24 horas en Vitoria

La capital del País Vasco invita a conocerla sin urgencias, de modo de relajado y siempre a pie.

Adrián Lorenzo
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Foto: Salima Senyavskaya / ISTOCK

A Vitoria no solo se viene a comer pinchos y a ver a Celedón. La capital del País Vasco posee centenares de tentaciones como para disfrutarlas todas en tan solo veinticuatro horas. Sin embargo, en un día da tiempo a recorrer algunos de sus lugares más famosos y así tener una primera toma de con la ciudad. Conviene levantarse temprano al toque de las campanas de la Catedral Vieja, la de Santa María, y desayunar churros con chocolate o un bollo de mantequilla en alguna de las cafeterías colindantes al gran templo alavés. Con el estomago lleno las cosas se ven de diferente manera y cuando las agujas de su torre marcan las 10:00 es hora de comenzar con el tour.

Antes de entrar en el complejo arquitectónico conviene conocerlo por fuera. La catedral fue construida en el siglo XII en la parte más alta de la ciudad y formó parte de la muralla medieval que protegía Vitoria, como atestiguan los muros del lado norte. En su lado sur se encuentra el pórtico absidado que protege la portada. Sobre él, se levanta la torre del campanario, que alcanza los sesenta metros de altura. En los aledaños destaca también la estatua de Ken Follett, escritor que se inspira en las obras de la catedral para elaborar una de sus obras más famosas: Los Pilares de la Tierra.

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Una vez en el interior, la perspectiva de la visita, guiada y completamente accesible, es muy diferente a la habitual, ya que varía en función de los procesos de restauración. Y es que a diferencia de otras catedrales, la de Vitoria decidió no cerrar sus puertas a pesar de estar en obras. Ataviados con un casco y paseando entre andamios y zanjas, los turistas pueden visitar si las obras lo permiten: las criptas musealizadas, la nave principal de 404 m², la torre campanario, el altar y las gigantescas bóvedas.

Nada más salir de la Catedral Vieja de Santa María, conviene dirigirse hasta la Plaza de la Virgen Blanca, otro imprescindible de la ciudad. Ubicada a unos 500 metros del templo, para llegar hasta allí hay que descender por la Calle de las Escuelas, bajar un tramo de unas 45 escaleras y girar hacia la izquierda por la Plaza Machete.

Tras un recorrido de diez minutos, la Plaza de la Virgen Blanca aparece como por arte de magia a la derecha. Rodeadas de casas y edificios de diferentes estilos arquitectónicos, el enclave constituye uno de los lugares de encuentro de los y las vitorianas y un marco de celebración de numerosos eventos, entre ellos el más concurrido sin duda es la bajada de Celedón como inicio de las fiestas patronales en Agosto en honor la virgen que lleva el mismo nombre.

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El recinto está a tres minutos de la iglesia de San Vicente Mártir. En su interior destacan tres naves, construidas a las misma altura; la capilla del Carmen, con elementos del renacimiento tardío; y la capilla de Santa Cruz, con bonitos detalles en madera.

La ruta por la ciudad continúa por el Casco Viejo, donde los turistas pueden hacer una pausa para descansar y picar algo en alguno de los bares más típicos como Tabanko, Arkupe, Perretxiko y la Malquerida. La merluza en salsa verde, el marmitaco de bonito, el bacalao al pil-pil o las alubias con sacramentos con algunos de los imprescindibles en estos restaurantes.

Después de haber probado la galardonada cocina local, es hora de examinar en profundidad la parte más antigua de la ciudad. Pasear por sus calles es hacerlo por empedradas y empinadas vías que recuerdan a los oficios artesanos que se asentaban allí: Correría, Herrería, Zapatería, Pintorería… Algunos de los edificios que más llaman la atención del Casco Viejo son los palacios renacentistas de Escoriaza-Esquivel y el de Montehermoso, ambos construido en el siglo XVI, ubicados en la calle Fray Zacarías Martínez y convertidos hoy en centro cultural.

A escasos metros de allí, se encuentra la Casa del Cordón, palacio construido en el siglo XV con dos hermosas puertas gemelas en la fachada; y el Palacio de Bendaña, edificio que junto a otro anexo alberga el Museo Bibat (fusión del Museo Fournier de Naipes de Álava y el museo de Arqueología provincial).

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Al atardecer, el Parque de las Florida es el lugar preferido por turistas y locales para pasear y disfrutar de la puesta de sol. Su trazado tiene una clarísima influencia de los jardines franceses del siglo XIX: recorridos de caminos sinuosos, elementos rústicos, vegetación variada donde abundan las coníferas y las coloridas flores… En total hay 95 especies diferentes de árboles, entre los que destaca un ejemplar centenario de nogal que alcanza los 30 metros de altura.

De camino a Catedral Vieja de Santa María, donde comenzó el itinerario, está el restaurante El Portalón, uno de los más antiguos y donde mejor se come de la ciudad. Ubicado en el interior de una casa de postal del siglo XV, el establecimiento ofrece catas de vino, cenas dramatizadas y cocina vasca de alta calidad.

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