Angkor, los templos que encogen el alma

La mayor atracción de Camboya es uno de esos lugares que hay que ver una vez en la vida

Noelia Ferreiro
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Nada como la grandiosidad y la extravagancia creativa pueden definir mejor el conjunto de los templos de Angkor, corazón, alma y orgullo de Camboya, que incluso lleva retratado en la bandera su mágico perfil. Y es que el mayor testimonio de la grandeza jemer, el epicentro de su civilización, es una espectacular simbiosis de espiritualidad, simbolismo y simetría, de lo que fuera el dominio de los dioses, de lo sublime.

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Aunque goza de muchísimos otros atractivos, poco más se conoce de Camboya, el discreto país del sudeste asiático encajado entre Tailandia, Laos y Vietnam. Y aunque es un hecho injusto, no termina de sorprender. Y es que la sola contemplación del descomunal Angkor Wat, con el canal que lo circunda como un foso y la luz que se cuela entre las piedras para teñir de cobre las figuras esculpidas, justifica por sí misma los millones de visitas que recibe este lugar. 

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Lección de historia

Contemplar minuciosamente los templos es maravillarse con la diversidad de su diseño, con la profusión de sus artes decorativas. Y también aprender, en una corta lección de historia, cómo fue el rey Suryavarman II quien lo erigió en el siglo XII en honor al dios hinduista Visnú, en una época en la que Europa veía cómo se alzaban al cielo las catedrales de Chartres y Notre Dame.

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Hacen falta varios días para abordar todo lo que brinda Angkor como un regalo esotérico. Y para ello, nada como alquilar un tuk-tuk para llegar y disfrutar así del paisaje de jungla y los monos que irrumpen por el camino. Después, una vez dentro, la visita puede combinar los trayectos en elefante, las caminatas a través de senderos que unen un templo con el siguiente.

Lo que no hay que perderse

Hacen falta varios días para abordar todo lo que brinda Angkor como un regalo esotérico. Empezando por Angkor Thom, la ciudad fortificada por imponentes murallas, la próspera población que en su apogeo llegó a reunir a más de un millón de habitantes. Hoy es un esqueleto de estructuras religiosas de una belleza sorprendente, con hermosos grabados que relatan historias de demonios, dioses y reyes. En cada una de las torres que lo custodian, los cuatro rostros esculpidos en piedra con la mirada dirigida a cada uno de los puntos cardinales, figuran entre las imágenes más fotografiadas del recinto. 

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Tampoco hay que perderse Bayón, con sus 54 torres góticas y sus más de caras gigantescas que personifican el genio creativo (y ególatra) del rey que mandó construirlas. E imprescindibles son también la Terraza de los Elefantes y la Terraza del Rey Leproso, que remiten a la pompa propia de las ceremonias públicas.

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Selva devoradora

Así, dejando volar la imaginación, las horas pasan tratando de abarcar este intrincado entramado de palacios, torres y templos, este acervo monumental de poderosa belleza. No puede faltar el inolvidable paseo por Ta Prohm, el templo budista de los alrededores, que es un canto involuntario al triunfo de la naturaleza sobre el hombre. Porque se trata de un lugar devorado por la selva, asfixiado por árboles centenarios, recubierto de musgo y plantas trepadoras en una imagen inolvidable.

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Por su riqueza cultural, artística e histórica, Angkor constituye ese lugar que hay que ver al menos una vez en la vida. Una experiencia que recomendamos completar con la visita a los pueblos flotantes que se emplazan cerca de Siem Reap, la población que sustenta los templos. 

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Se trata de un centenar de pintorescas aldeas que se dispersan por el lago de Tonlé Sap. Entre ellas, la comuna de Chong Kneas, muy popular entre los turistas, o el simpático poblado de Kompong Phhluk, erigido sobre pilotes, pueden ser dos buenas opciones bien en visitas organizadas o bien por cuenta propia. Después, en la punta noreste del lago, también conviene acercarse a la Reserva Ornitológica de Prek Toal, única en el sureste asiático por sus aves acuáticas en peligro de extinción.

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