6 formas de vivir Lyon como un lionés

La península lionesa no es Manhattan, ni su centro París, pero no tienen nada que envidiarles. Lyon es una ecuación perfecta entre vanguardismo y pasado afrancesado que conquista sin necesidad de grandes atracciones.

Ángela Sanz Diéguez
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Conocer la ciudad y sentirse uno más de sus habitantes en poco tiempo es posible. Sus calles son fáciles, todo está al alcance del metro o el tranvía y no conocen las aglomeraciones si no son en una pâtisserie un domingo después de misa.

Pasar un momento con la única compañía de una bandada de cisnes

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Durante el fin de semana en los alrededores del Musée des Confluences, situado al sur de la península que conforma el centro de Lyon, suele haber bastante gente paseando y tomándose un sinfín de fotos. Sin embargo, los días laborables el lugar está vacío, exceptuando la fugaz presencia de algún corredor. Es entonces cuando un grupo de cisnes se reúne durante horas despreocupadamente allí donde los ríos Ródano y Saona se funden en uno solo, regalando a los afortunados que pasan por allí el privilegio de acercarse cuanto quieran.

Hacerte pasar por francés en el Café 203

El Café 203 es ese que se nos viene a la mente cuando pensamos en un café francés: con sus pequeñas mesas apelotonadas en perfecta armonía en la terraza, su emplazamiento en una calle adoquinada, sus cervezas en vaso largo y el vino en pequeñas copas y su amplia carta llena de delicias francesas y otras más internacionales. Un lugar acogedor, muy recomendado por los lioneses para después del trabajo o para una cena con amigos. Está en el número 9 de la Rue du Garet.

Ir de compras al mercado del domingo

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Los domingos, la rivera del Saona, concretamente el Quai des Célestins, se convierte en un mercado que alberga decenas de puestos de frutas, verduras, pan, dulces y otros de comida preparada. Uno de ellos vende marisco fresco y cocinado, además de vino blanco de la región, que se pueden tomar allí mismo en unas mesitas plegables con vistas a la Catedral Saint-Jean-Baptiste y el resto del barrio Vieux Lyon, en las faldas de la colina Fourvière.

Hacer un picnic en las alturas

Lo mejor que tiene Lyon son sus miradores. Las dos colinas que delimitan la ciudad por el norte y por el oeste ofrecen un paisaje inmejorable. Desde la Fourvière, al oeste de la ciudad, es posible encontrar estrechos y empinados senderos que transcurren entre algunos de los edificios de Vieux Lyon, que suben hasta lo más alto de la colina. Desde allí arriba, la Basílica de Notre Dame de Fourvière vigila la ciudad y son muchos los que la visitan para deleitarse con las vistas. Para encontrar un mirador igual de impresionante y mucho menos abarrotado, es necesario dejar a la izquierda la basílica y buscar el Jardin des Curiosités, en la Place de l'Abbé Larue número 8, un pequeño parque en pendiente, enmoquetado de césped y salpicado con algunos árboles que ofrecen una estirada sombra. Aquí se puede estar tirado en la hierba desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la tarde, tiempo suficiente para deleitarse con un atardecer anaranjado sobre los tejados de la ciudad. No suele estar muy concurrido pero siempre hay grupos de jóvenes bebiendo y comiendo algo sobre el césped.

Exprimir al máximo la Croix-Rousse

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La Croix-Rousse, custodia de la ciudad por el norte, tiene un encanto especial plasmado en guirnaldas atravesando las calles, cafeterías modernas, grafitis que se acercan más al arte contemporáneo que al callejero y originales comercios estéticamente muy cuidados. También ofrece ciertas localizaciones privilegiadas para contemplar la extensión de la llanura de la ciudad por el sur y el este, pero también para observar la Fourvière en todo su esplendor.

La subida hasta el parque Grande Côte, por una interminable escalera, no es nada fácil pero lo compensa el mirador de la cima. Una vez atravesado el parque, es posible sentarse con los pies prácticamente tocando las copas de los árboles. Aquí la vista de la ciudad tiene un zócalo verde de hojas.

Tomar un gratén de patata de madrugada

Después de unas cuantas, las cervezas de los pubs, en Lyon y en todo el mundo, dan hambre. Para saciar el apetito de forma copiosa, en el número 18 de la Rue Terraille se encuentra la Gratinee, un híbrido entre restaurante y club privado en el que es imprescindible ser socio o, en su defecto, estar dispuesto a obtener el carnet en la entrada. Es un restaurante en el que, de martes a sábado y a cualquier hora entre las 11 de la noche y las 7 de la mañana, puedes comer un solomillo de ternera o una tortilla francesa, ambos acompañados de un delicioso gratén de patata.