Amazonas, crucero por el gran río

Un crucero de lujo en el corazón de la selva. Manaos, la antigua capital mundial del caucho, es el puerto de partida y de regreso. Una experiencia única, intensa, en las aguas del río más largo del mundo, que crea y alimenta el pulmón verde del planeta.

Elvis López

Debería sonar música de ópera cada vez que un barco parte de Manaos y se adentra en el Amazonas. Un fragmento de Ernani, que dicen que fue la música que atrajo a Carlos Fermín Fitzcarrald, alias Fitzcarraldo, hasta Manaos, a pesar de que se jugaba la bolsa y la cárcel con el viaje. O quizá La Gioconda, de Ponchielli, que, según se cree, fue la primera ópera que se representó en el increíble Teatro de la Ópera de Manaos, en 1897. La ópera, el Teatro y la epopeya de Fitzcarraldo casan perfectamente con el río. Son signos de la desmesura, de la magnitud salvaje del gran río y de todo cuanto invade y alimenta. Manaos, en portugués Manaus, capital del Estado de Amazonas, en Brasil, fue una de las ciudades más ricas del mundo durante la fiebre del caucho, a finales del siglo XIX. Los más poderosos de sus vecinos enviaban la ropa a lavar a Lisboa, porque les parecía que las aguas del río Negro no conseguían el grado deseable de blancura. Fue la primera ciudad de Suramérica con luz eléctrica en sus calles y con cañerías de agua potable en sus viviendas. El Teatro de la Ópera, con sus 12.000 teselas de maderas nobles y 700 sillas de terciopelo rojo, es el mejor símbolo de aquellos años en los que llovía oro de los árboles. Los caucheros ofrecieron una fortuna a Enrico Caruso para que inaugurara el teatro, pero el gran tenor italiano tuvo miedo de la selva y de tanta humedad para su prodigiosa garganta. Fitzcarraldo escuchaba a Caruso a bordo de su barco, Contamana. Fitzcarraldo era un cauchero peruano que se empeñó en encontrar una conexión entre dos cuencas, un camino más rápido para su carga. La encontró. Descubrió un istmo de sólo once kilómetros de tierra entre los ríos Capajali y Sergali. Con su escasa tripulación, desmontó el barco, arrastró las piezas y las volvió a montar en el siguiente río. Una gran locura. Otra gran locura, de las muchas que ha creado el Amazonas, al que Javier Reverte llamó "el río de la desesperación".

El puerto de Manaos es un hervidero de equipajes y vidas que se mueven cuando subimos en el Iberostar Grand Amazon, seguramente el crucero más lujoso de cuantos navegan por las aguas del río Negro y del Amazonas, con salida y regreso a Manaos. El Iberostar Grand Amazon es un navío fluvial inaugurado hace cinco años, con 80 metros de eslora y 16 de manga y 2.200 toneladas de carga. Cuenta con 72 cabinas distribuidas en tres niveles y dos suites en la proa del barco. Todas las suites y cabinas están equipadas con baño y balcón privados, televisión, teléfono, aire acondicionado y música. En total, el barco puede alojar a unos 150 pasajeros, a los que ofrece, además de alojamiento, dos piscinas, un gimnasio, lavandería, enfermería, dos restaurantes, bar, biblioteca, discoteca, sala de reuniones, todas las comidas y bebidas a bordo y un programa de excursiones que procura un apacible y seguro acercamiento a los tesoros del río y de la selva. Todo está incluido en el precio del pasaje y la navegación, que comienza, si hay fortuna, con un enorme e intenso sol rojo que se acuesta en algún lugar tras las aguas del río Negro.

El Río Negro es el más caudaloso de los más de mil afluentes que tiene el Amazonas. Nace en Colombia y después de más de dos mil kilómetros de cauce llega a Manaos con sus aguas oscurecidas por el limo y la descomposición de tanta naturaleza vegetal como arrastra en los últimos centenares de kilómetros de su curso. Fue el explorador español Francisco de Orellana quien le dio el nombre de Negro. Orellana recorrió más de cuatro mil kilómetros de un afluente a otro de la cuenca amazónica. Su expedición es otra gigantesca locura. Fue él quien bautizó al gran río como Amazonas, aún no se sabe bien por qué. Se cree que supuso la existencia de una tribu de guerreras como las legendarias amazonas, junto al río, pero también pudo utilizar dos voces nativas, "ama" y "zonas", que unidas significan "romper canoas", el río que rompe las canoas.

Los nombres de los ríos son un asunto misterioso y, en ocasiones, polémico. Los brasileños sólo llaman Amazonas al curso que surge tras el encuentro del río Negro con el cauce que, aguas atrás de Tabatinga, en la triple frontera entre Perú, Colombia y Brasil, se llama Amazonas y que a partir de Tabatinga y hasta el encuentro con el Negro se llama Solimoes. Durante siglos se creyó que el Amazonas nacía de la unión del Ucayali y del Marañón, en Iquitos, Perú, pero hace unas décadas los geógrafos estimaron que el Amazonas nace en los Andes peruanos, junto al nevado Mismi. Las aguas heladas del nevado se vierten en el Apurimac, que corre con fuerza todo su curso hasta el Ucayali, donde el río se remansa y se agranda camino de Iquitos. Desde el Mismi hasta el Atlántico, el Amazonas es el cauce más largo del planeta, 6.756 kilómetros, 40 más que el curso del Nilo, y el eje que vertebra una cuenca verde de seis millones de kilómetros cuadrados, el pulmón del planeta.

El barco navega despacio por el centro del enorme río. La primera excursión, a las ocho de la mañana del segundo día de navegación, es una caminata por Igarapé Trinchera, un paseo por un tramo denso de la selva, sobre un suelo de tierra y hojas muertas. La luz es débil. El techo de los árboles alcanza más de sesenta metros de altura y se diría que no hay una sola planta que no esté entrelazada con otra, vida verde que se espesa. Piro, el guía, destaca el sapu-pema, el tam tam de la selva, un tronco que resuena como cien tambores, y la hevea brasiliensis, el árbol del caucho, que a su manera aún suena en Manaos. Es difícil ver un animal. "Pero están ahí -dice Piro-. Nos están viendo. Y usted, si quiere, puede verles: venga en canoa de remo, sin grupos, y quédese a dormir un par de noches en la selva. Será entonces cuando descubrirá la selva de verdad".

La excursión de la tarde es en lancha por la región de Tres Bocas. Es el momento de observar orquídeas salvajes y ver al martín pescador y a los gavilanes, al cielo anaranjado y a los loros que, por cientos, buscan sus lugares de refugio para pasar la noche. Bajo un cielo negro cuajado de estrellas, hay una tercera excursión para avistar y recoger yacarés. La luz del guía descubre los ojos rojos del yacaré. A mayor distancia entre los ojos, mayor es el tamaño del animal. Algunos pueden llegar a medir más de cinco metros. Las orillas de los canales están llenas de puntos rojos de luz, yacarés que, al parecer, no duermen de noche, quizá para no perderse las estrellas.

El tercer día a bordo se produce uno de los mejores encuentros del viaje. En el embarcadero de Novo Airäo, al que llegamos en lancha, asoman su lomo una docena de delfines rosas. El delfín rosado o boto es uno de los seres extraordinarios que habitan en el río. La leyenda más extendida dice que el primer delfín rosa encarnó a un guerrero, envidiado por los dioses por su éxito con las mujeres. Los dioses enviaron al guerrero al fondo del río, donde se convirtió en delfín. Luego, cada noche, viaja por la ribera en busca de un nuevo amor. Ésta es la razón por la que algunas jóvenes, a las que no se les conoce relaciones con chicos, se quedan embarazadas.

El río es inabarcable. Entre julio y noviembre, con las lluvias, las aguas del cauce principal se desbordan y crean las varzeas, los bosques inundados. La corriente arrastra troncos y árboles enteros. Junto a la orilla, navegan mínimas canoas cargadas hasta los topes, a golpe de remo. En la lancha, aprovechamos para pescar pirañas. Hay treinta clases de pirañas, herbívoras o carnívoras, según la zona y el alimento principal. La piraña no es el pez más peligroso de estas aguas. El candirú apenas mide seis centímetros, pero puede introducirse por cualquier agujero corporal. Le atrae la urea. Si entra, sólo puede ser expulsado con un bisturí, en un quirófano. En la selva hay insectos diminutos que pueden tumbar al jaguar. Es la respuesta del reino animal a la desmesura vegetal, a la magnitud del río. En el Amazonas, el hombre es nada y la tierra es inmensa y verde.

En los alrededores del Ariaú Amazon Towers, un lodge espectacular donde se rodó Anaconda, con Jennifer López, saltan entre los árboles los monos ardilla. Será el último encuentro de la travesía antes del encuentro del Solimoes y el Río Negro, las dos corrientes de agua de distinto color que conviven más de diez kilómetros casi sin mezclarse. El sol ayuda. Cada atardecer ha sido una obra de arte y ahora no iba a quedarse atrás. El gran río se parte en dos. Cada brazo, de un color. En medio, el barco navega con lentitud, seis nudos. Busco la música. Es el momento de escuchar a Caruso: "Ernani, ernani, involami". Y de sentir hasta qué punto el hombre no es la medida de todas las cosas aquí, en el río más largo de la Tierra, entre las venas abiertas del pulmón verde del planeta.