Los 6 lugares en Mallorca donde disfrutar fuera de temporada

De norte a sur, esta ruta recorre algunas de las calas más singulares y encantadoras de Mallorca, una isla llena de poesía y rincones sorprendentes.

Irene González
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Quizá sea la isla del Mediterráneo más conocida del mundo en época estival, pero en invierno se transforma en un paisaje cuajado de colores, donde sus montes se entremezclan con sus preciosas calas turquesas abrazadas por el mar, y donde la vida lleva otro ritmo. Estos rincones mallorquines ofrecen inviernos templados para disfrutar, como ya lo Grace Kelly, Chaplin, o Winston Churchill. Cuenta con más de 200 calas y playas por las que perderse, y encontrar el rincón perfecto. Calas solitarias o arenales de mar calmo, suponen la escapada perfecta en el que disfrutar de unos días de pausa.

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Existe la Mallorca pagessa y laboriosa, esencialmente agrícola, de hermosos y austeros pueblos, con iglesias imponentes, y donde aunque no lo parezca, el mar casi los abraza. También existe la Mallorca de leyenda en el paisaje en torno a Valldemossa y Deià, donde cada casa, cada huerto, cada olivo, ya casi cada, evoca a los personajes ilustres que aquí residieron, desde Chopin y George Sand, a Rubén Darío y la emperatriz Sissí. Y a Jovellanos, Azorín, o Robert Graves. 

También la isla misteriosa y arcana de Raimundo Lulio, que tras una vida licenciosa en la corte, se retiró a una cueva en el Monte de Randa para meditar entre montañas coronadas por santuarios. Y la Palma secreta, de enormes portalones cerrados, y palmeras que asoman sobre sus altos muros. Recorremos de norte a sur las más singulares de una isla cuajada de poesía. Al norte, la Villa de Pollença se eleva en las últimas estribaciones de la famosa sierra de Tramuntana. En la población, que ha sido un interesante punto de encuentro de pintores, destaca el original Calvari, con sus escalinatas y monumentos.

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Entre ellos destaca su puente romano que cruza el torrente de Sant Jordi, y del que algunos valoran que es romano, y otros, que es de la época medieval, cuando Pollensa estaba dominada por los Caballeros Templarios. Hacia el oeste se llega al Port, un antiguo núcleo pesquero, con un largo paseo marítimo y una magnífica vista sobre la bahía. Hacia el sur, Alcúdia, que se levanta sobre la ciudad romana de Pollentia, fundada por Quinto Cecilio Metelo, el conquistador de las Baleares, en el 123 a. de C. En estas interesantes ruinas se puede transitar por dos calles, por parte de la muralla, y por varias viviendas. 

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Y por supuesto, por su teatro romano tallado en la roca. Sin duda, es uno de los pueblos más bonitos de nuestra geografía, que ya en tiempos fue habitado por fenicios, griegos, y más tarde romanos. Y también fue deseada por vándalos, bizantinos y árabes, que la atacaron continuamente para hacerse con ella. Su casco antiguo posee magnificas murallas medievales, donde destaca la espectacular porta de Xara, y el bastión de Sant Ferran. La gótica iglesia de Sant Jaume merece un respiro, pero sobre todo, perderse por sus callejuelas llenas de casas con patios sombreados, y disfrutar de las Casas Señoriales, la arquitectura medieval, y las majestuosas mansiones de los nobles.

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A unos 2 kilómetros se encuentra el Port d’Alcúdia, donde su antigua zona pesquera es una delicia en invierno, y sin duda el mejor lugar para descubrir tradiciones mallorquinas. Hacia el sur se despliega el Parque Natural de S`Albufera, uno de los espacios protegidos más singulares de la isla, que en invierno muestra todos sus encantos. En sus lagunas se observa la riqueza ornitológica de la isla, que aquí aglutina más de 230 especies de aves. En sus observatorios es una delicia contemplar a espectaculares flamencos y garzas imperiales.

Más adelante, la villa de Artà se levanta sobre una colina coronada por un recinto amurallado. Allí se encumbra el santuario de Sant Salvador y, algo más abajo, la iglesia de la Transfiguració. A las afueras de esta encantadora villa está el increíble poblado talayótico de ses Paisses, donde su muralla, con un dintel monumental, se ha convertido en todo un símbolo de la isla. Muy cerca, en Canyamel, está las Coves d’ Artà, con impresionantes estalactitas y estalagmitas. Entre calas y por la costa, Portopetro parece un paisaje sacado de una acuarela. Sus tranquilas aguas cuajadas de barcas, y sus pequeñas casas junto al mar, no pueden ser más seductoras.

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Se ha convertido en un clásico de la navegación de Mallorca, por la deslumbrante belleza de la bahía natural que lo rodea. Cruzando el elegante Santanyí que destaca por el color dorado de su piedra, se alcanza el Cap de ses Salines, la esquina más meridional de Mallorca. El paisaje de Ses Salines ofrece tiene costas solitarias, bellísimas playas y calas, que enamoran. Frente a este confín se extiende la silueta del archipiélago de Cabrera, que aún hoy, se conserva prácticamente virgen.