Amboseli

La estampa de los elefantes avanzando con la cima nevada del Kilimanjaro como telón de fondo presenta la imagen más señera del Parque Nacional de Amboseli.

Elena del Amo

La enorme montaña africana sobre la que una vieja leyenda suajili aseguraba que albergaba a un dios terrible que paralizaba al que se acercaba a la cima -con lo que explicaban un fenómeno tan extraño por estas latitudes como el de la congelación- no se encuentra, sin embargo, en Amboseli.

De hecho, el Kilimanjaro ni siquiera está en Kenia sino en Tanzania, aunque es desde este parque desde donde luce más espectacular esta mole que, según otra leyenda, la reina Victoria de Inglaterra le regaló al káiser de Alemania para resarcir a esta otra potencia colonial de la época. Cierto o no, de lo que no queda duda es que las absurdas fronteras trazadas a tiralíneas por el hombre blanco viran lo justo para dejar la montaña más alta de África del lado tanzano, seccionando en dos el territorio ancestral de los masai. Otra característica de Amboseli son los remolinos de arena que se forman por sus paisajes resecos y a los que adeuda el nombre, que deriva de ampusel, que en maa, la lengua masai, significa "polvo". Sin embargo, lo más significativo del parque, además de sus paisajes presididos por el Kilimanjaro, son sus grandes manadas de elefantes. Aunque Amboseli, el segundo parque más visitado de Kenia después del Mara a pesar de sólo contar con unos 400 kilómetros cuadrados, alberga también cebras, jirafas, búfalos, escasos rinocerontes y, por supuesto, leones, guepardos o leopardos que pueden subsistir gracias a que, a pesar de la aridez aparente, abundan las aguas subterráneas.

Campamentos y lodges sirven de alojamiento dentro de su eterna planicie, tan fácil de recorrer en vehículo que Amboseli ha acusado un gran deterioro en las últimas décadas debido a los coches que, saltándose la ley, se salen con facilidad de los caminos trazados y dañan su delicado ecosistema.