Andorra, aventuras en los Pirineos

A la espera de la llegada de las nieves, el Principado se sitúa para recuperar su posición de privilegio entre los destinos de turismo invernal.

Alfredo Merino
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Foto: Gonzalo Azumendi
Revista VIAJAR

Hace días que las nieves ya han dejado su inmaculada tarjeta de visita en las cimas y riscos más elevados de este privilegiado rincón de los Pirineos. Todo el mundo está a la espera de que su manto pinte de blanco las laderas, mientras en lo alto de las montañas no deja de escucharse el runrún de los remontes. Engrasan sus mecanismos en busca del inicio de la temporada invernal más deseada de la historia, después del desastre al que la pandemia avocó al último invierno, con turistas e instalaciones confinados durante muchos meses.

Lejos quedan por fortuna los tiempos en que Andorra era un sueño de verano de inabarcables y lujuriosas compras con precios de ocasión. La globalización y la televenta se llevaron por delante aquello de ir de tiendas al Principado en las vacaciones. No le importó demasiado a este pequeño país enclavado entre Francia y España. Con rapidez se adaptó a los cambios.

Caldea, uno de los mayores centros lúdico-termales de Europa. | Gonzalo Azumendi

La diversificación de su oferta y la búsqueda de la calidad en objetivo prioritario han sido los ingredientes que han permitido al Principado mantenerse como destino turístico de primer orden. Los turistas que llegan a Andorra continúan comprando, faltaría más, pero lo hacen sin el ansia de aquellos tiempos pasados. Hoy, su objetivo principal es otro: aprovechar las posibilidades que les ofrece el país para gastar su tiempo libre y, cuando cae la tarde, irse un rato de tiendas. Tanto en verano como en invierno, y por encima de la mantequilla y el queso de bola, de los cartones de tabaco y las cámaras de vídeo, más allá de las calles desbordantes de tiendas, se abre un universo de posibilidades que se prolongan todo el año y van a tener especial transcendencia para el primer invierno después de la travesía del desierto que ha sido la pandemia.

Baños indorromanos en Caldea. | Gonzalo Azumendi

El país andorrano está dispuesto a pasar página y mira a la nueva temporada de nieve con optimismo. Las medidas preventivas y la vacunación contra la pandemia son sus herramientas para continuar como uno de los escenarios más privilegiados de las montañas pirenaicas. Nadie duda de que, como antes de la llegada del virus, los remontes empezarán a subir esquiadores a las cabeceras de las pistas a partir de los primeros días de diciembre.

Puente de Ordino | Gonzalo Azumendi

El esquí es el motor de la economía andorrana durante al menos cinco meses al año. Y al hablar de esquí no puede entenderse a la manera clásica, en la que solo valía deslizarse por la nieve sobre unas tablas. El esquí moderno es eso y mucho más. Una oferta global pensada no solo para el esquiador, sino para su tiempo libre y el de todo el que viene a la nieve y no sabe, no puede o no quiere esquiar.

La relación lúdica de Andorra con la nieve se remonta un siglo. El primer telesquí del país se instaló en 1956, en Grau Roig, gracias a la iniciativa de Francesc Viladomat, adelantado e impulsor del esquí en el país. Los numerosos herederos de aquel primitivo remonte hoy se enseñorean en las laderas andorranas y son la base de la primera industria turística del país.

Gran laguna interior de Caldea. | Gonzalo Azumendi

Pas de la Casa, Soldeu, Grau Roig y Creussans son referencias del esquí en Europa. Grandvalira, Vallnord-Pal Arinsal y Ordino-Arcalís, los tres grandes dominios que se reparten el esquí alpino, snowboard y resto de actividades lúdicas y deportivas asociadas a la nieve del Principado.

Más allá del deporte blanco

No solo del esquí y el snowboard se nutre el ocio invernal andorrano. Una interminable cantidad de posibilidades hace imposible que nadie se quede sin encontrar lo que más le convenga o apetezca. Actividades para cualquier gusto que incluyen todo lo imaginable. Es el caso de los populares trineos de perros nórdicos, que permiten llegar a parajes exclusivos, al tiempo que uno se siente como los aventureros del Klondike. Eso sí, sin ninguna de las incomodidades y riesgos del legendario Gran Norte americano. Después de la cómoda travesía, arrebujados entre mantas amorosas, esperan otras tentaciones que llevan al límite el afán hedonista que todos llevamos dentro.

Gonzalo Azumendi

No abandonemos todavía la naturaleza. Una de las opciones más populares para el turismo activo son las raquetas de nieve. Continuamos en Alaska. O, al menos, nos sumergimos en una actividad como si estuviéramos allí. Los paseos con estas herramientas, que permiten caminar sobre la nieve, no requieren ninguna condición ni enseñanza; cualquiera puede subirse a ellas y echarse a andar sin el menor inconveniente, aunque se carezca de experiencia y la forma física no esté en su mejor momento. Son paseos guiados, de corta duración, en los que prima sumergirse en el ambiente invernal de la montaña. Sentir el crujir de la nieve bajo nuestro peso y el aire frío que acaricia la cara, mientras nuestras huellas dibujan una línea sobre la nieve, en unos paisajes únicos que despiertan la admiración.

La experiencia puede resultar poco activa para quienes buscan más chicha. No hay problema. Solo se debe cambiar de vehículo. Encima de los esquís, el skimo aporta un punto más serio a la cosa. Su nombre resume lo que es: una mezcla de esquí y montañismo, es decir, hacer excursiones por las montañas andorranas con las tablas puestas, incluyendo la experiencia una noche en un refugio de montaña. Más atlético y ordenado puede resultar el esquí nórdico, que se practica en circuitos preparados para la modalidad.

Gonzalo Azumendi

Los descensos en fatbikes, bicicletas así llamadas por sus inconfundibles ruedas gordas, ofrecen una manera tan inusual como divertida de descender por las laderas nevadas. Algo más arriesgado es el freerider, puesto que se trata de una modalidad de esquí al otro lado de las cuerdas que delimitan las pistas balizadas. Descensos por vertientes empinadas, al margen de cualquier cuidado, obliga a practicarlo siempre con una sólida formación y conocimiento de la montaña. Aún quedan más cosas. El paraesquí, por ejemplo. Esta singular mezcla de esquí y parapente, también llamada speedride, permite realizar vuelos sobre las pistas y que, al menos para hacer unos pinitos, no es tan difícil como puede pensarse. Las inmersiones en lagos helados es otra posibilidad en este lado salvaje del ocio en plena naturaleza.

Gonzalo Azumendi

Volvamos al esquí clásico. Al fin y al cabo es el que practica la mayoría de los visitantes que vienen en invierno a Andorra. Con 210 kilómetros de pistas balizadas, Grandvalira presume del mayor dominio esquiable del sur de Europa. Para encontrar una estación de similares características que las de este gigante hay que marchar a los Alpes. En el rincón norte del país andorrano y alrededor del puerto que da nombre a la estación, sus seis sectores: Pas de la Casa, Grau Roig, Soldeu, El Tarter, Canillo, Encamp y El Peretol ofrecen una diversidad de pistas de todos los niveles, siendo las de clase media mayoritarias.

Esquiar, tomar el sol o montar en un trineo tirado por perros son algunas de las opciones que ofrecen las estaciones de esquí andorranas. | Gonzalo Azumendi

Se aderezan con actividades como las referidas y otras más exóticas, como el snake gliss, singular tren de trineos unidos entre sí. Más espectacular es el Màgic Gliss, auténtica montaña rusa de más de medio kilómetro de longitud, que discurre unos metros por encima de la nieve y que es en una de las atracciones más demandadas desde su inauguración la temporada anterior a la pandemia.

Altar de la iglesia Sant Romà de les Bons en Encamp. | Gonzalo Azumendi

Entre tantas emociones, nada mejor que un alto en mitad de la jornada para tomar el sol en alguno de la treintena de puntos de restauración esparcidos por la estación, que abarcan desde restaurantes gastronómicos a exóticos food trucks instalados sobre máquinas pisanieves. Quienes vengan a disfrutar de varios días de esquí, tienen en un gastrorrally por ellos la excusa más sabrosa para conocer la estación. Los cazadores de experiencias inéditas aún tienen una cita. El Iglú hotel ofrece la posibilidad de pasar una noche en una construcción de hielo en mitad de las pistas. No falta de nada, con bar, restaurante y zona de estar, cuenta con una suite con jacuzzi para encuentros románticos.

Hotel Iglú en Grandvalira. | Gonzalo Axumendi

En la otra esquina de las montañas andorranas, Vallnord es el segundo dominio esquiable. Encaramado sobre La Massana, sus 63 kilómetros de pistas, por lo general largas y tranquilas, muchas de ellas a través de laderas boscosas, lo convierten en destino recomendable para quienes buscan un lugar íntimo y tranquilo. Referencia del esquí familiar, los esquiadores noveles o simplemente quienes quieran darse una vuelta por la nieve también tienen su sitio. Esto no quiere decir que no se puedan disfrutar de actividades tan excitantes como el heliski y las skibikes, bicicletas que en vez de ruedas tiene pequeños esquís.

Quienes piensen que carecen de la fuerza suficiente para darle a los pedales, tienen la opción de una excursión en motonieve, mientras que los que buscan una experiencia gourmet pasada por nieve, la opción de tomar el Gicafer, especie de autobús oruga sobre la nieve, que lleva hasta las mesas selectas del restaurante situado en el Coll de la Botella. No cabe duda, la nieve andorrana tiene en la gastronomía una de sus apuestas más sólidas.

Gonzalo Azumendi

Al pie de las montañas, una estilizada pirámide de vidrio y acero llama la atención en el centro de la capital andorrana. Es el edificio más alto de Andorra y alberga a Caldea, uno de los mayores centros lúdico-termales de Europa. Relax y diversión donde es posible sentirse un romano en sus termas, viajar a la lejana India, chapotear en la gélida Islandia o nadar entre pomelos.

Cañones de agua, cuellos de cisne, piscinas de aguas calientes, frías y gélidas, camas de burbujas, solárium, cabinas de masaje, baños turcos y hasta una playa ofrecen un variado y democrático compendio hedonista que reconforta cuerpos y espíritus. Semejante oferta lúdica no debe hacer olvidar el lado cultural de Andorra. Una constelación de monumentos, entre los que destacan puentes e iglesias románicas, se esparcen por todo el territorio.

Descenso en la nieve con bici de montaña en el sector Grau Roig de Grandvalira. | Gonzalo Azumendi

Integrados a la perfección en su entorno, unos y otras atraen las miradas de los viajeros hasta hacerlos parar en lugares como La Cortinada, Ordino o Pal. Se complementan con una escogida red de museos, algunos tan curiosos como el del Tabaco, el del Perfume y el de la Miniatura y entre los que destaca la sucursal del Museo Thyssen madrileño. Apenas queda tiempo, pero merece la pena un último esfuerzo. De sol a sol y todos los días del año… excepto cuatro: 1 de enero, 14 de marzo, 8 de septiembre, ambas fiestas locales, y 25 de diciembre, los escaparates lanzan sus seductores guiños y, aunque los precios ya no atraigan como antes, es imposible resistirse a los brillos de esta tienda interminable a doble acera que es Andorra.