7 días en Chipre

Es la tercera isla más grande del Mediterráneo, y la tercera economía más pequeña de la UE. Tan vieja como Europa, o más, todos han pasado por allí: dioses enfurecidos, apóstoles, cruzados, musulmanes, británicos... y últimamente rusos ricachones y "los hombres de negro". Chipre preside la UE desde el 1 de julio y desde tiempo inmemorial cautiva a los amantes de la luz, el arte y la dulzura de un mar de cuya espuma nació la diosa del amor y la belleza.

Carlos Pascual
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Foto: Hans-Peter Merten

Día 1. Lárnaca
Chipre se presenta
Lárnaca acaba de estrenar una excelente terminal de pasajeros, con lo que su aeropuerto internacional se convierte en puerta principal de Chipre. También está mejorando el puerto y la marina, para acoger a más cruceros. Así que la ciudad viene a ser la tarjeta de presentación del país. Y sale airosa, porque, de entrada, pone ante los ojos el rasgo principal de la tierra, que es ser una ensalada de culturas. Para empezar, de aquí era el filósofo estoico Zenón. Las raíces cristianas y bizantinas se plasman en la basílica de San Lázaro (sí, el que fue resucitado por Cristo: vino a predicar, fue obispo y volvió a morirse; esta vez descansa en paz en la cripta de su iglesia). La herencia musulmana se concreta en la tekka (mezquita memorial) Hala Sultán, donde está enterrada la tía de Mahoma. Para los creyentes, es el cuarto lugar más sagrado, tras La Meca, Medina y Jerusalén. También debe serlo para los gatos, ya que los hay por docenas. La mezquita está a una legua escasa, junto al aeropuerto y el lago Salado. Este tiene su leyenda; dicen que San Lázaro pidió de beber a un paisano, y como éste le negara el agua, el santo convirtió en salobre la del lago: con los santos hay que andarse con ojo. En los folletos se ven flamencos y aves refrescándose, pero eso solo ocurre pocos días al año, cuando están de paso; el resto del tiempo el lago es una lámina hostil que refleja un sol de plomo.

Día 2. Limassol
Cruceros y Cruzados
Limassol es la ciudad mayor y que más rápido crece en la isla (la población total de ésta no llega a los 900.000 habitantes). En el puerto aún puede verse algún pescador y alguna red, pero pronto va a ser uno de los hubs del Mediterráneo para cruceros; su flota mercante figura entre las diez más potentes del mundo (en cualquier caso, todo el PIB de Chipre equivale al 2 por ciento del de España). Limassol es ciudad alegre y confiada, centro turístico de primera gracias a las playas de su cálida bahía. En su castillo se casó el rey Ricardo Corazón de León (que, dicen, era gay, véase El león de invierno) con Berengaria de Navarra. A las afueras, las ruinas de Amathus, aunque discretas, recuerdan el paso de Teseo y Ariadna, y también el de San Pablo, que soltó allí algún que otro sermón. Más lejos, lo que abundan son las viñas. Las plantaron los Cruzados que en la Edad Media utilizaban la isla como trampolín (la llamaban Scala) para llegar a Tierra Santa. De hecho, la región se llama Kumandaria, lo mismo que un vino generoso que en ella se produce (viene el nombre de las comandancias de aquellos caballeros). El castillo de Kolossi es la huella más nítida de los Cruzados; sus chimeneas lucen la flor de lis o símbolos de sus amos. En Limassol, las fiestas de la vendimia alcanzan el delirio de un carnaval de otoño.

Día 3. Pafos
El reino de Afrodita
A un paso de Kolossi -nos hemos salido de la autopista- están las ruinas de Kourion. Un teatro grecorromano muy arregladito, con una acústica que parece truco. A sus espaldas, un tinglado reciente protege la llamada Casa de Efstolios, un ciudadano rico del siglo IV, cuando aún no se podía decir en público que era uno cristiano; así que el buen hombre lo dejó cifrado en orlas casi invisibles de mosaicos del pavimento. Muy cerca también quedan las columnas y restos del templo de Apolo Hylates. Por la autopista (o por la antigua carretera) se llega en diez minutos a Petra tou Romiou (Piedra de Romios), el lugar donde nació Afrodita (Venus para los romanos). Según Hesíodo, Cronos (Tiempo), hijo del Cielo y de la Tierra, rebanó los genitales a su padre y los arrojó al mar en este punto; de las volutas botticellianas del esperma-espuma nació Afrodita, diosa de la belleza y del amor. Y, claro, aunque la playa es de guijarros grises, está siempre concurrida; bañarse en ella, dicen, hace fértiles a las hembras. Un poco más allá quedan las ruinas del templo de Afrodita y, al fin, Pafos, la joya de la corona, el lugar más chic y amable del turismo chipriota. Su recién modelado paseo marítimo es un collar de tentaciones, gastronómicas y de ocio. Al final del mismo, el castillo medieval vigila yates y barcos de paseo, pesca o aventura. Por detrás queda Kato Pafos: la ciudad griega. Asombroso yacimiento, patrimonio de la Unesco. Algunas casas están cubiertas para proteger los mosaicos, otras los muestran a pleno sol. Todos los dioses y mitos griegos, sin faltar uno, andan por los suelos. Hay una buena tirada (no es autopista) hasta llegar a Polis y la marina de Lakki. Otro polo turístico en pleno desarrollo que aprovecha la marca de la diosa: allí al lado muestran los que llaman Baños de Afrodita (una poza) y la Fontana del Amor (una cursilería). Pero la verdad es que la marina es muy agradable, y se come de vicio.

Día 4. Tróodos
La montaña sagrada
Conviene volver a Pafos para atacar desde allí la exploración de Tróodos, una pequeña cordillera que alcanza los 2.000 metros. A las afueras de Pafos, en un barrio de ricos (Tala) se encuentra la cueva y monasterio de Agios Neófitos. Este asceta vivió en la cueva de un acantilado, allá por el siglo XI, y se hizo pintar como santo (sin haberse tomado la molestia de morir antes). Luego le construyeron, abajo, una iglesia bizantina, con frescos y un sarcófago de oro para sus huesos y un relicario de plata para su cráneo. Hay un pequeño museo, nueve monjes, noventa gatos y mucho autocar de turistas. Menos son los curiosos que se aventuran por las calzadas asilvestradas que cruzan pueblos absortos y se internan en Tróodos. Una lástima, porque en la montaña se ocultan joyas bizantinas, entre otras diez iglesias declaradas por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Además, la montaña es una buena manera de captar otro rostro menos tópico de Chipre. Entre bosques de cedros se ocultan villas veraniegas, y hasta hay pistas de esquí. Pero nieva poco, en realidad hay poca agua en general; así que por las faldas de Tróodos se escalona un centenar de pequeños embalses para luchar contra el problema secular de la sed (que apenas alivian las modernas desaladoras). Un pueblo ejemplar puede ser Kakopetria, en la cara norte. Bastante alejado, cerca ya de la autopista a Nicosia, Lefkara es el más explotado; son dos en realidad, de arriba y de abajo (Pano y Kato Lefkara). El de arriba es puro escaparate, donde se mercan los más afamados encajes y bordados a mano, y también filigrana de plata.

Día 5. Nicosia
La capital desgarrada
La capital, ubicada lejos del mar, porta el sambenito de Cenicienta, burocrática y lindezas por el estilo. Para colmo, está dividida por el último muro de la vergüenza europeo, tras la ocupación turca, en 1974, del tercio norte de la isla. La verdad es que la parte nacional tiene poco que enseñar, aparte de algunos bastiones de muralla, la Puerta de Famagusta y (veremos cómo queda) la plaza Eleftheria (Libertad), que está remodelando la arquitecta estrella Zaha Hadid. De esa plaza parte la calle principal, que lleva a uno de los tres pasos fronterizos. Ahora es muy fácil cruzar. La diferencia, al poner pie en la otra Nicosia, ya no es la de antes, pero se nota que estamos en zona turca, sobre todo por los bazares, y el ritmo. En esta parte hay dos joyas irrenunciables: la catedral gótica de Santa Sofía, convertida en mezquita Selimiye (con dos alminares plantados como cuernos en su fachada), y el gran caravasar (Khan), que se conserva puro, eso sí, ocupado no por camellos sino por tiendas y cafetines variados.

Día 6. Kerinia y Salamis
La zona ocupada
En la franja ocupada por Turquía (Republica no reconocida por ningún país) quedaron algunas de las joyas de la historia y del arte chipriotas. Kerinia, en el litoral norte, es la ciudad más turística y grata. El puerto es encantador. Sus antiguas iglesias son mezquitas o museos. Desde el castillo se ven los pináculos y cipreses de la abadía de Belpais. Para entender lo que significa para Chipre ese lugar (y otros) recomiendo vivamente leer Limones amargos, de Lawrence Durrell (Edhasa). Otro de los yacimientos clásicos más importantes es la ciudad de Salamis, en la bahía oriental de Ammochostos (o sea, Famagusta). Famagusta era la ciudad más boyante de Chipre antes de la ocupación. Desde entonces, está abandonada. También el campo de refugiados de donde partió el Exodus hacia Israel (recuerden la película de Paul Newman). Bloques y calles fantasmas, solamente habitados por ortigas, el viento y el silencio. Se acuerda uno, viendo eso, de un proverbio chipriota: "Un tonto tira una piedra al mar, y cien sabios no son capaces de sacarla".

Día 7. Agia Napa
La alegría de vivir
Famagusta se ve con prismáticos desde los cerros que envuelven a Agia Napa. Que no era más que un monasterio minúsculo, rupestre; pero creció, y en torno a él, un pueblo de pescadores. Ahora es la gran Babel turística de Chipre. Más demótica y popular que Pafos, más bulliciosa (por no decir escandalosa). Discotecas, quads, restaurantes exóticos, tavernas cazaturistas... Y un puerto donde las barcas de pesca son de adorno. No así los yates, barcos de fondo de cristal o naves piratas para salir a alta mar de juerga (tiene gracia, en vez de explotar la epopeya verídica y jugosa de los Cruzados, que sería lo suyo, importan el cartón piedra de Piratas del Caribe...). La locura de Agia Napa termina en Cabo Greco. Un paraje protegido, con hoteles de lujo y unas aguas tan límpidas y cristalinas que, si te fijas bien, puede que veas en el fondo al mismísimo Neptuno, poniendo orden en sus dominios abisales...

Las mejores playas de la isla
Son, sin duda, las que están en el entorno de Agia Napa y Cabo Greco: Nissi Beach y Sunrise Beach, y un poco más al norte (hacia Famagusta), la pequeña Agia Thekla, Fig Tree Bay (magnífica arena), Kapari, la diminuta Konnos y Makronissos, una de las mejores. En Limassol, la más recomendable es St. Georges Alamanos, y casi al lado, Governor''s Beach; Avdimou es un playa tranquila, lo mismo que Lady''s Mile, junto al cabo de Gata. Más a poniente, Kourion es muy apreciada por los surfistas, y Pissouri no deja de tener su encanto. La playa de Petra tou Romiu es de guijarros pulidos, pero está muy concurrida por el mito del nacimiento de Venus; se pintan corazones en la roca y se dice que sus aguas brindan fertilidad... Cerca de Pafos, la Bahía de los Corales tiene fama de ser buen sitio de ligue. La tranquila Paxyammos es una de las pocas con servicios gratuitos. La playa de Polis, bastante salvaje, tiene sin embargo la ventaja de estar pegada a la marina y a la hilera de restaurantes y terrazas de todo tipo que bordean el novísimo paseo marítimo. El número de banderas azules en las playas de Chipre pasa del medio centenar.

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