Álvaro de Mendaña y Paul Gauguin, dos vidas apasionantes marcadas por los Mares del Sur

Paul Gauguin se instaló en la isla de Hiva-Oa creyendo que allí encontraría la paz, la felicidad y la tranquilidad necesarias. A la derecha, Hanakee Pearl Lodge, el mejor hotel de la isla, con espléndidas vistas.

El 25 de noviembre de 1995 en Congosto (León) se inauguraba un monumento de cuatro metros de altura que recuerda que allí nació en 1542 Álvaro de Mendaña y Neira, ilustre "adelantado de los Mares del Sur" y descubridor de las Islas Marquesas, que él bautizó así en homenaje a la marquesa de Mendoza, esposa del virrey que le envió en una segunda expedición que salió desde el puerto peruano de Paita. De Álvaro de Mendaña hasta hace escasos años se decía sólo que era gallego. Gracias a las investigaciones del profesor de Cacabelos Vicente Fernández Vázquez sabemos ahora que Mendaña nació en el pueblo berciano de Congosto. Se han escrito pocos relatos sobre las aventuras de estos hombres. El único libro novelado basado en datos históricos que se ha escrito está firmado por Robert Graves. En Las islas de la imprudencia, el autor narra, incluyendo grandes errores históricos, la aventura de Mendaña y la posterior de su mujer, Isabel Barreto -la francesa Annie Beart también prepara una gran obra sobre la figura de esta dama-.

Las historias contadas por marineros españoles, pertenecientes a las naves virreinales desviadas en el océano y que meses después llegaban a puerto, hicieron que en el último tercio del siglo XVI el gobernador del Perú, Lope García de Castro, organizara una expedición al mando de su sobrino Álvaro de Mendaña. Dicha travesía partió del Callao en 1567 y, tras recalar en Paita, descubrió las islas Salomón y otras pequeñas islas del Pacífico norte. Casi dos años después recalaron en las costas de la Baja California y más tarde en las de México, en el puerto de Santiago. En este lugar recuperó fuerzas la escasa tripulación que quedaba y consiguió víveres suficientes para llegar al puerto peruano del Callao el 11 de septiembre de 1569, desde donde habían partido. Las noticias de los expedicionarios sirvieron de apoyo al mismo Mendaña para promover otro viaje a aquellas islas tan lejanas. Dos de los puntos principales en que se basaba esta expedición eran la conversión de aquellos indígenas a la fe de Cristo y la de crear un asentamiento español en aquellos territorios. En 1595 partió Álvaro de Mendaña desde Perú con cuatro naves en las que había 378 personas embarcadas, contando mujeres, niños, criados y esclavos. Descubrieron las Islas Marquesas, cuyo nombre, "Marquesas de Mendoza", fue dado en recuerdo de la esposa del virrey del Perú, García Hurtado de Mendoza, bajo cuya tutela se hizo la expedición. Mendaña bautizó las islas descubiertas con los nombres de Magdalena (Fatu Hiva), San Pedro (Motane), Dominica (Hiva-Oa) y Santa Cristina (Tahuata). Tras comprobar que aquellas islas no eran las Salomón, prosiguieron el viaje en busca de estas últimas. No olvidemos que era tarea ardua y difícil por las carencias de los instrumentos, pese a contar con un buen piloto mayor como lo era Pedro Fernández de Quirós. Llegaron al archipiélago de Santa Cruz, donde encontró la muerte Álvaro de Mendaña a causa de unas fiebres, haciéndose cargo del mando su mujer, Isabel Barreto. Tras una penosa travesía llegaron a las Filipinas, y de allí regresaron a México. Se ha escrito mucho en torno a este viaje y a las supuestas maldades e injusticias cometidas por Isabel de Barreto, pero el hecho cierto es que supo llegar a buen puerto de manera heroica. Con este viaje finalizan las grandes expediciones en el Pacífico en tiempos de Felipe II. Un genio llamado Paul Gauguin moría en Atuona el 8 de mayo de 1903. Todavía nadie se había percatado de su condición, aunque en su libro autobiográfico, Escritos de un salvaje, llegará a confesar, en un momento de rabia y desesperación, lo siguiente: "Puesto que mis cuadros son invendibles, que se queden sin vender para siempre. Llegará un momento en que creerán que soy un mito...". Y, ciertamente, en un mito se convirtió. Quizás muchas personas no hayan visto jamás en su vida un cuadro de Gauguin, pero muchos saben el mito que forjó: el hombre europeo que, harto de este mundo, busca otros horizontes remotos y lejanos, un paraíso quizás perdido; abandona todo, trabajo, familia, mujer, hijos, amigos... para encontrarse a sí mismo y realizar su sueño dorad pintar. Pero con el paso de los años, los estudiosos y biógrafos han ido delineando, quizás desmitificando, el mito Gauguin para dejarlo en sus justos y normales límites. Lo que nadie le discute es su genialidad, incomprendida para la sociedad que le rodeaba y que tanto le hizo sufrir. Meses antes de su muerte escribió este penúltimo pensamient "Esta noche pasada soñé que estaba muerto y, cosa curiosa, era precisamente el momento en que me sentía feliz". Está escrito en Hiva-Oa, donde está también su tumba. Muy cerca reposan también los restos de otro artista francés, gran admirador suyo, el cantante Jacques Brel, que vivió en la isla mucho tiempo. Enfermo de cáncer en París, intentó alcanzar con una avioneta y la ayuda de su compañera la "isla prometida", pero no consiguió su objetivo porque la avioneta no dio para tanto. Ellos salieron indemnes de la loca aventura. Pidió ser enterrado junto a Gauguin y su deseo se cumplió. Amaba esta tierra con auténtica pasión y quizás no se la pueda amar de otra manera. El 7 de junio de 1848 nacía en París, en el número 52 -hoy 56- de la calle Notre Dame de Lorette, Eugene Henri Paul Gauguin. Hoy en día existe una lápida que lo recuerda. La inscripción dice: "Paul Gauguin, pintor, escultor, escritor. Muerto en Atuona (8-V-1903). Nacido en París (7-VI-1848)". Cuando el 19 de julio lo bautizaron en la iglesia que da nombre a la calle, nadie podía imaginarse que esa ceremonia católica y sus consecuencias le darían el derecho a ser enterrado en tierra sagrada en el cementerio de Atuona, en Hiva-Oa, quizás con gran disgusto de monseñor Martin, a juzgar por la lacónica nota que envió a sus superiores en Francia: "Y por aquí no hay nada más que reseñar que la muerte súbita de un triste personaje, llamado Paul Gauguin, artista de renombre, enemigo de Dios y de todo lo que sea honestidad". Monseñor Martin, ironías de la vida, se halla enterrado muy cerca de la tumba del genial artista. Gauguin, en su segundo y definitivo viaje a la Polinesia, ya tenía una idea fija: abandonar Tahití e irse lo más lejos posible. Le habían hablado de las Islas Marquesas y allá se fue, el 10 de septiembre de 1901, en un viejo barco, La Cruz del Sur, que hacía el servicio regular entre Papeete y las Marquesas. En Atuona construyó la Maison de Jouir, que en una traducción caritativa al castellano podría ser "La Casa del Gozar" y que provocó un gran escándalo entre la gendarmería y los misioneros. Él creía que encontraría, lejos del mundanal ruido, la paz, la felicidad y la tranquilidad. Nada más lejos de la realidad... La isla de Hiva-Oa constituiría para Gauguin la última batalla contra los enemigos, representados por las fuerzas vivas que mandaban en la isla. Tendrá que sobrevivir a un ciclón, que estalla y arrasa la isla entre el 7 y el 13 de enero de 1903. Afortunadamente el ciclón respeta la Maison de Jouir. Pero ese ciclón era un presagio de muerte. El 8 de mayo de ese mismo año muere, a las 11 de la mañana, sin saberse la causa de la misma. Quizás una fuerte dosis de morfina o de láudano; posiblemente una crisis cardiaca. El 8 de mayo del año 2003 Atuona vivió un gran día. Con la presencia de más de 800 invitados llegados desde Papeete en sendos barcos, el Paul Gauguin y el Ara Nui III, se rindió un gran homenaje al genial pintor y se inauguró, en el lugar donde se erigía su famosa casa, el denominado Espacio Gauguin, un complejo que incluye una sala de exposiciones con reproducciones de sus obras y una nueva reconstrucción de la Maison de Jouir, con un pozo adjunto que se supone era del pintor. Pero hay otras realidades que recuerdan a Paul Gauguin, como la Bahía de los Traidores, la impresionante montaña Temetiu, que Gauguin amaba con pasión, y donde resulta difícil admirar su picacho, pues siempre tiene una aureola de nubes; y la playa en la que siguen correteando los indígenas con sus caballos más o menos salvajes. Lo hacen para los turistas, que frenéticamente toman imágenes para el recuerdo. En mi caso personal, yo me quedé con el recuerdo de un hombre de cabello blanco que, en medio de un grupo de fieles, seguía a una gran cruz. Era Viernes Santo, llovía y me encontraba en Puamau, el pueblo donde están los mayores tikis (dioses) del Pacífico. Jamás pudo verlos el genial artista francés, porque sus piernas gangrenosas y con pústulas le impidieron llegar a esta recóndita localidad situada en el otro extremo de la isla Hiva-Oa. Ahora con los vehículos todoterreno resulta muy fácil. Le vi de perfil y era idéntico a Paul Gauguin. Era su nieto, según me explicaron horas más tarde en Atuona.