24 horas en Mérida

Manuel Mateo Pérez
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Roma dividió la península en tres vastas provincias: Bética, Tarraconensis y Lusitania. Mérida, la Emérita Augusta, fue capital de esta última. Durante siglos, Mérida ejerció como capital jurídica, económica y cultural de un ancho territorio que, por el norte, extendía sus brazos hasta los confines del Duero. Las piedras cuentan que Mérida fue fundada el año 25 antes de Cristo. La Vía de la Plata, que abasteció de riqueza y cultura el occidente peninsular, hizo de Emérita Augusta una ciudad mimada y protegida por senadores, patricios y poetas.

Mérida es un ciudad apiñada, pintada en blanco, sobrevolada por las cigüeñas, con soleadas calles y alargadas plazas. La ciudad sorprende al viajero con monumentos de color pardo, tapizados con enormes piedras, tocados por la leyenda y el misterio que suscitan dos milenios de historia. Desde bien temprano conviene echarse a andar por la ciudad extremeña. El templo de Diana, que está en un cruce de caminos, se levanta con un liviano juego de columnas y capiteles corintios ¿Cómo han podido resistir tanto tiempo erguidos? La razón habría que buscarla en el palacio del Conde de los Corbos, un suntuoso edificio renacentista que utilizó buena parte de la fábrica romana para apuntalar sus galerías y dependencias. El templo de Diana fue en realidad un lugar destinado al culto del emperador. El santuario se empezó a construir veinte años antes de que naciera Cristo.

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A mediodía las aguas del Guadiana buscan el sur dejándose caer por los sesenta arcos que sostienen el Puente Romano de Mérida. Sus 792 metros unen las dos orillas del río. El puente posee tres tramos. El primero de ellos, aquel que mira a la ciudad vieja, es el mejor conservado, el más lustroso y lozano. Fue levantado el mismo año de la fundación de la ciudad, es decir, el 25 antes de Cristo. Su piedra, su trazado, las islas que el Guadiana va dejando a su paso, contrastan con el puente blanco de Lusitania, levantado en los últimos años para garantizar el tráfico rodado entre las dos orillas y descongestionar así el más antiguo de la ciudad.

No queda lejos la Casa del Mitreo. Situada próxima a la orilla del Guadiana y la plaza de toros, la Casa del Mitreo es una estancia señorial dispuesta en torno a tres patios, habitaciones familiares, dependencias comerciales, jardines y termas. Destacan sus pinturas murales y los mosaicos policromados.

Las tabernas y restaurantes que rodean la Puerta de la Villa y las calles Santa Eulalia y Sagasta ofrecen cocina extremeña y toques de modernidad para una gastronomía de mercado y apegada a la tierra. La capital de Extremadura (aquí abre el parlamento regional) es un destino para caminar despacio y sin prisas, siempre con un ojo pegado a la historia. La tarde conviene dedicarla a conocer sus monumentos más emblemáticos. 

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El Teatro Romano fue inaugurado el año 15 antes de Cristo. El edificio lo costeó Marco Agripa, que fue yerno de Octavio Augusto. Agripa mandó levantar un coliseo que compitiera en belleza y prestigio con el de Roma y con el de las ciudades más agraciadas por el Imperio. Los arquitectos erigieron tres tramos de cáveas para más de seis mil personas. El escenario, el frons scaenae, desafió al cielo con sus dos suntuosos órdenes de columnas y un conjunto de delicadas esculturas inspiradas en la tradición grecolatina. Hoy es sede del Festival de Teatro Clásico que se celebra en las noches del verano extremeño.

Al lado se halla el Anfiteatro Romano de Mérida, inaugurado años después que el teatro con un sangriento espectáculo de gladiadores y animales salvajes. El año 8 antes de Cristo más de catorce mil espectadores contemplaron en la arena la lucha entre el hombre y la bestia. La planta elíptica del monumento ha pervivido hasta nuestras días, tanto como el graderío y las tres puertas monumentales que daban acceso al interior.

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Pero ambas visitas estarían incompletas sin el museo que interpreta la historia de Mérida. El Museo Nacional de Arte Romano no tiene dos mil años, pero muchas de las piezas que atesora sí. El museo fue inaugurado en 1986, meses después de que el arquitecto Rafael Moneo pusiera el último ladrillo a un suntuoso edificio que recuerda los sistemas clásicos de construcción postulados en tiempos de Roma. El sol de la mañana entra por el techo alumbrando grandiosas salas. La luz ensalza las esculturas de emperadores, divinidades, senadores y patricios que se granjearon el amor y el odio de su pueblo. En la cripta, en los subterráneos del museo, aún son reconocibles los trazados de las viejas calzadas, el alzado de las casonas señoriales, el ingenio de las conducciones hidráulicas o la delicadeza de las pinturas murales.

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