Alojarse con gusto en el centro de Madrid

Al ritmo de los tiempos recientes, los alojamientos madrileños han crecido mucho en número y en sofisticación, buscando un estilo diferenciador. Diseño de última onda, edificios decimonónicos y calles tranquilas son sólo algunas de las virtudes de estos seis hoteles.

Miguel Mañueco

Lejos ya los años en que la infraestructura hotelera madrileña era más bien escasa y, sin apenas puntos intermedios, pasaba del lujo ostentoso de mármoles en los establecimientos de la Gran Vía o La Castellana a la sobriedad de pensiones y casas de huéspedes. La capital se ha puesto las pilas, y claro era que una urbe cosmopolita, que además ha experimentado un asombroso crecimiento en el número de visitantes, precisaba una infraestructura hotelera ad hoc. Los hoteles, de todos los temas y tamaños, se han multiplicado, pero el fenómeno más interesante es el de aquellos que se han transformado en estilizados oasis en pleno centro histórico -uno de los más extendidos del mundo, según dicen-, han adaptado su interior al diseño más adecuado según los casos y se han convertido en refugios urbanos. Mucho más sorprendentes y atractivos cuando se hallan escondidos en recoletas y tranquilas calles, justo al lado de los lugares más concurridos del corazón de Madrid.

Tal es el caso de Abalú, un hotel boutique situado en la calle del Pez que desemboca en la popular San Bernardo, a pocos metros de la Gran Vía, arteria esencial de la capital. En la estética de fachadas de balcones decimonónica de la estrecha calle, este establecimiento, que ocupa una de esas viejas construcciones, ya llama la atención desde su entrada. Las amplias cristaleras dejan ver el despliegue colorido e impactante de su ornamentación, que tiene algo de psicodelia y mucho de imaginación. Acceso a la calle tiene el llamado beauty bar, amalgama de colores e inspiraciones donde se anuncian "los desayunos más glamourosos de la ciudad". Glamour es la cualidad de las habitaciones, donde la inventiva de los decoradores (Luis Delgado Estudio) ha dado rienda suelta a un sinfín de recursos. Y a pesar de ser abundantes, mantienen la sensación de espacio, quizás porque el blanco es el color esencial. Glamour también en servicios comoin-room spa o personal shopper, ese comprador que hallará lo mejor para quien no tiene tiempo de ir de tiendas.

De compras se puede pasar el día en todo el centro de la ciudad, el área que abarca la Puerta del Sol y Callao, con la atiborrada calle Preciados de por medio, y después refugiarse ahí justo al lado, en la Plaza de las Descalzas. Allí se encuentra el hotel Laura, perteneciente a la cadena Room Mate, que, bajo el criterio de nuevo y alegre look en lugares tranquilos del centro, tiene varios establecimientos en la capital, cada uno con su nombre común: Mario, Óscar, Alicia. Cada uno con su personalidad. Así, Laura se presenta como "temperamental, sexy e innovadora", simbolizando el espíritu que ha llenado el interior del antiguo edificio de los guiños cromáticos y evocaciones de loft neoyorquino que el decorador Tomás Alía ha dado a este establecimiento compuesto de 36 apartamentos, todos con cocina. Desde la líneas futuristas del restaurante y los detalles imaginativos de otras zonas comunes hasta la visual pero templada decoración de los apartamentos, cada uno basado en un color, y siempre, como seña de identidad común, el retrato de Juana de Austria, hija de Felipe II, promotora del aledaño monasterio de las Descalzas Reales, conocido monumento madrileño.

En la misma zona, muy cercano, está el hotel Casa de Madrid, en la Plaza de Isabel II, más conocida como Ópera, por ser la entrada posterior del Teatro Real. Allí, a pocos pasos de la Plaza de Oriente, enfatizada por el Palacio Real y las vistas de la Casa de Campo y la sierra, este establecimiento cumple bien la función de refugio pues se trata de la segunda planta de un edificio de finales del XVIII. Se sale de la trama en su decoración, que, aunque con retoques modernos, se basa en un intencionado y bien conseguido ambiente palaciego. Recóndito es incluso en el hecho de que hay que llamar al timbre del portero automático, única alusión exterior del hotel. Enseguida bajará algún miembro del servicio y el ritual hotelero será el habitual. Y más íntimo puede ser incluso si se alquila el establecimiento completo, posibilidad ofrecida por la dirección. Atmósfera selecta en las siete habitaciones, la biblioteca y el salón Damasco, donde se sirven los desayunos: tapices, esculturas clásicas, deliciosos frescos en las paredes, retratos renacentistas y hasta un clavicordio.

Por la inspiración de las líneas más clásicas ha optado igualmente el hotel María Elena Palace. Estampados, rayas y moqueta que, de alguna manera, reinterpretan el tradicional estilo británico, pero con un enfoque actual de blancos y espacios diáfanos. El modernismo de principios del siglo XX está también representado y actualizado en la cúpula acristalada que cubre el patio, que es un espacio seductor y sereno, retocado por la presencia de una palmera, en el que uno olvida que está en el centro más absoluto de Madrid.

Distinción de madera, cristal y mármoles trabajado en los otros patios cerrados, cubiertos por cúpulas. Clasicismo retocado asimismo en el restaurante, donde se sirven platos tradicionales españoles con sutiles innovaciones. Pero es la ubicación del hotel lo más especial: un refugio estupendo es la calle Aduana, donde se halla, increíblemente tranquila a escasos pasos de la Puerta del Sol y toda su parafernalia.

En el acceso a la Plaza Mayor se halla el hotel Petit Palace Posada del Peine, en la calle Postas, peatonal y castiza por demás, y no especialmente tranquila. Si bien el río de gente que entra o sale de la plaza no es necesariamente muy ruidoso. De todas formas, este hotel, que ocupa toda una manzana, da a otras callejas menos transitadas. Sosegado resulta así su interior, caracterizado por una límpida estética moderna, templada y luminosa en las habitaciones, con el matiz añadido de ladrillos y vigas de la vieja construcción en la recepción y el comedor, con sugerentes dibujos vegetales en muchas de las paredes.

Pero lo más emocionante es el edificio tradicional que ocupa, que llama la atención por su color rojo y su curiosa decoración. Esta construcción es pura historia de Madrid, pues se trata del hotel más antiguo de la capital: fue abierto en 1610, como alojamiento de postín para los personajes que visitaban la Corte, por un tal Juan Posada, cuyo apellido -según afirma la leyenda- pasó con el tiempo a denominar este tipo de hospedaje.

Para hospedar clientes con ganas y posibilidad de refinamiento en su visita a la ciudad, la cadena AC ha convertido un elegante edificio frente a El Retiro, en la calle Alfonso XII, en el esmerado hotel Palacio del Retiro. Sigue siendo pleno centro, pero en la dimensión de más elevado nivel que la capital tiene en la zona enmarcada entre el paseo del Prado y El Retiro. El edificio habilitado, que bordea el renombrado parque, levanta ante el esmerado verdor su palaciego perfil. Vistas a los jardines y estatuas tienen muchas de las habitaciones, donde en tonos y líneas actuales se reproduce la atmósfera de elegancia clásica, estampada en la decoración de estuco original que conservan numerosas paredes.

El panorama de El Retiro también se cuela por las ventanas del restaurante, denominado Índice y basado en la cocina mediterránea y de autor. Una complaciente cena después de unas horas de ejercicio y relajación en el fitness center, y acaso después de una mañana de reuniones en alguno de sus espléndidos salones. O quizás después de un día de interesente aunque agotadora visita de las tres grandes pinacotecas de la muy vecina Milla de Oro del Arte: El Prado, el Reina Sofía y el Thyssen-Bornemisza. Muy cerca quedan también el Jardín Botánico, el "jardín tropical" de la estación de Atocha, los eternos puestos de libros de la Cuesta de Moyano... Pero por hoy baste con un grato paseo por El Retiro poco conocido: sus apartados y menos historiados jardines, siempre tranquilos, ajenos incluso al ajetreo del domingo. Otro refugio insospechado en el ardiente corazón de la capital.