El arte del almendro

Tras Estados Unidos, nuestro país es el segundo productor de almendra del mundo. Este fruto, tan valorado en todo el planeta, ofrece una de las flores más bellas que se puedan imaginar. Las descubrimos en una ruta indispensable por los campos en flor menos conocidos.

Irene González
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Foto: fcafotodigital / ISTOCK

A primeros de marzo los almendros llenan de colores violeta, rosa y blanco los paisajes de nuestra geografía. Desde el espectáculo natural de la Serra de Tramuntana, hasta un parque oculto en el corazón de Madrid y, pasando por la belleza de estos árboles en Alicante, Málaga o Cáceres, seguimos la ruta del almendro. Aunque depende mucho de la climatología, marzo y principios de abril son los meses donde los almendrales lucen en todo su esplendor, cuando sus flores son tan bellas e irresistibles que convierten el paraje en un campo de cuento. Es una floración efímera pero tan bella que convierte los campos en nieve de primavera, la estación que anuncian sus flores. Y es que somos el país de la almendra, un fruto muy preciado en todo el planeta. Tras Estados Unidos, España es la segunda productora de almendra del mundo.

Por eso, abundan hermosos rincones en nuestra geografía para contemplar el espectáculo de estos campos en flor. Sorprenden a lo largo y ancho de nuestro país, como en la bella isla de La Palma, donde en el noroeste se extienden valles enteros cultivados de almendros, una magnífica alfombra blanca cuada de flor. O en el rico y desconocido interior de Alicante, donde hasta casi finales de marzo el valle de Guadalest está cubierto de flores. Y es que Alicante es el reino del turrón, una exquisitez gastronómica muy valorada fuera de nuestras fronteras. Y como no, Extremadura, donde los cerezos son los protagonistas, pero los almendros, los grandes desconocidos, revientan de belleza.

En la cacereña Garrovillas de Alconétar, cuenta la leyenda que el rey de estas tierras se casó con una princesa del norte. Y como ella añoraba la nieve, el monarca mandó plantar muchos almendros junto al palacio para que, al menos durante unos días al año, el paisaje le recordara a sus tierras de origen. Pero estos bellos árboles también se pueden disfrutar en el corazón de una gran metrópoli. En pleno centro de Madrid está la extraordinaria Quinta de los Molinos, un Parque Histórico y Bien de Interés Cultural, antigua propiedad de un arquitecto alicantino. Esta finca supone un remanso blanco de almendro.

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