Los 15 pueblos más bellos de Francia

Encanto rural. Alguno de estos pueblos pertenece a la asociación Les Plus Beaux Villages de France, otros no, pero todos comparten la belleza, el encanto rural y el gusto por la excelencia que caracteriza a los pueblos más bellos de Francia.

Carlos Pascual
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No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su hora. Creo que fue Víctor Hugo quien acuñó la frase, no sé dónde ni cuándo, pero acertó. Y algo así debió de ocurrir con la idea de agrupar a los pueblos más bellos de Francia. El momento, la chispa, parece que saltó un 6 de marzo de 1982, cuando al alcalde de un hermoso pueblo del Limousin, Collonges-la-Rouge, se le ocurrió que aquella era una buena idea, y que una mención en las guías o un cartel a la entrada del pueblo podrían ser un buen reclamo.

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Casi cuarenta años después la idea se ha convertido en un club de reglas fijas y número variable. Las reglas son básicamente tres: que el lugar de marras no tenga más de dos mil vecinos censados, que cuente con dos o más edificios o parajes protegidos y que el Consistorio solicite su ingreso en la asociación. En este momento, son 158 los pueblos agrupados (pueden entrar o salir del club según cumplan o no los requisitos). Las ventajas, enormes: desde un prestigio etéreo a figurar en una guía que se edita anualmente, mapas, folletos o participar en eventos como carreras, conciertos, festivales o mercadillos.

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Pero el éxito de aquella idea en sazón ha ido más allá. Alistar a los pueblos más bellos pronto fue copiado en países como Italia (borghipiubelliditalia.it), España (lospueblosmasbonitosdeespaña.org) y otros. Además, dentro de la propia Francia surgieron clubes similares, como Villes et Villages Fleuris, Petites Cités de Caractère, Sites du Goût... El afán clasificatorio del magín humano viene de lejos (ya se listaron Las Siete Maravillas del Mundo hace dos mil años, más o menos). Y las listas con los Top Ten, o los veinte, o los cincuenta lugares, países, ciudades, playas o lo que sea están a la orden del día (¡y triunfan!) en prensa o sitios web. Nosotros hemos elegido quince. No vamos a razonar ese tope, pero sí a advertir de que no todos los propuestos pertenecen al grupo oficial; hemos incluido algunos que exceden el corsé vecinal y otros que, sencillamente, se encuentran muy a gusto sin soportar el agobio de la fama y turistas ávidos de belleza rural. Lo que significa que pueden quedar pueblos (y mundos) por descubrir. Incitante, ¿no?

CONCARNEAU

“Ville des peintres”

Con su ville close o casco histórico encerrado entre murallas, es un islote del río Moros, metros antes de que este se vierta en el océano Atlántico, al oeste de Bretaña. Solo un puente de piedra lo amarra a la orilla. Cuando Bretaña se puso de moda entre los artistas, hacia el año 1870, el puerto daba abrigo a más de dos mil barcos de pesca durante la temporada costera del atún. Hoy sigue la actividad pesquera, pero mucho más la pesca de turistas.

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Generaciones de artistas han ocupado durante más de un siglo las callejas del núcleo amurallado; eran petits maîtres que abrazaron tanto el naturalismo como el neo y post impresionismo, y cuyos ateliers se han convertido en galerías de arte. Al aura pictórica se suma el prestigio literario. Por los best sellers policiacos del escritor Jean-Luc Bannalec (seudónimo galo del escritor alemán Jörg Bong): ya van ocho novelas, que han sido llevadas a la televisión y al cine, y editadas también en español (Grijalbo).

CONQUES

Etapa de peregrinos

En una vaguada angosta, encajonada entre montes cubiertos de bosques, se recoge el minúsculo pueblo en torno a una abadía de empaque catedralicio. Meta de paso para los peregrinos de uno de los ramales del Camino de Santiago. Los cánones de este grandioso templo románico fueron exportados por los peregrinos a lugares jacobeos de España, como Jaca o Frómista. Los 104 vitrales de alabastro de la iglesia fueron diseñados por el pintor expresionista Pierre Soulages para sustituir a otros del siglo XIX de escaso valor.

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Junto al templo y un devastado claustro, la Cámara del Tesoro guarda, entre otras joyas, el cofre custodio del Santo Prepucio. Las calles empedradas, las casas de entramado, los tejados de lajas de piedra, las flores y los mimos obsesivos hacen de Conques un escenario de cuento. O de película, ya que en los fragosos bosques que arropan el enclave se encontró, en 1790, una criatura de unos 12 años cuya historia narró François Truffaut en su película de culto El pequeño salvaje (1979).

GORDES

Las voces de piedra

Tras la última guerra mundial, aquel pueblo de la Vaucluse, asentado en una colina fajada por hondos tajos, era una completa ruina. Pero vinieron artistas célebres, como Marc Chagall o Víctor Vasarely, y todo cambió: el palacio medieval se convirtió en un museo que albergó durante un tiempo las obras cinéticas de Vasarely –ahora es Ayuntamiento y, de paso, escenario de bodas–. Empezaron además a llegar otros artistas (o aspirantes, o aficionados) y restauraron aquella montaña mágica y hueca, hasta convertirla en un must absoluto.

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Ahora se celebra incluso un festival de música clásica, y hay tours organizados por las tripas de la montaña (antiguas almazaras y bodegas). A la salida del pueblo, en una hondonada, la abadía de Sénanque, rodeada de campos de lavanda, es una de las imágenes potentes del Midi francés. En dirección opuesta, a cinco minutos de Gordes, Les Bories es un recinto musealizado de chozos de pastores, levantados con piedra seca, cuyas cúpulas y muretes conforman un conjunto arcaico, al margen del cómputo del tiempo.

GUERANDE

Flor de sal

Demasiados vecinos para ser admitida entre los pueblos más bellos; pero todos los vecinos, o casi, caben dentro del anillo de murallas, perfectamente conservado. Y que soporta un camino de ronda practicable, con seis torres de refuerzo y cuatro puertas cardinales. La más espectacular, la de Saint Michel, aloja un pequeño museo (más bien, un espacio para el recuerdo).

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La calle principal está orillada por tiendas que venden flor de sal de las vecinas salinas, o dulces típicos muy codiciados por la avalancha de turistas (especialmente nutrida cuando se celebran sus fiestas medievales). Y conduce hasta la espléndida colegiata gótica de Saint Aubin. A escasa distancia del pueblo, el marais de Brière (marismas navegables) esconde la aldea-museo de Kerhinet, solo habitada por un puñado de artesanos que hacen veces de guardas, con un pequeño centro de interpretación del Parque Natural y un derroche de flores y mimos; tantos que, en vez de aldea ideal, es una aldea... irreal. Pero irresistible.

HONFLEUR

Aroma impresionista

En el estuario mismo del río Sena, Honfleur no cabe en el club oficial de los pueblos más bellos –aunque sí Barfleur, mucho más chica–. Pero es que Honfleur es una de las perlas del norte de Normandía para los turistas. Como antes lo fue para los artistas; en los albores del siglo XIX empezaron a llegar paisajistas como el inglés Turner, y a finales de siglo fue Eugène Boudin quien animó a que vinieran a su pueblo colegas jóvenes como Courbet o Monet. Muchas obras de Boudin y de otros socios de correrías artísticas se muestran en un pequeño museo.

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Como la población no sufrió grandes daños con las guerras, el Vieux Bassin o antigua dársena conserva intacta la estampa que verían, en el siglo XVI, los colonos que zarpaban en viaje transoceánico hacia Canadá. Esos mismos muelles, arropados de veleros y llenos de flores y terrazas, acogen en la actualidad a una multitud ávida de moules-frites y crevettes (mejillones y camarones), que se despachan en restaurantes y puestos de comida. Alegría de vivir que contrasta con el libro más célebre de Françoise Sagan, vecina que fue del pueblo, Bonjour, tristesse.

LA ROQUE-GAGEAC

Idilio en el agua

Las paredes rojizas de roca caen a plomo sobre el río Dordoña. Apenas ceden sitio a una repisa que sostiene a la carretera, y a cuatro casas que a veces se incrustan como moluscos en el propio acantilado. Alternando con cuevas que sirvieron de morada en tiempos pretéritos. Es una de las postales más codiciadas y fotografiadas de la región.

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Hoteles y restaurantes exquisitos, cruceros en gabarra por el río y vuelos en globo al amanecer. A muy corta distancia, por un extremo, el pueblo de Beynat trepando asimismo por la cornisa hasta alcanzar el castillo roquero, que alojó a Ricardo Corazón de León; por el extremo opuesto, la bastida de Domme, en la cima de una montaña cortada a pico, es otro balcón formidable que permite contemplar casi entero el valle del Dordoña, y sus castillos asomados al agua.

MONPAZIER

Reina de las bastidas

Las bastidas son una forma peculiar de población que se impuso en torno al siglo XIII en la parte central y occidental de Francia; el ombligo del pueblo no era ya la iglesia parroquial sino una plaza para el mercado, normalmente enmarcada por hileras de pórticos o arcadas para protegerse en caso de lluvia. Este particular desarrollo urbano era construido con una doble finalidad: defensiva y de explotación económica. Uno de los más puros ejemplos de bastida es Monpazier, que cuenta por ello con un Bastideum o centro de interpretación de esa forma novedosa de urbanismo medieval.

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Todas las calles de la localidad conducen a esa plaza central. La iglesia aparta discretamente sus encantos góticos a un callejón lateral. Los mercados siguen celebrándose en la plaza un día a la semana. Si se tiene la suerte de coincidir con esa jornada, se podrá mercar de los campesinos de la zona sus patés elaborados en casa, conservas de pato, cochon noir, hortalizas y frutas cortadas esa misma mañana, tartines y panes artesanos, aceite de nueces, setas o trufas de temporada, quesos, miel... La tierra hecha carne.

NAJAC

Nido de herejes

En el tablero político y guerrero disputado entre los reyes de Inglaterra y Francia y los condes de Toulouse, el castillo de Najac era la llave para controlar todo el valle del río Aveyron, lo que equivalía a dominar el país entero. La fortaleza, rehecha en el siglo XIII por un hermano del rey San Luis y ejemplo de baluarte inexpugnable durante muchos años, no es ahora más que una gloriosa ruina.

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Hasta el risco sobre el cual se empina, entallado por tajos de roca lechosa, conduce la única calle de la localidad que merece tal nombre, escoltada por callejones y cul-de-sac asomados al vacío. En el extremo opuesto al castillo, la iglesia gótica y algunas casas de cierto empaque. El que fuera en tiempos medievales un nido de herejes cátaros es ahora un nido de turistas. Otra cosa no hay.

PIANA

Los colores de Córcega

En la isla de Córcega son varias las poblaciones que, de no ser por su tamaño (relativo), deberían estar en el club de beldades: Corte, Sartène, Calvi, Piana... Esta última sí pertenece al club, aunque más que por el casco urbano en sí, por el enclave natural, que es patrimonio de la Unesco.

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El pueblo luce un cierto aire italiano –como el propio idioma corso–, con casas blancas de tejado bermejo, y un campanario que es copia descarada del de la ligur Portofino. Lo que rodea al pueblo es pura magia. Les Calanches (calas, en corso) conforman un escenario agónico de rocas caprichosas de color sangre, escoltadas por cuevas labradas por el agua, y de taffoni (agujeros) por donde el mar escupe su furia. Esta geografía prodigiosa, junto a algunas rarezas botánicas y faunísticas, hacen de los golfos gemelos de Porto y Girolata, de los que Piana es gozne, un enclave singular.

RIQUEWiHR

La chispa del riesling

Muchos de los pueblos (y también ciudades) de Alsacia destacan por su especial belleza; de hecho, son varios los incluidos en el club de los más bonitos: Hunspach, Hunawihr, Riquewihr... Este último podría resumir el perfil de esos núcleos asentados a orillas del Rin, protegidos por las montañas de los Vosgos; son eslabones de un corredor fronterizo que, de tanto pasar de franceses a alemanes, o viceversa, hablan un idioma que es mezcla endiablada del de ambos bandos.

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Pero los vaivenes bélicos no han apartado a Riquewihr y pueblos vecinos de su afición por el vino, que aquí es sobre todo el alegre, ligero y perfumado riesling. Las viñas cubren el terreno llano, los estribos de las montañas y hasta invaden los patios de casas y atrios de nobles edificios. Que en el caso de Riquewihr son un castillo en ruinas, varias iglesias y un puñado de mansiones blancas, cruzadas por oscuros tirantes de madera, con tejados empinados como cucuruchos, manera de burlar los fuertes aguaceros alsacianos.

SAINT-CIRQ-LAPOPIE

“El pueblo más bello del mundo”

Eso dijo de él André Bretón, que fijó allí su residencia de campo. Al igual que hicieron otros artistas del siglo pasado, y siguen haciendo ahora vecinos cultivados. El pueblo se alza sobre una cornisa de roca inexpugnable, ceñido de murallas, torreones y casas fortificadas. Por debajo del zócalo de piedra discurre plácido el río Lot, tan manso que las barcazas, en tiempos, tenían que ser arrastradas a la sirga.Con las guerras de religión del siglo XVII entre hugonotes (protestantes) y católicos, tanto el castillo y las defensas como muchas de las mansiones señoriales quedaron devastados. No obstante, la estampa medieval no solo se mantiene sino que aparece reforzada por un halo de ruina y romanticismo. Aunque, claro, era inevitable que ese espejismo se quebrara por la avalancha de visitantes y el cúmulo de talleres de artesanía, galerías de arte, tiendas de casi todo, en fin, para atender a su avidez mitómano-consumista. Otro de sus atractivos le viene de estar ubicado en pleno corazón del Parque Natural Regional de los Causses du Quercy, muy apreciado por los senderistas.

SAINT-MALO

Corsarios y exploradores

Excede el corsé vecinal del club de pueblos bellos, pero el casco histórico amurallado, sobre una pequeña península entre el estuario del río Rance y el Atlántico, es como un pueblo abismado. Y especial en muchos sentidos. La historia y carácter de los malouins se diferencian de las del resto de los bretones: se sienten independientes, presumen de corsarios famosos y fue un paisano, Jean Cartier, quien zarpó de sus muelles en el siglo XVI para descubrir y colonizar el Québec canadiense.

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Su tumba está en la catedral gótica de San Vicente, que es uno de los pocos edificios que se libró de las bombas en la Segunda Guerra Mundial, junto con las murallas. Estas forman un anillo completo y se pueden recorrer en su totalidad por el camino de ronda. Desde ese balcón se cierne un rebaño de islotes, algunos accesibles a pie con la marea baja. Dos de esos islotes están blindados con sendos fuertes, como escudo de avanzadilla, y en otro llamado Grand Bé se encuentra, entre las rocas, la tumba del político y escritor romántico François-René de Châteaubriand, que era paisano.

SAINT-MARTIN-DE-RÉ

En la isla blanca

Saint-Martin es la capital de la isla de Ré, un núcleo tan poblado (15.000 vecinos en invierno, pero llegan a sumar  200.000 en estío) que no encaja en el club oficial. Sí que figura, en cambio, la cercana y más chica Ars-en-Ré.

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Ambas poblaciones comparten una arquitectura peculiar, de casas encaladas, resplandecientes, que hacen resaltar el rojo de las tejas, los postigos pintados de verde o las malvas reales que invaden las aceras. El puerto de Saint-Martin es un mareo de bicicletas (“la petite reine”) y terrazas donde saborear una blanche de Ré (cerveza artesanal). Las calles que suben hasta la iglesia gótica están empedradas con galets du Canada, los guijarros bruñidos que traían de lastre, a la vuelta, los navíos que antes habían llevado sal y vino a las colonias.

VILLEFRANCHE-DE-CONFLENT

Fronteras movedizas

El paisaje es grandioso, en la cara norte de los Pirineos orientales. Fundada en el siglo XI junto a la confluencia de los ríos Têt y Cady por el conde de Cerdaña, Vilafranca (su nombre en catalán) ha pertenecido al condado de Barcelona, al reino de Mallorca, a las coronas de Aragón, de Francia, de España... En el año 1654 fue asediada durante seis días y saqueada por los franceses, y en 1659, tras el Tratado de los Pirineos, pasó a formar parte de Francia. Y un par de lustros después, el gran ingeniero militar Vauban construyó en lo alto del monte Belloc el formidable Fort Liberia.

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Este se comunica con el pueblo, medio kilómetro más abajo, a través de una escalera subterránea de 734 peldaños, considerada la más larga de Europa bajo tierra. El pueblo, que conserva las murallas, una iglesita románica y nobles casonas, es un hervidero de turistas; muchos de ellos vienen a hacer excursiones, a probar el bougnette o bunyete en catalán, la especialidad culinaria de la ciudad, un buñuelo fino y azucarado, o también a montar en el mítico train jaune (tren amarillo), un convoy turístico de alta montaña que efectúa un recorrido por pueblos y parajes funambulistas que parecen flotar en las nubes.

YVOIRE

Los sortilegios del lago

Se suele asociar el lago Leman (o lago de Ginebra) a Suiza. Pero la orilla meridional pertenece a la Saboya francesa. Y allí, metiendo los pies en el agua (lo mismo que su rival, el castillo de Chillon, el monumento más visitado de Suiza), está la medieval y ensoñadora Yvoire. El señorío de Yvoire se creó en el siglo XII, si bien las fortificaciones son del siglo XIV, erigidas por orden de Amadeo V de Saboya.

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La fortificada Yvoire vive rodeada de murallas y de cisnes, con dos puertas de entrada prohibidas a los coches, con callejas forradas de flores que casi siempre dejan entrever, en escorzo, los reflejos del lago. O el friso enfrentado de los Alpes. En el antiguo huerto del castillo se encuentra el Jardín de los Cinco Sentidos, un singular laberinto vegetal. En el puerto solo atracan vapores de recreo, o veleros deportivos, o gaviotas glotonas, al acecho de las sobras en las múltiples terrazas y restaurantes que tapizan la ribera del lago.