A Coruña, la ciudad hermana del mar

El mar forma parte de la arquitectura de A Coruña como si fuera una más de sus plazas o incluso el salón de una casa. Vaya por donde vaya el viajero, sus sentidos serán impregnados por las aguas que circundan la península sobre la que se asienta una ciudad que recibe del mar buena parte de su esencia.

Perfecto Conde

Fue un poeta orensano, Alberto García Ferreiro, el que tuvo que llorar para decir que no era capaz de saber lo que escogería: si entrar en A Coruña de noche o entrar en el cielo de día. Hoy, lo más probable es que el viajero no se plantee este dilema y que empiece la visita bajándose del avión en Alvedro, a escasos diez kilómetros del centro de la ciudad, o llegando en coche a través de la autovía del Noroeste o de la A9, que procede de Portugal y Vigo y pasa por Santiago.

Sin olvidar al que tenga la suerte de llegar por mar a A Coruña, auténtico privilegio para la vista y otros sentidos. En todos los casos, particularmente en el de los navegantes, la torre de Hércules se va a imponer como el sello indeleble dejado por el paso del tiempo en A Coruña. Michael O''Clery, en su Lebor Gabala Erenn (Libro de las Invasiones de Irlanda), da cuenta de cómo el caudillo celta Breogán, elevado a la categoría de padre de la patria gallega por Eduardo Pondal, autor de la letra del himno gallego, fue el fundador de Brigantia y levantó una torre desde la que su hijo Ith alcanzó Irlanda con la vista. Quiso conquistarla, pero murió en el intento y tuvo que ser su hermano Mir, su sucesor, quien acabase dominando a los irlandeses.

Otra leyenda, llegada en este caso del sur y contada en la Crónica General de Alfonso X de Castilla, acabó dándole el nombre actual a la torre coruñesa. Hércules llega para ayudar a los que viven bajo la tiranía de Gerión, al que vence tras una encarnizada lucha cuerpo a cuerpo.

Después de degollarlo, entierra su cabeza y sobre su tumba levanta una torre y manda poblar lo que se convirtió en la actual ciudad de A Coruña, bautizada con el nombre de Crunna por ser ésta la primera mujer que se presentó al llamamiento de Hércules. Con esta inmersión en la vieja mitología de A Coruña, simbolizada en una torre que se hace visible desde la mayor parte de la ciudad, el viajero bien puede iniciar una rápida visita al lugar que sigue siendo el más alegre de Galicia para hacer honor a la sentencia de un viejo dicho popular.

No es mala idea que su recorrido comience en el corazón coruñés, la Plaza de María Pita, después de desayunar en alguna de las espléndidas terrazas que ahora jalonan los porticados edificios que acompañan el palacio municipal. De paso, puede rendir homenaje a la mujer que defendió con heroísmo su ciudad cuando los ingleses quisieron tomarla para vengarse de que su puerto hubiera sido el punto de partida de buena parte de la mal llamada Armada Invencible.

Desde esta plaza, lo mejor que puede hacer el visitante es dirigir sus pasos hacia Los Cantones, donde le espera uno de los espacios urbanos más singulares de Galicia, con sus bellísimos edificios caracterizados por las abundantes galerías que dan fuste a la arquitectura coruñesa. No estaría de más que encaminase sus pasos al cercano castillo de San Antón, sede actual del Museo Arqueológico Provincial, desde cuya atalay se ofrece una de las vistas más reconfortantes de A Coruña. F

ue enclave importantísimo para la defensa local incluso antes de que hubiera terminado su construcción cuando el temido Francis Drake atacó la ciudad en 1589. En su condición actual de museo, ofrece una buena colección de objetos arqueológicos, históricos y artísticos.

Pasear por la Ciudad Vieja
Si el tiempo le apremia, conviene orientarse hacia la cercana Ciudad Vieja, a la que puede entrar por la Puerta Real y la calle de Santiago para empezar a perderse paseando por la calle Tabernas, en la que no encontrará establecimientos que hagan honor a su nombre sino la casa-museo de Emilia Pardo Bazán, la sede de la Real Academia Gallega y las magníficas residencias de los notables de la ciudad, entre ellos el alcalde, Francisco Vázquez.

Ya aquí, la mejor manera de disfrutar de un paisaje urbano que ofrece numerosos e importantes atractivos es la práctica de aquello que los franceses saben denominar tan bien con su verbo flâner, es decir, vagar, callejear, matar el tiempo y hasta gandulear un poco siguiendo una ruta improvisada que le llevará a plazas tan singulares como las de San Agus- tín, Fuente Seoane, General Azcárraga, las Bárbaras, de la Constitución o General Cánovas o a lugares llenos de nostalgia histórica como el Jardín de San Carlos, excelente mirador sobre el puerto y la bahía coruñeses, muy frecuentado por los viajeros británicos para visitar el monumento funerario dedicado al general John Moore, que ayudó a los coruñeses en la guerra de Independencia contra los franceses. Es éste uno de los lugares más bellos y románticos de la ciudad.

El sepulcro de Moore fue mandado construir por el general francés contra el que luchó, Nicolas Jean de Dieu Soult. Una placa situada a la entrada del jardín recoge palabras de otro militar británico, Arthur Colley Wesley Wellington, pronunciadas para ensalzar el valor de los soldados locales ("Españoles: dedicaos todos a imitar a los inimitables gallegos").

Iglesias, capillas y conventos
Otras lápidas muestran largos fragmentos de los poemas dedicados por Rosalía de Castro y por Charles Wolfe a John Moore. Sin salir del jardín, se puede acceder al Archivo Histórico del Reino de Galicia, constituido en 1775 para recoger la documentación heredada de la antigua Real Audiencia que establecieron los Reyes Católicos en el siglo XV. En su interior, más de 80.000 documentos, entre los que hay pergaminos que contienen privilegios reales del siglo VIII.

Por el camino, calles recónditas y sugestivas como las del Príncipe, de las Donas, Sinagoga, etcétera, e iglesias que merece la pena visitar, como las de Santiago, Santa María, Santo Domingo, los restos del antiguo convento de las Bárbaras o la capilla de la Venerable Orden Tercera. Esta promenade por la vieja ciudad de A Coruña sin duda ha de conducir los pasos del viajero a la Plaza de Santa María, uno de los espacios más hermosos de la ciudad, configurado por la iglesia y el atrio del mismo nombre y por el palacio situado justo enfrente, en el que nació el geógrafo e historiador José Cornide Saavedra en el año 1734 y que pasó a manos de Francisco Franco durante su dictadura.

En medio de la plaza, un fuste monolítico de siete metros de altura sostiene un bello cruceiro gótico del siglo XIV. Muy cerca, en la calle Santa María, una placa conmemorativa señala el lugar donde estaba la antigua casa en que nació el polígrafo de fama internacional Ramón Menéndez Pidal.

En uno de los laterales de la iglesia de Santa María, también llamada de Campo, en el número 23 de la calle Porta de Aires, está el Museo de Arte Sacro de la Colegiata, y en el 21 de la también cercana calle de las Ferrerías, otra placa recuerda la casa en la que vivió la heroína coruñesa María Pita.

El fusil de Gary Cooper
Un poco más abajo del Jardín de San Carlos, el Museo Militar de la Maestranza de Artillería de A Coruña, inaugurado en 1986, uno de los pocos de estas características en España, en el que se puede contemplar armas, medallas, escudos, cañones y otras piezas militares como un conjunto de siete cañones que, al disparar, hacen sonar cada una de las notas musicales, una de las primeras cámaras fotográficas fabricadas por Kodak, el mosquetón que usó el guerrillero gallego Foucellas o el fusil que utilizó Gary Cooper en el rodaje de la película Por quién doblan las campanas. Este museo, además de gratuito, está abierto todos los días.

El viajero no debe perder tampoco la oportunidad de recorrer, aunque sea brevemente, algún tramo del magnífico paseo marítimo que circunda más de medio perímetro de la ciudad. En particular, la parte que bordea la playa de Riazor y que va a morir al pie del monte de San Pedro, excelente atalaya en pleno proceso de urbanización, desde cuya altura se puede contemplar la ciudad en su conjunto.

Aunque las prisas apremien, en un día despejado vale la pena alquilar un taxi para dirigirse a este enclave y dedicar unos minutos a la contemplación del lugar donde el Cantábrico empieza a fundirse en el Atlántico y posar la vista sobre el bellísimo conjunto que forman las rías de O Burgo, Betanzos, Ares y Ferrol (el antiguo Magnus portus artabrorum) y sobre la propia ciudad.