Almería, plató de cine en días de Navidad

Hay tierras donde los adjetivos se agotan. Almería es una de ellas. Estos días de Navidad su paisaje, su costa, el desierto de su interior y las sierras que la circundan al norte se convierten en un improvisado plató cinematográfico. Silencio, se rueda.

Manuel Mateo Pérez
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Tierra de contrastes. Hablar de contrastes se ha convertido en un tópico, en un tópico muy manoseado que vagamente aclara algo sobre el encanto de un paisaje, sobre su originalidad y sus diferencias con respecto a otro. Con Almería esa palabra no vale. Decir “Almería, tierra de contrastes” resulta casi una obscenidad. La frase pudo valer en aquellos años en que las grandes productoras cinematográficas abarataban los costes de sus películas viniendo a rodar al desierto de Tabernas.

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La frase pudo tener algún sentido en aquel entonces, pero ya no. Decir que Almería es una tierra de contrastes es una manera de constreñir sus muchas bondades, de empobrecer sus profusas diferencias, de limitar sus indescifrables gracias.  

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En Andalucía, donde resulta igualmente obsceno hablar de contrastes, Almería es una metáfora de la diferencia y del olvido. Eso suele ocurrir con aquellas tierras que poseen una situación insólita con respecto a los mapas, una posición arrinconada y esquiva, radial y huidiza. Está bien: aceptamos desterrar de nuestro vocabulario palabras como contraste, pero cómo definir entonces los paisajes que pueblan esta provincia del oriente andaluz. Quizá la solución esté en los eufemismos y podamos juzgar aquello que nos rodea en términos de paradojas y excentricidades. 

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Hay una Almería húmeda y una Almería seca. La tautología viajera ha querido resaltar esta última por su originalidad, asombro y extravagancia. “El único desierto de Europa”, dicen las guías turísticas. Tabernas es el epicentro de una tierra sedienta, un territorio en estado puro, quemado por las altas temperaturas y cincelado por los valles y barrancos de piel esteparia. Durante la canícula, las condiciones climáticas son extremas.

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En las horas de sol el termómetro no baja de los cuarenta grados; por el contrario, las noches son insufriblemente frías. A estas condiciones sólo se han podido aclimatar contadas especies de la botánica peninsular que también se encuentran en las secas regiones subsaharianas. Tabernas, el desabrigado páramo almeriense, está declarado paraje natural. Su perímetro protegido, de algo más de once mil hectáreas, dista treinta kilómetros de la playa más cercana. La yerma y dorada tierra se funde en el Cabo de Gata con el cálido Mediterráneo que dibuja uno de los paisajes más soberbios del litoral andaluz. 

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La geografía quiso que Tabernas fuera desierto por la singular posición que establecieron las serranías de los Filabres y la Alhamilla. Estas cadenas de recortados cerretes impiden el paso de las nubes, provocando lo que los técnicos denominan una sombra orográfica. La pluviometría de esta zona apenas alcanza los 250 milímetros anuales, pero cuando en tardes de primavera y verano el cielo descarga sus vientres cargados de agua lo hace de forma tan violenta que puede resultar peligroso encontrarse en las cercanías de sus erosionadas ramblas. 

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Los brazos sedientos del desierto de Tabernas se alargan hasta esa tierra fértil y maternal que recibe el dulce nombre de Alpujarra. Por los alrededores de la blanca Laujar de Andarax se suceden las huertas. Los frutos germinan en bancales y paratas regadas por las aguas cristalinas que bajan de los deshielos de Sierra Nevada. En el pueblo hay un catálogo de hermosos pilares de los que mana un agua limpia y fresca. El río Andarax cruza en silencio el tierno lecho de un valle donde Almería sacia su sed, donde Almería, por un momento, viste con los colores de la primavera. 

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A Los Vélez, los brazos del desierto de Tabernas no llegan. Atrás quedan las ramblas, los lechos secos y las pitas quemadas al sol. De pronto, sin aviso, asoman lomas de mediana altura, tapizadas por la arboleda. Al final los escarpes, las muelas grises y las cumbres de piedra jurásica que encierran como un ancho circo el norte de Almería. La historia ha pasado generosamente por estos paisajes.

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No hace tanto que en una abrupta cueva, bautizada con el nombre de los Letreros, el hombre moderno descubrió los primeros síntomas de maestría artística de sus antepasados. Entre las rugosidades de la roca alguien dejó expresado hace más de cinco mil años la idea que tenía de su cuerpo y sus fuerzas. El tótem dibujado en la roca, el conocido Índalo, simboliza hoy la provincia de Almería.