24 horas en Salamanca

Una universidad con más de ocho siglos de historia, un patrimonio monumental que para sí quisiera alguna de las más importantes capitales europeas, un legado literario de incalculable valor y un bullicio embaucador y cosmopolita han hecho de Salamanca un destino irrenunciable.

Manuel Mateo Perez
 | 
Foto: ISTOCK

Toda ordenada visita debe comenzar en el puente romano, sobre las aguas del río Tormes. Allí, en una de sus entradas, aún pervive la memoria del pícaro lazarillo y su amo ciego. De la fábrica romana quedan los quince arcos que miran a la ciudad. Los demás fueron reconstruidos tras la catastrófica riada de 1677.

Es verdad cuanto cuentan de la Plaza Mayor. Es auténtica su impronta literaria, su semblante taciturno y melancólico, su aspecto señorial, notable y preclaro. Por la mañana, "la plaza" –como sencillamente la llaman– es un ameno paseo para familias y venerables ancianos. Por la noche, con las luces iluminando sus cuatro lados y las aulas cerradas a cal y canto, su semblante es otro: Llega a ella la animación, la juventud y la bulla. De pronto, la plaza se convierte en el santuario más cosmopolita y vivo de la vieja y achacosa Castilla.

bluejayphoto / ISTOCK

Las obras de la Plaza Mayor se iniciaron en 1729 bajo los planos del joven arquitecto Alberto de Churriguera. Su halo barroco se acentúa en los soportales que el artista proyectó para salvaguardar al vecindario de los rigurosos inviernos que azotan el Campo Charro. La plaza tiene dos puertas muy transitadas: El arco del Toro y el Ayuntamiento. Centrada sobre el edificio municipal se alza una espadaña decorada con cuatro esculturas que representan las virtudes de la Astronomía, la Ciencia, la Agricultura y la Industria. Al lado de las terrazas, próximo a los puestos callejeros, a los solares donde actúan malabaristas y tuneros, abre sus puertas el café Novelty. Ha cumplido un siglo bajo los soportales de la plaza. En él hay una escultura en bronce de don Gonzalo Torrente Ballester, parroquiano y contertulio de aquellas citas donde se habló de los gozos y las sombras de un tiempo ya marchito.

Más de ocho siglos de historia arrastra la Universidad salmantina. El más antiguo centro del saber castellano fue aula de Calderón de la Barca y Francisco de Quevedo, púlpito para Fray Luis de León y Miguel de Unamuno, inspiración de Cervantes y meca para todos los viajeros románticos del XIX. Las umbrías y serpenteantes calles de Libreros y Compañía trepan hasta el barrio plateresco. En él, próximo a las Escuelas Menores, se encuentra el solariego edificio del XVI convertido hoy en casa museo de Unamuno. El temperamental rector salmantino dictó cátedra entre los años 1900 y 1914, y conoció al dedillo los secretos y grandezas de la más importante universidad española de la época.

bluejayphoto / ISTOCK

Lo que más sobrecoge de ella es su fachada plateresca. Las Escuelas Mayores, como popularmente se la conoce, es un delirio de  tallistas. En su retablo se agolpan efigies humanas, divinidades, jerarcas de la Iglesia, heráldicas, medallones, escudos de armas, motivos vegetales y geométricos, grotescos animales, enigmáticas calaveras, volutas y terroríficos dragones. Hasta una rana hay en la fachada, una rana que la agudeza visual del viajero deberá encontrar entre ese tumultuoso mar de piedra tallada. Las viejas  leyendas aseguran que los alumnos de otros tiempos buscaban desesperadamente el anfibio creyendo hallar en él una fuerza sobrenatural que le ayudara a salir victoriosos de sus duros y severos exámenes.

Por dentro no hay que dejar de visitar la deslumbrante escalera gótica y la cátedra de fray Luis de León, cuyo eco parece repetir aún: "Decíamos ayer...". El claustro, con su hermoso artesonado mudéjar, el paraninfo, la capilla y la copiosa biblioteca repleta de manuscritos e incunables son piezas únicas de la historia universitaria europea. Frente a las Escuelas Mayores quedan las Escuelas Menores. El busto en bronce de Fray Luis de León las separa. Dentro de estas últimas se alza el bello claustro, lugar de cita y reunión de jóvenes universitarios que aprovechan las horas del mediodía para almorzar entre sus lustrosos e históricos arcos.

Casa de las Conchas, Salamanca. | thehague / ISTOCK

La Clerecía, sede de la Universidad Pontificia de Salamanca, queda próxima, al igual que la Casa de las Conchas, aquel capricho señorial del canciller de la Orden de Santiago que ordenó decorar la fachada de su mansión con el símbolo compostelano.

Por tener, Salamanca tiene hasta dos catedrales, una vieja y una nueva. La Catedral Vieja es románica, adusta y severa en sus líneas y formas. Se comenzó a construir durante el reinado de Alfonso VII de León, allá por 1140. Por fuera se levanta la torre del Gallo y por dentro un conjunto de columnas, capiteles y capilla que empiezan a declararse próximas a los postulados góticos. La Catedral Nueva es abrumadoramente más sofisticada, proporcionada y luminosa que su senil hermana. Erigida entre los siglos XVI y XVIII, se acusa en ella la pervivencia de un depurado estilo tardo gótico y la influencia de nuevas corrientes arquitectónicas como el plateresco y el barroco. Su fachada es un alarde de fastuosidad y brillantez, y su interior un mar de columnas y un cielo de labradas bóvedas.

Catedral Nueva de Salamanca. | bluejayphoto / ISTOCK

Almorzar y cenar es una grata tarea en las calles del centro histórico. Y no hay nada mejor que concluir el día paseando una vez más la Plaza Mayor de la ciudad, silenciosa, ausente, solitaria, literaria…