Aloha Hawai

Hawai es mucho más que el recuerdo de Pearl Harbor o la meca mundial del surf, y basta con deslizar unos centímetros la pesada losa del lugar común para deslumbrarnos ante la originalidad y espectacularidad de un archipiélago magnético al que le sobran los motivos para recibir siete millones de visitantes al año y colocar tres de sus siete islas habitadas entre las diez más valoradas del mundo.

Sara Ocón

Honolulu está a 12.000 kilómetros de Madrid. Doce husos horarios, dieciocho horas de vuelo y un océano y medio de incertidumbre. Se encuentra en la costa suroeste de la isla de Oahu y es el hogar de la renombrada playa de Waikiki. Cuenta con 800.000 habitantes y sirve como una cosmopolita tarjeta de presentación a un archipiélago marcado por su arrebatadora naturaleza volcánica, su evidente situación estratégica, su vocación de paraíso soñado y encontrado a medio camino entre Asia y América y su condición, desde el año 1959, de Estado número 50 de los Estados Unidos. La gran capital más aislada del planeta constituye también el mejor escaparate para admirar el pacífico y colorido mestizaje del único Estado norteamericano sin una mayoría étnica bien definida.

Los primeros habitantes de las islas hawaianas fueron polinesios, llegados de las Marquesas hace 1.500 años. Estos hombres de mar -sus travesías de miles de kilómetros en maleables canoas son un hito en la historia de la navegación- fueron también portadores de semillas, animales, cultura y una compleja mitología. Costumbres y creencias que se fueron adaptando a la nueva tierra hallada, a la perturbadora y a la vez protectora presencia de los volcanes y a los caprichos de Pelé, la diosa del fuego y la lava, hija de la Madre Tierra Haumea y del Padre Cielo Wakea.

La aventura de James Cook
En 1778 los buques británicos Resolution y Discovery, capitaneados por un pletórico James Cook, fondearon en la costa Este de la isla de Kauai. Un año más tarde, tras intercambiar con los nativos alimentos, armas, maneras y enfermedades europeas, Cook murió en una reyerta en la isla de Hawai (The Big Island) con el honor de ser el primer occidental que pisó las por él bautizadas Islas Sandwich. Otras crónicas históricas con menos aceptación internacional, pero con buena base documental, aseguran que antes de convertirse en Sandwich este grupo de islas fue conocido como Los Monjes, perfectamente señaladas en las cartas náuticas españolas de mediados del siglo XVI. Anecdóticamente, las vistosas capas de plumas y los cascos que engalanaban a los hawaianos cuando recibieron a los ingleses eran de unos intensos rojo y amarillo, dos colores que no se encontraron en la vestimenta de la época de ningún otro lugar de la Polinesia.
Tras la aventura de Cook, otros marinos europeos y asiáticos recalaron en las prósperas islas. Mientras tanto, Kamehameha I unificó el archipiélago e instauró una monarquía que fue derrocada por los intereses norteamericanos un siglo más tarde. Durante ese período la economía hawaiana se alimentó fundamentalmente del azúcar y la piña, y ya en el siglo XX entraron en juego las fuerzas militares y el turismo. Llegaron trabajadores de los rincones más dispares del globo: japoneses, chinos, coreanos, filipinos, portugueses, samoanos, mexicanos, norteamericanos... y mezclaron sus genes, recetas y folclore, creando una sociedad tan afable como heterogénea, cualidad que se advierte sin necesidad de salir del aeropuerto de Honolulu.

Alrededor de la cinta de equipajes distinguimos a un grupo de samoanos vestidos con camisas de flores de la talla XXXL, una familia numerosa natural de Minnesota que repite vacaciones en Waikiki por tercer año consecutivo, un cowboy perfectamente ataviado con botas texanas y rasgos mexicanos -conocido aquí como paniolo-, tres hermanas mitad hawaianas mitad madeirenses, una ejecutiva que heredó el apellido Morales de su abuelo filipino y, cómo no, un grupo de turistas nipones. Todos son recibidos con calurosos "aloha", un término que lo mismo sirve para dar la bienvenida que para despedirse, desear suerte, salud o un buen viaje, y que más allá de eslogan turístico, "The Aloha State", tiene un uso real, cotidiano y algunos dirían que hasta excesivo.

El hechizo del "reino de Waikiki"
A pesar de que Waikiki está integrada en Honolulu, podríamos considerar esta playa un destino en sí mismo, un mundo aparte que nada tiene que ver con el resto del archipiélago. El canal Ala Wai separa la auténtica ciudad, con sus monumentos y edificios más o menos interesantes -incluido el único palacio real levantado en suelo estadounidense y un curioso barrio chino-, del reino de las compras exclusivas, las limusinas blancas, los restaurantes que coronan rascacielos, las palmeras que se ven privadas de sus cocos para no lastimar a ningún viandante capaz de interponer una demanda -esto es Estados Unidos- y las muchachas que en biquini y camiseta cruzan descalzas una avenida de seis carriles con una tabla de surf bajo el brazo. La avenida en cuestión se llama Kalakaua y es la arteria comercial que discurre paralela a la arena de Waikiki y bombea un flujo diario de 27.000 turistas dispuestos a pulirse en sólo una semana los dólares y yenes ahorrados en los últimos meses. Y entre tanta compra, baño en el mar, masaje en el spa y mai tais al atardecer resulta fácil perder el control de los días e incluso de las noches, sobre todo si pasamos de las elegantes antorchas que iluminan Kalakaua a las farolas de la gamberra avenida Kuhio, refugio de militares trasnochados, animadas discotecas y bares algo picantes abiertos a horas impensables en las islas vecinas.

Kauai, Lanai, Maui y Big Island aguardan pacientes a que los turistas se liberen del incuestionable hechizo del "reino de Waikiki". Molokai se conforma con los viajeros más independientes, los pocos que interpretan su escaso desarrollo turístico como un genuino aliciente. Niihau, la pequeña isla que completa el archipiélago habitado, permanece casi inaccesible para los turistas, salvo contadas excepciones, ajena al continuo vaivén de los vuelos interinsulares.

Oahu, el escenario de "Perdidos"
Pero antes de saltar de isla en isla toca explorar las costas y valles de Oahu, unos paisajes que se han puesto de moda en todo el mundo gracias al éxito de la serie de televisión Perdidos. El skyline de Honolulu desaparece del espejo retrovisor y pronto aparece Hanauma Bay, una impecable "bahía curvada" con aguas transparentes repletas de peces multicolores que están habituados a la presencia de inexpertos buceadores. La siguiente playa siguiendo la ruta que recorre el Este de Oahu se llama Halona Cove, también conocida como Eternity Cove en honor al inmortal beso que protagonizaron Burt Lancaster y Deborah Kerr en la película De aquí a la eternidad.

La carretera de la costa de barlovento continúa flanqueada a la izquierda por imponentes montañas y a la derecha por playas inspiradas en el sueño de unas vacaciones infinitas. Algunas, como Waimanalo, resultan visibles desde la ventanilla del coche; otras, como Lanikai, están camufladas por mansiones alineadas a diez pasos de la orilla.

Los pueblos más hippies de Oahu y las playas que acogen cada diciembre la Triple Corona de Surf son el mayor reclamo de la costa Norte. En Hale''iwa, la villa que mejor revela el espíritu rebelde de esta North Shore, es norma parar a tomar un shave ice, curiosear en sus modernas cafeterías y caóticas galerías de arte y otear el horizonte durante unos minutos en busca de la ola o la espalda perfecta.

El empacho de playa se digiere mejor con una escala espiritual en el templo budista Byodo-In, réplica del homónimo situado en Kioto y núcleo de un místico valle cuyo microclima no se cansa de empapar el suelo y colorear el cielo. "No rain, no rainbow" ("si no hay lluvia, no hay arco iris"), reza el optimista dicho hawaiano.

En el extremo opuesto de la isla, un acorazado tocado y hundido hace 65 años pierde cada día entre cinco y diez litros de combustible y dibuja otro tipo de arco iris en las aguas que rodean al USS Arizona Memorial, un monumento que rinde homenaje a las víctimas del ataque japonés contra Pearl Harbor.

El jardín de Hollywood y Lanai
Kauai, la más apartada de las cuatro islas principales, es también la más antigua geológicamente hablando. Fue la primera en surgir de las entrañas del océano y es el hogar original de la diosa Pelé, que, hostigada por su hermana Namakaokahai, la diosa del mar, se trasladó a Oahu, después a Maui y encontró finalmente refugio en el interior del volcán más activo de la joven Big Island. Este viaje mitológico alude a la eterna lucha entre océano y volcanes y demuestra que, varios siglos antes de la evidencia científica -el modelo de "hot spot"-, los nativos ya intuían el orden en el que esta cadena ha ido forjando sus eslabones.

Pocos conocen a Kauai por su nombre y son capaces de situarla en un mapa; sin embargo, todos nos hemos perdido alguna vez en ella a través de la gran pantalla. Los frondosos valles de Parque Jurásico, la isla desierta de Seis días y siete noches o la selva por la que huía Indiana Jones al comienzo de En busca del arca perdida son sólo algunos ejemplos del larguísimo listado de grandes producciones cinematográficas rodadas en una superficie similar a la de Gran Canaria.

Kauai representa la mejor prueba de la polivalencia de Hawai como destino turístico. En el mirador principal del espectacular cañón de Waimea -Mark Twain le llamó "el Gran Cañón del Pacífico" en sus Cartas desde las Islas Sandwich- un mochilero que recorre la isla a pie y lleva tres noches acampando en las zonas autorizadas dispara una foto a una pareja de recién casados que se aloja en el Hotel Hilton y prefiere moverse en un descapotable. Los amantes de la naturaleza en estado puro consideran que las once millas del Kalaulau Trail, un sendero que bordea la costa de los acantilados (Na Pali Coast) y hace escala en tres recónditas playas, justifican por sí mismas un viaje a Kauai. Los menos aventureros prefieren ahorrarse el paseo, admirar las tupidas alfombras de color esmeralda cayendo en picado al mar desde un barco o un helicóptero y regresar pronto a los elegantes resorts de Poipu Beach o Princeville.

"La isla jardín", sobrenombre oficial bien merecido de Kauai, cuenta además con el único río navegable de todo el archipiélago, insólitos desiertos de lava, centenarias plantaciones de taro y pintorescos pueblos como Hanalei o Haena, que constituyen los últimos reductos costeros del Hawai más genuino.

Lanai -"balcón"- es el secreto mejor guardado de Hawai. Hace algunos años era la reina mundial de las plantaciones de piña. Hoy conserva su ambiente de paradisíaca plantación, aunque en su suelo se cultiva más lujo que fruta tropical. El propietario de la Dole Food Company compró la isla en 1985, comprendió que era inútil competir con las plantaciones asiáticas y decidió invertir 400 millones de dólares en plantar dos hoteles capaces de fascinar a los viajeros y a los jugadores de golf más exigentes.

Y si llegamos a Hawai con la sana intención de desbaratar tópicos, aquí lo difícil es encontrar rastro de ellos. En Lanai no hay playas plagadas de surfistas, centros comerciales ni resorts mutados en parque temático. En el paisaje no predomina la palmera sino el Cook Island Pine, legado de un neozelandés visionario que llegó a la isla en el año 1900 y pensó que sería buena idea poblarla con estos pinos para favorecer la humedad de los cultivos. El único punto habitado en sus 400 kilómetros cuadrados es Lanai City, una ciudad en miniatura construida por la Hawaiian Pineapple Company a principios de los años 20.

Aunque la actividad estrella es indudablemente el golf, también la equitación, el buceo y el tiro al plato están a la orden del día, y nadie debería abandonar la isla sin alquilar un todoterreno para conducir por sus pistas de tierra. La recompensa a tanto bache tiene forma de playa virgen, bosque de leyenda o enigmático jardín de piedras dedicado a los dioses.

Maui y la isla de los extremos
Un corto trayecto en transbordador conecta Lanai con Maui, una isla que ha duplicado su población en las dos últimas décadas y cuya boyante industria turística comienza a competir con la de Waikiki. Para muchos norteamericanos no existe más Hawai que Maui y, siendo objetivos, si sólo pudiéramos conocer una isla, Maui sería la opción más completa. Los locos de los volcanes en ningún caso se perderían las erupciones del Kilauea en Big Island y los consumistas compulsivos no dudarían al quedarse con Oahu, pero si buscamos la mayor diversidad de paisajes y experiencias, "Maui no ka oi" ("Maui es la mejor").

Sus dos grandes señuelos son el Haleakala y la ruta de Hana, un volcán de 3.055 metros de altura que ofrece los mejores amaneceres del archipiélago -de ahí que los hawaianos lo llamaran "la casa del sol"- y una carretera de 56 kilómetros que recorre una fascinante jungla entre acantilados y cascadas superando pintorescos puentes de un solo carril que hacen la función de miradores improvisados.

Tampoco le faltan a la isla de Maui los esperados resorts de lujo ni las cálidas playas de olas perfectas, como Hookipa o Hanalua Bay. Sorprende, sin embargo, la cantidad de calas nudistas que reflejan su carácter abierto y tolerante. De noviembre a mayo, el litoral de Maui se transforma en un palco privilegiado para observar a las ballenas jorobadas que cada año peregrinan desde la gélida Alaska.

Y siguiendo los pasos de la diosa Pelé, concluimos el periplo hawaiano en la isla que da nombre a todo el Estado. Para evitar confusiones se la conoce como "isla grande", ya que en ella cabría dos veces el resto del archipiélago. Big Island constituye toda una lección de geología interactiva e inolvidable, un lugar de naturaleza extrema y delicada infraestructura turística que combina, con pasión y exquisito gusto, modernos campos de golf con antiguos campos de lava, cumbres nevadas con impresionantes bosques de helechos gigantes, salvajes senderos por los que perderse con dóciles playas en las que encontrarse.

Dos de los cinco volcanes que componen la isla continúan activos, petrificando bosques, moldeando futuras playas y ofreciendo el sublime espectáculo de la creación a todo aquel dispuesto a subirse a un helicóptero o a caminar un par de horas sobre una dramática alfombra de pahoehoe. La visión al atardecer de unas hipnotizantes cascadas de lava cayendo lentamente por un acantilado es la excusa que nos faltaba para subrayar Hawai en la lista de los destinos más insólitos y apetecibles del planeta.