Antártida, el confín de la Tierra

Viajar a la Antártida es realizar una aventura muy diferente a cuantas pueden hacerse. Es partir hacía el último confín de la Tierra, en el límite de los océanos, en el límite de la vida, para enfrentarse y descubrir el paisaje más sublime del planeta, catorce millones de kilómetros cuadrados donde sufrieron y lucharon grandes aventureros como Amundsen, Shackleton, scott, Crean, Cherry-Garrad y cientos de hombres que nunca olvidaron aquel espacio de infinita desolación.

Sebastián Álvaro
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Foto: Sebastián Álvaro

Es, todavía hoy, una aventura para los soñadores de los paisajes mayores y sin profanar, donde aún resiste la grandeza de la Tierra. Ir a la Antártida supone, sobre todo, emprender una crónica sentimental por la Historia y la leyenda. Pocos lugares de nuestro planeta están tan llenos de literatura, de mitos, de fracasos románticos, de heroicidad. No es extraño que haya viajado seis veces a la Antártida y siempre haya regresado transformado.

Sebastián Álvaro

Ni siquiera el Karakórum, en el que he pasado buena parte de mi vida, tiene la capacidad de conmoverme tan profundamente. Hay veces que escudriño en el interior de mi cabeza para recordar la motivación que me arrastró por primera vez a la Antártida. Fue la curiosidad, y una imaginación desbordante y sin mesura, como afirmaba mi madre, pues, como escribió David Thoreau, “al mismo tiempo que ansiamos explorarlo y comprenderlo todo, necesitamos que todo sea misterioso e insondable”. Aquellos paisajes helados, las expediciones polares, las ascensiones de sus montañas más altas, se refugian en mi cabeza, pero siguen impulsando el corazón. Las emociones no se sacian nunca; por eso siempre sueñas con volver. 

Sebastián Álvaro

La primera vez que pisé el interior de la Antártida fue en el transcurso de lo que sería la primera expedición española al Polo Sur Geográfico. Acabábamos de regresar de la dramática escalada del K2 en la que habíamos perdido a nuestro compañero Atxo Apellaniz y otro, Juanjo San Sebastián, aún se encontraba convaleciente de sus terribles amputaciones; pero cuando los compañeros de la Escuela Militar de Montaña de Jaca me propusieron hacer realidad este viaje antártico no lo dudé ni un instante.

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Fue un gran proyecto de exploración, alpinismo y ciencia que planificamos con rigor y que desarrollaríamos en lugares muy distantes del continente helado. Estuvimos casi tres meses escalando sus montañas más altas mientras otro grupo iba caminando hasta el Polo Sur, ese punto teórico en el que se juntan todos los meridianos, donde ya no se puede ir más al sur, donde son todas las horas a la vez y en el que, como escribió Olav Bjaland, uno de los compañeros de Amundsen, “se oye chirriar el eje terrestre”.

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Si tuviera que elegir solo una palabra para definir el continente helado sería extremo: sus temperaturas alcanzan los 90º bajo cero, los vientos catabáticos pueden superar los 250 kilómetros por hora; en sus mares tormentosos, los más temidos por los marinos, flotan témpanos a la deriva tan grandes como islas y sus cadenas montañosas son más largas que el Himalaya. Todo en la Antártida desborda desmesura y grandiosidad. 

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El paso del Sur

Ir en busca de la Antártida supone poner proa hacia el sur; en primer lugar siguiendo el rastro de los navegantes españoles que se internaron en Tierra del Fuego en busca de aquel paso que hizo el mundo definitivamente redondo y que, sin proponérselo, les hizo enfrentarse con mares helados y témpanos a la deriva. Tampoco el fracaso de James Cook, el gran navegante inglés que exploró aquellos mares rugientes y describió un horizonte de aspecto terrible, además de estéril y sin provecho alguno, disuadió a los navegantes posteriores.

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Le siguieron los cazadores de ballenas, focas y lobos marinos, que llevarían a cabo algunas de las cacerías más sangrientas y rentables de la historia. Para ello debieron hacer frente a los mares más tormentosos del planeta y a un anillo de agua congelada que ocupa millones de kilómetros cuadrados. Por ello el continente blanco fue el último en mostrarse a los seres humanos ávidos de descubrimientos. Aquellos expertos marinos fueron descubriendo primero sus islas, costas, bahías y glaciares. El interior del continente, sin nada utilitario que ofrecer, tendría que esperar mucho más, hasta que el ser humano se plantease la conquista de los extremos del planeta. Llegaba la época heroica de la exploración polar, que culminó con la carrera por la conquista del Polo Sur. 

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El noruego Roald Amundsen fue el vencedor de esta carrera, al plantar la bandera de su país sobre el punto más meridional del planeta en diciembre de 1911. Sin embargo, el más recordado sería el capitán Robert Falcon Scott por su dramático regreso del Polo que alcanzaron solo treinta y cinco días después. Desmoralizados por la derrota, el capitán Scott y sus compañeros emprendieron un camino de regreso que terminaría siendo su tumba. “¡Dios mío, este es un lugar horrible!”, esta frase, una de las últimas que logró escribir en su diario, refleja perfectamente lo que fue adentrarse en este desierto helado. La mejor preparación de los noruegos les hizo vencedores en aquella mítica carrera. Su éxito fue la suma de una larga experiencia alimentada en los largos periodos pasados con los esquimales y una vocación enardecida por las aventuras polares, además del triunfo de la inteligencia, el método y la imaginación.

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Aquella fue la época dorada de los grandes héroes de la exploración polar que se propusieron avanzar siempre más al sur, en busca de algo mucho más valioso que la grasa de ballena o la piel de las focas. Pero aquel sueño estaba defendido por los mares más rugientes y tormentosos del planeta, vientos huracanados y temperaturas insoportables. Allí sufrieron Amundsen, Shackleton, Crean, Cherry-Garrad y cientos de hombres que nunca olvidaron aquel espacio de infinita desolación.

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Allí se quedaron muchos, como los grandes competidores de los noruegos encabezados por Scott y sus compañeros Bowers, Oates, Wilson o Evans. La exploración de las regiones polares –en realidad tan inútiles como la conquista de las grandes montañas del Himalaya– fue posible gracias a grandes sacrificios, en general poco reconocidos, por más que Shackleton prometiera en su famoso anuncio “honor y reconocimiento en caso de éxito”. Todas esas expediciones están repletas de héroes desconocidos. Los éxitos nunca fueron suyos y en las derrotas fueron los primeros en sacrificarse. Tampoco obtuvieron riquezas, fama o gloria, ni serían enterrados en Westminster y su memoria, en buena medida, se ha perdido. Como ocurrió con los hombres del Endurance o los del Aurora. Y muchos otros. 

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Frío y Viento

Aquella terrorífica travesía y las ascensiones de sus montañas más altas nos hicieron comprender las enormes proporciones de la Antártida: 14 millones de kilómetros cuadrados, el tamaño aproximado de Estados Unidos y México, llegando a duplicar su extensión en invierno al congelarse el mar que lo circunda. Es el quinto continente más extenso de la Tierra, y el más alto, seco, frío y ventoso. Pero si hubiera una palabra que simboliza la Antártida, esa sería el Hielo.

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El espesor medio del hielo que recubre su superficie es de unos 2.500 metros, pero en algunas zonas llega hasta los 4.800 metros. Más del 80% del hielo del planeta –las mayores reservas de agua dulce– se encuentra en la Antártida, en forma de una vasta calota helada que como un manto la aplasta, literalmente, bajo el peso de 27 trillones de toneladas de hielo que hunden más de mil metros la corteza terrestre.

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Ningún otro lugar de nuestro planeta puede ser más hostil para la vida, por su inaccesibilidad, aislamiento y aspereza. Porque, más allá de pequeños asentamientos científicos, el ser humano todavía no ha conseguido colonizar este continente. Sin embargo, no deja de ser paradójico que en el efímero verano antártico surja una explosión de vida en las zonas costeras. Millones de pingüinos, ballenas, orcas, aves, focas y toda clase de vida marina se congregan en esa costa donde todos los animales marinos tienen su hábitat o dependen sus posibilidades de subsistencia. 

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Este viaje a la Antártida es, por tanto, el viaje del Sentimiento Sublime, de todo aquello que nos atrae y, al tiempo, nos provoca pavor porque nos muestra nuestra vulnerabilidad y nuestras debilidades. La Antártida es el último relicto de lo que un día fue un planeta salvaje, desconocido y misterioso. El mundo de antes y después del hombre, el último reducto de la belleza, la soledad y el silencio. Y también de la exploración, la ciencia y la aventura en nuestro planeta. 

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Y once años más tarde, otra travesía, esta vez transantártica, nos llevaría de vuelta al continente helado con un proyecto tan ambicioso como el que imaginara el explorador Ernest Shackleton, quien a principios del siglo XX se había propuesto realizar “la última de las grandes travesías terrestres”, es decir, cruzar el continente de punta a punta pasando por el Polo. Shackleton no llegaría siquiera a pisar la Antártida, pero aquel fracaso es mucho más glorioso que muchas de las victorias.

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Fieles al espíritu de los pioneros de aquella época heroica, lo quisimos hacer de la forma más respetuosa con el lugar más puro de la Tierra, sin utilizar medios mecánicos ni ayudas exteriores. Era una apuesta muy comprometida ya que un rescate es casi imposible. Para lograrlo confiábamos en el talento de nuestro compañero Ramón Larramendi, que había desarrollado el primer catamarán polar.

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Tras dos meses de penalidades sin cuento, y casi al límite, el de nuestros tres compañeros y el de aquel desvencijado amasijo de tablas arrastrado por unas velas, que era lo único que les quedaba, lograron terminar de recorrer más de 4.300 kilómetros por el lugar más remoto e inaccesible de la Tierra. Pero habíamos hecho realidad el viejo sueño de Ernest Shackleton, uno de nuestros perdedores favoritos, uno de esos románticos que siempre tuvo más en cuenta la vida de sus compañeros que la suya propia. Habíamos resuelto uno de los últimos enigmas de la Tierra, demostrando así que la aventura aún es posible en este Mundo del fin del mundo.

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El Monte Wandel

Muy pocos días después de cumplir el anhelado deseo del explorador británico, unos cuantos amigos seguíamos empeñados en intentar la escalada del monte Wandel, una de las montañas más extraordinarias de la península antártica. Era el único objetivo que nos quedaba pendiente. Y no comenzamos bien porque al intenso frío, que nos recordaba que la temporada de verano se estaba terminando, tuvimos que hacer frente a una zona muy descompuesta, donde pasamos mucho miedo antes de terminar remontando una gran arista nevada.

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Al llegar a su punto más alto tuvimos acceso a un anfiteatro glaciar de una belleza delicada, un lugar nunca hollado antes. Es el alimentador de los inmensos glaciares que vomitan sus témpanos de hielo sobre el canal Lemaire. Desde allí recordé la primera vez que tuve esa misma visión desde la barandilla de un rompehielos ruso y soñé lo hermoso que sería estar escalando en ese lugar. Cruzamos el anfiteatro glaciar y remontamos una pendiente de nieve que separa las dos torres principales del Wandel.

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Desde aquí ya no resta mucho hasta la cumbre. Pero deberemos darnos prisa porque las nubes amenazadoras comienzan a rodear la montaña y el viento gélido nos azota. Nos quedamos unos metros por debajo de aquel colmillo inestable de hielo que amenazaba con desprenderse al mar. Pero allí, abrazado a mis tres amigos, recibí uno de esos regalos para no olvidar el resto de mi vida. El sentimiento de estar en el sitio acertado, el que iba buscando, compartiendo emociones imposibles de conseguir en la vida cotidiana con personas con las que se puede alcanzar el fin del mundo. Y lo habíamos alcanzado.

Sebastián Álvaro

Desde esta cumbre de mirada vertiginosa, desde la que podría saltar al mar mil metros más abajo, recuerdo a todos mis amigos, a tantos que ya no están, otros que se han perdido siguiendo otras vidas, supongo que más cómodas pero menos gratificantes. En momentos así sientes que formas parte del mundo que te rodea. Es un paisaje que parece de otro mundo y la vida es sobre todo pura supervivencia. Un entorno majestuoso, un aislamiento total, la soledad total. Quizás el destino último del hombre sea estar solo. Y sin embargo es el único sitio donde se encuentra ese sentimiento de paz más profundo. En paz con el mundo, en paz contigo.

Sebastián Álvaro

Desde el calor del hogar, echando ahora la vista atrás con cierta nostalgia, pienso que siempre he venido enriquecido de la Antártida, el único lugar de la Tierra donde la vida, los sueños y la realidad se confunden, porque allí la aventura, la belleza y la soledad son infinitas, tanto que  “atraviesa la eternidad”, como decía Cherry-Garrard. Ya han pasado unos años desde aquello y se amontonan los recuerdos de amigos valerosos, nobles y honrados. Como dijo Edward Whymper, el conquistador del Cervino, “hay alegrías demasiado grandes para ser descritas con palabras, y hay tristezas sobre las que no me atrevo a extenderme”.