Alpes suizos, las montañas mágicas

Cuando las montañas dejaron de ser un fastidioso obstáculo para los viajeros o a lo sumo un objeto de serena contemplación, los Alpes suizos se convirtieron en clásicos de una nueva forma de viajar que combina los placeres del saber vivir con aventuras alpinas y deportes de invierno.

En 1893, Arthur Conan Doyle y su esposa llegaron a Davos, en el cantón suizo de los Grisones. El escritor había matado a Sherlock Holmes y vendido su casa para poder tratar la tuberculosis de su esposa con la pureza del afamado aire de montaña. Aburrido y probablemente agobiado por el ambiente del sanatorio que años más tarde describiría Thomas Mann, Conan Doyle reparó en un anuncio en el que dos hermanos del lugar ofrecían practicar un nuevo deporte venido de Noruega, el esquí. Tras unas lecciones, el escritor, vestido con un traje de tweed, y sus dos guías emprendieron el aún mítico descenso desde el pico Jacobshorn hasta la vecina localidad de Arosa. Entusiasmado por la experiencia (y con el traje destrozado), Sir Arthur escribió un artículo en una revista inglesa en el que pronosticaba que miles de personas acudirían a los Alpes para disfrutar del nuevo deporte.

La predicción se cumplió y Davos pasó de ser famosa por sus sanatorios a estar entre los primeros destinos de esquí con más de 305 kilómetros de pistas (junto con la vecina ciudad de Klosters) en sus montañas mágicas. La ciudad, que conserva el aire adormecido de sus orígenes, es a la vez lugar de reunión de la élite global que celebra, desde 1971, el Foro Económico Mundial. Ni Sherlock Holmes hubiera podido adivinar que en Davos se dirimirían los asuntos del planeta. En la misma región de los Grisones se encuentra la más clásica de las estaciones suizas. Aunque surgió como balneario, Saint-Moritz se convirtió, gracias a su media de 300 días de sol al año, en una meca para la alta sociedad inglesa. Alrededor o sobre el lago helado de Saint-Moritz se siguen disputando competiciones de polo y curling o carreras de patinaje. Es también el lugar de nacimiento del Bobsleig y en su pista natural, la Olimpia Bobrun, los pioneros de este deporte alcanzaban velocidades de vértigo ya a principios del pasado siglo. En la vecina localidad de Sils pasó Nietsche varios veranos tratando de recomponer su descangallado ánimo al tiempo que escribía algunas de sus obras clave.

Desde Davos y Saint-Moritz parte el Glacier Express, una de las mejores formas de conocer los Alpes suizos. "El expreso más lento del mundo" y seguramente uno de los más bellos (parte de su recorrido ha sido recientemente declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco) conecta el cantón de los Grisones con otro de los centros vacacionales más famosos de Suiza, Zermatt, en el cantón de Valais. En su ruta atraviesa 291 puentes y 91 túneles, y algunos de los parajes más pintorescos de los Alpes.

Zermatt creció bajo la influencia de otra montaña de belleza maldita. Trece años después de que se inventara oficialmente el alpinismo con la fundación del muy victoriano British Alpine Club, los montañeros ingleses, con la inestimable ayuda de guías suizos y franceses, habían completado la frenética conquista de los grandes picos alpinos. Sólo quedaba una gran cumbre en los Alpes por coronar, el Matterhorn (Monte Cervino, en italiano), en la frontera entre Italia y Suiza. Con su forma de pirámide casi perfecta, el Matterhorn fascinaba a los alpinistas con sus cuatro temibles caras que en su momento parecían imposibles de coronar. La edad de oro del alpinismo culminó en su cima cuando el británico Edward Whymper, un ilustrador que había sido enviado a Suiza para componer estampas de los Alpes, lo consiguió por primera vez en 1865. Ya lo había intentado varias veces hasta que, acompañado por tres guías y tres compatriotas británicos a los que había conocido en el hotel, consiguió llegar a la cima. Mientras, 400 metros más abajo una expedición que subía desde el lado italiano abandonaba al ver a sus rivales encaramados en la punta de la pirámide. En la bajada, sin embargo, cuatro de los integrantes de la expedición murieron al caer por un precipicio. Sólo Whymper y dos guías suizos regresaron a Zermatt gracias a que la cuerda que les sujetaba a los demás se rompió. Desde entonces, más de 500 montañeros han perdido la vida en alguna de las cuatro caras del Matterhorn por la caída de rocas o las tormentas, pero también por la masiva afluencia de escaladores en ocasiones inexpertos. Quien no se conforme con contemplar las excelentes vistas de la montaña desde Zermatt puede tomar el funicular hasta el Klein (pequeño) Matterhorn y contemplarlo, casi de tú a tú, a 3.883 metros de altura.