Arcos de la Frontera, o cómo disfrutar del vértigo

Nos asomamos a los impresionantes "balcones" del blanquísimo municipio gaditano

Jesús Torbado/Silvia Roba
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Buena parte de la historia de Arcos de la Frontera ha transcurrido siempre en torno a la Plaza del Cabildo, escenario, en sus tiempos, de autos sacramentales y de corridas de toros. En ella se adiestraron para ir a la guerra a jinetes y a soldados que, a buen seguro, sintieron el mismo vértigo que hoy invade a quienes hasta aquí se acercan para cumplir con el ritual del recién llegado, que consiste en asomarse al mirador de la Peña Nueva que se abre en uno de sus lados.

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Porque la plaza es el mejor balcón posible para comprender dónde estamos: en lo alto de una roca, ante un tajo de cien metros sobre el río Guadalete. Es su ubicación, tan perfecta para planificar ataques y organizar defensas, lo que propició que los romanos, que la llamaron Arx-Arcis, se fijaran en ella, aunque sería durante la época musulmana, bajo el nombre de Arkos, cuando comenzó a consolidarse como próspero enclave. Durante ese periodo de esplendor, la villa, que llegó a ser un pequeño reino de Taifa, fue amurallada y vio crecer su castillo. Ya como cristiana se convirtió en residencia de los duques de Arcos.

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No podemos abandonar la Plaza del Cabildo sin visitar la basílica de Santa María, construida entre los siglos XIII y XVIII –su fachada recoge elementos tardogóticos, renacentistas y neoclasicistas– sobre los restos de una mezquita.

Hay más sitios que ver en Arcos de la Frontera: el convento de las Mercedarias, que aún vende a través del torno dulces artesanos; el convento de la Encarnación, con su portada plateresca, el Palacio de los Mayorazgo, con una preciosa fachada de estilo herreriano, el pósito del siglo XVIII donde se guardaba el trigo y la Puerta Matrera, la única que subsiste del primitivo recinto amurallado de la localidad.

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Pero el verdadero encanto de este municipio gaditano reside en el enrevesado laberinto que forman sus calles estrechas y en cuesta, flanqueadas por casas encaladas. Margaritas, rosas, claveles y romero componen con arte las cruces que inundan plazas y rincones a principios de mayo, en el transcurso de una de sus fiestas más esperadas. De Arcos no hay que marcharse sin probar el abajao, una especie de sopa de espárragos, y brindar por regresar con un vino tinto en la mano.

El código secreto

En Arcos de la Frontera hay muchos sitios a los que mirar. Y uno es el suelo. Ahí se encuentra, frente a la basílica de Santa María, un círculo mágico medieval, rodeado de piedras blancas, que representan el cielo, y rojas, que hacen referencia al mundo terrenal y a la sangre. Se dice que, cuando existía la mezquita sobre cuyos restos se construyó el templo, encima de ellas se colocaba a los recién nacidos para espantar los malos espíritus.