraron barato las casas victorianas abandonadas y abrieron estudios, galerías, tiendas vintage y cafeterías. Se rescataron edificios industriales condenados al derribo como la Old Castle Brewery y se empezó a celebrar el mercado de vecinos del Old Biscuit Mill. Al principio vendía fruta y alimentos orgánicos; ahora congrega a jóvenes diseñadores de gafas, zapatos o gadgets que montan sus puestos pop up todos los sábados: un paraíso hipster en el que también hay enotecas, cafeterías y restaurantes de culto. Como The Test Kitchen, del chef Luke Dale-Roberts, un restaurante en la primera mitad de la lista 50 Best, en lo que hace nada fue un suburbio. Tan paradójico, efervescente, fascinante y extremo como Cape Town. Una ciudad negra y blanca. Sin escala de grises.

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Escapada sibarita: vinos, “fine dining” y diamantes

En Sudáfrica, y concretamente en Cape Town, se producen algunos de los mejores vinos del mundo. Lo mejor es que las bodegas en las que se elaboran se pueden conocer en la propia ciudad, en el distrito de Constantia. Para conocer otra de las mecas vinícolas del país basta con conducir poco más de una hora y visitar Stellenbosch y Franschhoek, dos pueblos que, además de pintorescos y perfectamente conservados (como una pequeña Holanda en el cono sur), son el no va más para sibaritas y epicúreos. Para rizar el rizo en un bucle perfecto hay que alojarse en el Delaire Graff, un hotel en las laderas del pico Botmaskop, con unos viñedos con los que se elaboran sus reputadísimos vinos y dos (excelentes) restaurantes (Indochina y Delaire Graff Restaurant). Los atardeceres desde sus habitaciones, con jacuzzi exterior, quedan para siempre. Además, tiene una colección de arte contemporáneo, un jardín botánico y una boutique de diamantes pulidos y engarzados a mano en Londres.

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