24 horas en Oviedo

Oviedo es una ciudad en la que quedarse a vivir. Inventó el urbanismo peatonal, es dueña de una catedral literaria y un mercado donde se come muy bien y en sus cercanías posee dos monumentos que han escrito algunas de las páginas más memorables de la historia del arte en España. Pero si solo disponemos de veinticuatro horas he aquí un puñado de propuestas.

Manuel Mateo Pérez
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Oviedo es una de las ciudades más encantadoras de España. No es solo la capital de una región, es un lugar que ha servido de modelo a un nuevo concepto urbano. Comenzó por ser la primera gran capital española en peatonalizar su centro histórico. Y desde entonces buena parte del resto de ciudades del país han copiado su modelo.

En Oviedo conviene despertarse temprano y echarse a andar. El toque de campanas del monastero de Las Pelayas nos anima a buscar la calidez de las calles y plazas de la vieja Vetusta retratada en La Regenta por don Leopoldo Alas Clarín. La Catedral ha de ser nuestra primera visita. Nos llevará varias horas contemplar el mayor templo de la ciudad porque además de su aliento gótico la seo encierra buena parte de la memoria histórica de la ciudad y del Principado de Asturias. La Cámara Santa, por ejemplo, atesora algunas de las reliquias más veneradas por la cristiandad hispana.

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A mediodía la plaza de Porlier está frecuentada por estudiantes universitarios. El rectorado es un edificio clasicista que programa a lo largo del año decenas de actividades culturales. En la plaza se halla la escultura titulada “El regreso de Williams Arresensberg”, conocida popularmente como ‘el viajero’. Es obra de Eduardo Úrculo y representa la llegada del personaje con sus clásicas maletas y observando desde lo lejos la aguja gótica de la torre campanario de la Catedral.

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La calle Mendizábal conduce hasta El Fontán que es el mercado de abastos de la ciudad y una suerte de plaza mayor en miniatura donde abundan los restaurantes y tabernas de cocina tradicional. A la hora del almuerzo este delicioso espacio es una tentación para el paladar. He aquí una propuesta de menú: una ración de pitxín rebozado con una bien escanciada botella de sidra artesanal. ¿Quizá algo más sustancioso? Entonces el comensal ha de inclinarse ante unas deliciosas fabes y un cachopo de segundo.

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Sea cual sea el menú elegida la tarde invita a andar. Al lado de El Fontán se halla la plaza de la Constitución donde se halla el Ayuntamiento y la iglesia de San Isidoro. La calle Cimadevilla, una de las clásicas del viejo Oviedo, está llena de tiendas de recuerdos, cafeterías para hacer un descanso y boutiques de alimentación donde adquirir la quintaesencia de la gastronomía asturiana. La calle empieza (o termina) en el Museo de Bellas Artes.

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La tarde se ha echado y es hora de buscar el paseo en el Campo de San Francisco, buscar una buena mesa en los restaurantes que rodean el famoso y señorial teatro de Campoamor y dedicar las últimas horas del día a saludar al cineasta Woody Allen, que anda cabizbajo frente a la calle Uría dando vueltas a su próxima historia.

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Y una última propuesta. Si esa noche hemos descansado y a la mañana siguiente nos hallamos con fuerzas nada mejor que subir andando hasta Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo a descubrir dos de las joyas más imperecederas del prorrománico asturiano. Desde esas colinas siempre verdes Oviedo es una ciudad de ensueño que nos convencerá de no abandonarla.

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