Alegría gaditana: de Tarifa a Conil

Tarifa, Zahara, Barbate y Conil, las cuatro localidades gaditanas donde aún se captura el atún a la vieja usanza, jalonan una ruta en la que, además de rico pescado, hallaremos playas agrestes y ruinas romanas, aguas turquesas y acantilados de oro.

Andrés Campos
 | 
Foto: Gonzalo Azumendi

Otros lugares son famosos por las cosas que tienen. Tarifa lo es por cosas que pasan, que fluyen, que hoy están aquí, pero mañana, chi lo sa?: el viento que mueve los generadores eólicos e hincha las cometas de los kitesurfers; los atunes rojos que entran en el Mediterráneo por el embudo del Estrecho con la sana intención de reproducirse y caen en la vieja trampa de la almadraba; y los turistas que llegan también en grandes bandos estacionales, algunos movidos quizá por lo mismo que los atunes, pero la mayoría con el único propósito de tumbarse a la bartola en playas tan deslumbrantes como la de Bolonia o la de El Cañuelo, que enseguida vamos a ver.

Gonzalo Azumendi

Pero no tengamos prisa por ir a las playas, que no se van a mover de su sitio (o no demasiado) por mucho viento que haya. Antes nos daremos un garbeo por el casco antiguo de Tarifa. Entraremos en él por la puerta de Jerez (la única que queda en pie de las tres que tuvo la muralla) y bajaremos por Nuestra Señora de la Luz, calle blanquérrima (como todas en Tarifa) que parte la vieja ciudad en dos mitades y que es un excelente lugar para tomar un café mañanero o unas tapas más tarde, además de para revolver en las tiendas de ropa y decoración.

Gonzalo Azumendi

Si somos de ver iglesias, al final de la calle doblaremos a la izquierda para admirar la de San Mateo o a la derecha para acercarnos a la de San Francisco. Si no, seguiremos bajando hasta el Castillo de Guzmán el Bueno. Aquí fue donde este señor, que defendía Tarifa del asedio de los musulmanes, oyó cómo estos lo amenazaban con matar a su hijo (que a la sazón tenían prisionero) si no les entregaba la ciudad y, sin inmutarse, les lanzó un cuchillo para que lo degollaran con él. “Matadle con este, si lo habéis determinado, que más quiero honra sin hijo, que hijo con mi honor manchado”, dice la leyenda que dijo Guzmán el Bueno, bueno sin duda como alcaide y defensor de Tarifa, pero fatal como padre.

Gonzalo Azumendi

Dejando atrás el puerto y el castillo de Santa Catalina, pasearemos mar adentro por una carreterilla rebosante de arena de playa, la calle Segismundo Moret, con el Mediterráneo a mano izquierda, el Atlántico a la derecha y, enfrente, a 400 metros justos del continente europeo, la isla de las Palomas, su tierra más sureña. En la isla, sin permiso, no se puede entrar. Solo reservando con tiempo y con un guía de Genatur (genatur.com) se puede caminar hasta el faro erigido sobre una antigua torre almenara en el punto más meridional de la península ibérica y, por tanto, de Europa.

Por el camino veremos, esparcidos sobre esta isla con forma de corazón (un corazón de medio kilómetro), varios hipogeos funerarios fenicio-púnicos, canteras romanas y otras huellas de las distintas civilizaciones que se han asomado a este extremo sur del viejo continente y han mirado a la vecina África con una mezcla de curiosidad, deseo y temor.

Gonzalo Azumendi

Cerca de la isla de las Palomas, en la orilla mediterránea de la carreterilla que la une a tierra, extiende su sábana blanca Playa Chica. Como indica su nombre, es una playa chiquitita, de menos de cien metros, pero está bañada por unas aguas cristalinas, ideales para hacer snorkel. ¿Y kitesurf? No, en Playa Chica no cabrían ni dos cometas; para eso son mejores las playas del otro lado, las que alfombran los primeros kilómetros de la costa atlántica gaditana: Balneario, La Jaima, Los Lances, Valdevaqueros, Punta Paloma... Tampoco es buen lugar Playa Chica para estar cuando sopla el viento de levante, salvo que uno quiera rebozarse como una croqueta con la arena volandera.

Gonzalo Azumendi

Bolonia, entre dunas y ruinas romanas

Vale la pena alejarse de Tarifa unos pocos kilómetros (23, para ser exactos) para pasar el día, o parte de él, en una de las playas más alucinantes de España: la de Bolonia. Son seis kilómetros de arenas blancas lamidas por un mar turquesa, con una majestuosa duna rampante y, como telón de fondo, las ruinas de Baelo Claudia, el conjunto urbano romano más completo de la península ibérica. “Baelo”, escribió Estrabón en el año 18 después de Cristo, “es un puerto donde generalmente se embarca hasta Tingis [Tánger], en Mauritania. Es también un emporio que tiene fábricas de salazones”. Donde el cardus maximus se acaba y empieza la playa, estaba el barrio salazonero, cuyas ruinas grandecitas hablan de la importancia que la industria pesquera, fundamentalmente del atún, tuvo para esta ciudad.

Gonzalo Azumendi

El lugar más fotografiado del yacimiento, sin embargo, es la basílica, con sus 20 columnas de calcarenita (en realidad, 18, porque faltan dos), su estatua colosal de Trajano y, detrás, en lontananza, los pinares del parque natural del Estrecho hundiéndose bajo las arenas de la duna de Bolonia y las aguas del Atlántico. No se llevó el viento a Baelo Claudia. Se la llevó un terremoto en el siglo III, aunque hubo quienes sobrevivieron entre sus escombros hasta el VII.

Gonzalo Azumendi

Más a poniente, cerca de Zahara de los Atunes, que ya es municipio de Barbate, se esconde la última playa de Tarifa y, para los pocos afortunados que la conocen y frecuentan, la más bella: la de El Cañuelo. Le dicen también la cala de los Poetas. La verdad es que ignoramos por qué la llaman así. E internet, que todo lo sabe, guarda silencio al respecto. El acceso se efectúa desde la parte final y más lujosa de la urbanización Atlanterra, una verde ladera salpicada de casas de arquitecto que no se consiguen (obvio es) escribiendo versos.

Sí es poética, en cambio, la subida a pie al faro de Camarinal o de Torre Gracia y no digamos ya la bajada a la playa por el lado contrario del cabo, siguiendo una senda bordada de florecillas mil, incluida la camarina o camariña que ha dado nombre al promontorio y también a la villa coruñesa de Camariñas, en la otra punta de España. La playa, de 380 metros, está partida en dos por un pequeño arroyo o caño (de ahí, lo de El Cañuelo) procedente del pinar que se extiende detrás de ella, hasta donde alcanza la vista. La luz es de oro. El agua, turquesa. Es el Caribe andaluz. Buen lugar para hacer poemas, desde luego. O para no hacer nada. 

Gonzalo Azumendi

La hora de paseo que hay hasta la playa de El Cañuelo (media de ida y otra media de vuelta) está bien para abrir el apetito y luego calmarlo en Barbate comiendo el mejor atún rojo de almadraba: ¡el ibérico del mar! El restaurante El Campero (restauranteelcampero.es) es la catedral de esto. Aquí el atún salta prácticamente del mar a la mesa. El puerto solo dista 400 metros de este restaurante en el que se aprovecha absolutamente todo del pez en cuestión: desde las orejas, al pellejo, el corazón o las huevas de leche de los machos. En cocina diferencian 25 partes. Según su infiltración de grasa, su textura y sabor, aplican diferentes técnicas y puntos de cocción para sacarles un óptimo partido.

La variada carta de El Campero propone desde un sashimi de ventresca toro a un tartar de lomo, un carpaccio de paladar, un corazón aliñado o un guiso hecho con galetes, las cocochas del atún, que preparan como si fuera un guiso de rabo de toro. También figuran en la carta partes tan poco nobles como la casquería, el sangacho (la zona más oscura de la musculatura del animal) o el morrillo, que antiguamente se compraba por dos pesetas en la lonja y nadie quería porque se ponía negro de un día para otro.

Gonzalo Azumendi

Camino al Tajo de Barbate

Entre Barbate y Caños de Meca, se asoma al mar el parque natural de la Breña y Marismas de Barbate, que pese a su largo nombre es el más pequeño de Andalucía. Y de los más agradables y sencillos de visitar. Por él discurre la carretera A-2233, que une ambas poblaciones. Según Google Maps, se tarda nueve minutos en ir de una a la otra, pero parando aquí y allá para estirar las piernas y la mirada, tardaremos 90. A uno y otro lado del asfalto, descubriremos masas bienolientes de pinos piñoneros y, sobre el suelo arenoso, siemprevivas, barrillas, almajos e higueras a cuyo arrimo proliferan herrerillos, carboneros, pinzones, jilgueros y... ¿pero qué demonios es ese bicho? ¡Un camaleón! Precaución, amigo conductor.

Gonzalo Azumendi

El mayor enemigo de este andaluz impasible (aparte de él mismo, por moverse a cámara lenta) son los coches, señaladamente durante la reproducción, pues su época de mayor actividad sexual coincide con el barullo de las vacaciones veraniegas. Su visión estereoscópica (capacidad de mirar a dos sitios distintos al mismo tiempo) parece ser que no le resulta de gran ayuda en estos momentos de amoroso y automovilístico ajetreo.

Parada obligada y gustosa en el aparcamiento que hay en el kilómetro 19,200 de dicha carretera, a cuatro de Barbate y seis de Caños de Meca. Allí arranca la senda de la Torre del Tajo, un camino de dos kilómetros (45 minutos, solo ida), que conduce a través del pinar hasta el acantilado donde se yergue, a 162 metros sobre el nivel del mar, una grande atalaya, 13 metros más alta, levantada en el siglo XVI para vigilar a los piratas. En los días claros, se divisa la costa africana.

Gonzalo Azumendi

Un cabo histórico

Bajando por la A-2233 a Caños de Meca, se ofrece una de las vistas más bellas e instagrameadas de la costa gaditana: el sol apagándose en el mar y, dorándose a fuego lento, el cabo de Trafalgar, con su tómbolo de arena blanca y su blanco faro de 34 metros de altura. El cabo es famoso por la batalla que se libró a su vera el 21 de octubre de 1805, en la que 27 navíos ingleses derrotaron a 33 españoles y franceses. Para compensar, Inglaterra perdió a Nelson y España ganó un libro fundamental, el primero de los Episodios nacionales de Galdós. El tómbolo (un antiguo islote de areniscas caprichosamente erosionadas, unido a tierra mediante dos barras de arena que ciñen una laguna colmatada) es monumento natural desde 2001 y es el paseo vespertino predilecto en Caños de Meca: un kilómetro, hasta la punta del faro.

Gonzalo Azumendi

Más allá se extienden las playas de Conil. Las hay para todos los gustos, pero las más naturales (y naturistas) son las pequeñas calas de Roche, que se hallan en las inmediaciones del faro homónimo, al norte de la población, engastadas en acantilados que el sol del atardecer hace de oro. Antes de llegar a Conil, podemos desviarnos hacia el interior por la A-2230 para conocer Vejer, que presume de ser el pueblo blanco de estilo árabe más bello de Andalucía y de una vista que abarca toda la costa desde Cádiz hasta Tarifa. Y aún podemos alargar nuestro viaje nueve kilómetros, sin salir del término de Vejer, para visitar la Fundación Montenmedio (fundacionnmac.org), que también presume de algo curioso: ser el museo al aire libre más importante de Europa. 

Gonzalo Azumendi

Una blanca elipse escalonada donde los visitantes andan arriba y abajo y se sientan como en un anfiteatro angelical (Impresión del cielo, Gunilla Bandolin). Bancos públicos que nadie puede usar porque parece haberlos fundido el sol o partido un rayo (Bancos sociales modificados, Jeppe Hein). Un puente de cerámica decorado con dibujos chinos y árabes, metáfora de todo lo que une y separa a las diferentes culturas (Puente, Shen Yuan). Obras como estas nos harán frotarnos los ojos mientras paseamos por la dehesa de Montenmedio. Además veremos, por encima de los pinos que pueblan la dehesa, el blanco caserío de Vejer de la Frontera y, al borde del mar, el faro blanco de Trafalgar y los acantilados de Barbate, que también son obras de arte, pero no contemporáneo, intemporal.