5 pueblos mágicos de la Sierra de Aracena

Encinas, alcornoques, robles y castaños alfombran los rugosos suelos de la Sierra de Aracena en Huelva. Sobre tan singular tapiz vegetal campa el cerdo ibérico, el rey de la dehesa, santo y seña de todo gastrónomo, símbolo del mejor y más exquisito sabor de España.

Manuel Mateo Pérez
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Aracena

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Desde lo alto del castillo templario de Aracena, a un paso de la iglesia de Nuestra Señora del Mayor Dolor, se advierte una de las más bellas vistas de la sierra onubense. En la Plaza Alta, a la vuelta de la antigua casa consistorial, se erige un templo que hace siglos dejaron a medio construir. Se trata de la iglesia de la Asunción, de corte renacentista cuando a principios del siglo XVI la quisieron levantar en una de las lomas principales de Aracena. El templo de Santa Catalina, que queda próximo, fue sinagoga hasta la expulsión de los judíos. Pero es en las entrañas del cerro del Castillo donde Aracena atesora su mayor secreto. Se trata de la cueva de las Maravillas, una inmensa oquedad de caprichosas y formidables formas que se extiende a lo largo de 2.130 metros.

Alájar

Alájar, en la sierra onubense de Aracena, es un pueblo de estampa seria, de postal antigua, con estrechas calles y ordenados arriates. |

Alájar es uno de los pueblos más encantadores de Andalucía. Cargado de resonancias mágicas, los viejos del lugar cuentan historias asombrosas surgidas en las oquedades de la peña que protege el pueblo. La peña de Arias Montano está horadada por profundas y oscuras gritas de complicado acceso. Aquí sitúan los viajeros buena parte de las leyendas que hacen de Alájar un destacado enclave de aquello que han dado en llamar la Andalucía Mágica. La peña recibe el nombre de Arias Montano en honor a un consejero del monarca Felipe II que llegó hasta aquí para estudiar en profundidad algunos pasajes de la Biblia. Hoy esta quilla montañosa es lugar mariano. Coronando el abrupto cerro está el santuario de Nuestra Señora de los Ángeles, lugar de peregrinación de devotos y feligreses de la Sierra de Aracena.

Almonaster la Real

Basotxerri / Wikicommos

El nombre de Almonaster la Real evoca de inmediato su pasado árabe. El pueblo se arracima en torno a un suave cerro cicatrizado por una vieja muralla romana y mora. Castañales y robledales centenarios rodean la villa. El barrio viejo está salpicado de casas nobiliarias, de palacetes solariegos que evidencian tiempos de mucho boato. Las iglesias de San Martín y del Perdón ilustran épocas tardo góticas y renacentistas, mientras en el altozano que preside la villa la mezquita aljama sigue ejerciendo de emblema monumental. Erigida en el siglo X sobre restos visigodos, la mezquita se dispone en torno a unas equilibradas naves de donde penden columnas y capiteles bellamente labrados. Desde lo que en otro tiempo debió ser el patio de las abluciones se advierte hoy una de las vistas más hermosas de la localidad.

Fuenteheridos

Basotxerri / Wikicommons

Fuenteheridos está declarado conjunto histórico artístico por el tipismo y colorido de sus calles y plazas, por la blancura de sus casas y la disposición de los interiores, con miradores desde los que se contempla la rugosidad de la sierra. En el barrio viejo mana una fuente de doce caños de la que brotan al día más de dos millones de litros de agua que riegan huertas y árboles frutales. Y sus iglesias, a media distancia entre los alientos del gótico y el primer renacimiento, contrastan con el conjunto de casonas solariegas y palacios de una aristocracia serrana que constituye uno de los ejemplos patrimoniales más valiosos del norte de la provincia de Huelva.

Jabugo

Un camino de castaños escolta la carretera que sube hasta Jabugo. Las dehesas se extienden por lomas y cerros. Nada más coronar la villa se percibe un aroma que no abandonará al viajero durante su visita a Jabugo. La plaza del Jamón, epicentro de la vida cotidiana en Jabugo, huele y sabe mejor que ninguna otra en la Sierra de Aracena. A su alrededor hay restaurantes que han hecho del jamón ibérico su producto estrella. Fábricas de charcutería, algunas de ellas familiares, exponen sus productos a los ojos y la gula del visitante. No hay estantería que se precie que no exponga paletillas, perniles, chorizos, morcillas, solomillos, lomos, morcones, embuchados y puntas de costilla.