24 horas en Jaén

La ciudad echibe el patrimonio renacentista más impactante de España con una catedral única. Pero hay más: Hay un castillo de ensueño, unos baños árabes y el mejor aceite de oliva virgen extra del mundo.

Manuel Matero Pérez
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Jaén arrastra un problema: Vivir al lado de ciudades de tan incontestable belleza como Granada y Córdoba solo acarrea complicaciones. Para ponerlo aún más difícil Jaén en su raíz árabe significa “tierra de paso”. Es injusto, pero lo cierto es que durante largos siglos Jaén jugó el desagradecido papel de ser tan solo un lugar de parada y fonda. Hoy, por suerte, la cosa es bien distinta. Jaén comienza, con todo merecimiento, a atraer cada día mayor número de turistas y viajeros. Y es que pocas ciudades de España pueden presumir de contar con un patrimonio renacentista tan fascinante, una vida a escala del hombre, una gastronomía inspirada en el aceite de oliva que sacia los estómagos más exigentes y un enclave en los mapas de carretera que nos permite llegar en poco tiempo a los espacios naturales más valiosos de este país.

Por decirlo claro: Jaén es un paraíso interior donde todo está por descubrir. Veinticuatro horas en la capital nos permite disfrutar de una ciudad que una vez descubierta rara vez olvidaremos.

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Si llegas desde la autovía de Bailén te encontrarás Jaén de frente. A los pies de la ciudad se extienden los campos de olivos. El caserío blanco trepa por las faldas de un cerro tapizado por pinos. En su cumbre se erige el castillo de Santa Catalina y en un extremo del cerro una cruz blanca como un faro que vigila la ciudad. Detrás de él, como telón de fondo, los picachos de Sierra Mágina y Jabalcuz.

Lo mejor será entrar por el paseo de la Estación y rodear la plaza de las Batallas, donde se erige un monumento del escultor Jacinto Higueras que recuerda las contiendas de las Navas de Tolosa (1212) y Bailén (1808). Conviene dejar claro desde el principio de la visita que Jaén es una ciudad para demostrar que estás en perfectas condiciones físicas. La capital está recostada sobre una pronunciada cuesta. Lo mejor es comenzar por la Carrera, la calle más populosa de la capital que conduce hasta la plaza de San Francisco y las espaldas de la Catedral. En la Carrera se alza un puñado de edificios de principios del XX. La Carrera, además, está salpicada de comercios de toda la vida.

El aliento renacentista de la ciudad late en la plaza de San Francisco. Allí está el viejo convento franciscano, sede de la Diputación Provincial de Jaén. En su patio destacan las galerías, las columnas y los capiteles, y hasta una fuente que en el centro muestra una imagen tallada en piedra de la Inmaculada Concepción.

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Justo enfrente del palacio de la Diputación está la Catedral. Erigida sobre los restos de la vieja mezquita aljama, la Catedral de Jaén es la quintaesencia del Renacimiento. Pocas catedrales pueden presumir en España de tan bellas y ordenadas proporciones, de tanta armonía y tanta delicadeza ornamental. Levantada entre los siglos XVI y XVII, la Catedral fue la obra cumbre del arquitecto Andrés de Vandelvira que trazó la sacristía, la sala capitular, la fachada y sus dos esbeltos campanarios. Si por fuera es hermosa, por dentro lo es aún más. Ordenada en torno a tres diáfanas naves, la Catedral se desdobla en diecisiete capillas levantadas en distintos momentos de la historia. Las autoridades locales quieren que la Catedral sea declarada Patrimonio Mundial, de igual que forma que en 2003 la Unesco reconoció a las ciudades jiennenses de Úbeda y Baeza. Pero ahora el expediente se ha paralizado a la espera de mejores momentos.

De la plaza de Santa María parte la calle Maestra, la más antigua calle de la ciudad, una calle peatonal encantadora que nos conduce a los callejones de las Tascas donde recobrar fuerzas y disfrutar de vinos de Jaén y raciones de flamenquines (rollos de carne empanados con jamón y huevo duro), migas con avíos, montaditos de morcilla y chorizo o jugosos revueltos de espinacas con pasas y piñones.

Parador de JaénEn otro cerro de Santa Catalina se alza el Parador de Jaén, una fortaleza árabe del siglo XIII con un mar de olivos a sus pies. Olivos que pueden ser contemplados desde las ventanas de las habitaciones, bendecidas por esa luz que se cuela por cada rincón y se desliza después bajo los arcos cruzados, a 20 metros de altura, del salón principal. Gazpachos y pipirranas le dan al hotel su sabor andaluz. |

A medio camino entre el barrio de San Juan y la Magdalena está el palacio de Villardompardo. En este soberbio edificio del siglo XVI existen tres motivos para invertir una cultural y apacible tarde. El primero de ellos son los Baños Árabes. En los sótanos del palacio se localizan las termas árabes mejor conservadas de España. Impresiona el orden de las salas fría, templada y caliente, la restauración que en su día realizó el arquitecto jiennense Luis Berges, que consiguió con su trabajo el prestigioso Premio Europa Nostra. Al lado se halla la iglesia de la Magdalena. Los vecinos cuentan la historia de su raudal de agua, situado enfrente de la portada gótica del templo. Cuenta la leyenda que un enorme lagarto atemorizaba cada noche a los vecinos del Jaén medieval hasta que un valeroso muchacho le hizo tragar un carnero cargado de explosivos. De aquella leyenda viene una de las frases más populares de la ciudad. La frase es toda una maldición: “Ojalá estalles como el lagarto de Jaén”. Sea como fuere el lagarto se ha convertido en el símbolo más popular de la capital.

No hay que abandonar la ciudad sin subir al castillo árabe. La fortaleza está consagrada a Santa Catalina. La entregó el rey Alhamar a Fernando III en la primavera de 1246. A su lado, y guardando la estética de la piedra vista, edificaron en la década de los sesenta uno de los mejores paradores de turismo de la red nacional. El castillo de Santa Catalina domina el paisaje de Jaén. Su torre del Homenaje es visible desde cualquier lugar de la capital. Un camino empedrado que nace a un lado de la puerta de entrada a la fortaleza conduce en medio de la espesura hasta la Cruz del Castillo. Desde aquí se divisa la más hermosa vista de la capital. Ya sea por la mañana, por la tarde o por la noche, su contemplación no deja indiferente. Mirando hacia el norte se divisa Sierra Morena, el valle del Guadalquivir y ese ordenado e infinito ejército de olivos. Hacia el sur, Sierra Mágina y a los pies la capital con la Catedral en el corazón del caserío.