15 bosques encantados para recorrer en otoño

Algunos parecen salidos de un cuento o de una novela de misterio. Otros son especialmente atractivos en otoño por su color, su agua, sus rutas senderistas, sus hayedos (reconocidos recientemente como Patrimonio Inmaterial por la Unesco), sus rutas en bici o sus leyendas. Los bosques de España tienen diferentes tipos de encantamiento y son lugares perfectos para disfrutar de la Naturaleza más colorida que regala esta época del año. Este es el mejor momento para una escapada rural. ¡Adelante!

Silvia Roba
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Foto: JavierGil1000

Vega de Brañagallones

Braña quiere decir valle, y gallones quiere decir urogallos, gallos de monte en peligro de extinción que aún sobreviven en el Parque Natural de Redes, Reserva de la Biosfera, hacia cuyo corazón nos dirigimos por un camino que parte desde el municipio de Bezanes, a orillas del río Nalón, en la carretera que sube al puerto de Tarna. La pista va en ascenso durante unos cuantos kilómetros hasta llegar a un mirador a partir del cual la pendiente se suaviza. Hasta llegar aquí habremos pasado por un espectacular castañar, aunque aún queda lo mejor: un bosque centenario de hayas a 1.200 metros de altitud, entre las que también crecen acebos y algún abedul. En los claros del bosque hay cabañas de piedra.

Fageda d'en Jordá

Fue el poeta Joan Maragall su primer gran descubridor. A la entrada del itinerario pedestre número 2 de la Reserva Natural en la que se ubica podremos leer el poema que hizo a la fageda famosa. Presoner del silenci i la verdor, este bosque de la comarca de La Garrotxa es excepcional, ya que sus hayas crecen sobre la colada de lava del volcán del Croscat, en un lugar llano y con colinas suaves (tossols), a una altitud de 550 metros, poco frecuente para este tipo de árboles. El acceso a pie puede hacerse desde el aparcamiento de Can Serra, Olot (itinerario 3, hora y media) o Santa Pau (algo menos de dos horas).

La pardina del señor

No es uno de los bosques más conocidos del pirineo oscense, a pesar de estar ubicado entre el cañón de Añisclo y el valle de Ordesa. La apertura aquí, hace tan solo unos años, de un tramo del GR15 que va del valle de Vió a Broto por la margen derecha del barranco de Chate lo situó de pronto en el mapa. El sendero que debemos coger para visitarlo desciende por un pinar hasta el río para luego subir a las casas abandonadas de la pardina de Ballarín, que se eleva a más de 2.000 metros de altitud. Veremos hayas, sí, y robles y abedules, pero también pinos, abetos y acebos. Aún se puede disfrutar del paisaje de otra manera, desde la distancia, recorriendo, a pie, en bici o en coche, la carretera que une Sarvisé con Fanlo. Siempre hay ventanas naturales a las que asomarse.

Hayedo de Otzarreta

Primer y único consejo: no olvidar la cámara de fotos. Aunque parece recién salido de un cuento, sobre todo los días de niebla, este pequeñísimo bosque existe. Para encontrarlo solo hay que buscar la vieja calzada real que existía entre Zeanuri y Ubidea y adentrarse en el Parque Natural de Gorbeia hasta alcanzar el alto de Barazar, para después desviarse a la derecha y, por la pista que sigue, tomar la bifurcación de la izquierda. Ahí nos esperan hayas casi imposibles de ver en ningún otro lugar: sus ramas no crecen en horizontal, sino hacia arriba, en busca de la luz. ¿Por qué? Aquí los árboles, de gruesos troncos cubiertos de cicatrices y musgo, han sido sometidos durante años a podas sucesivas para obtener leña y hacer carbón en un claro ejemplo de explotación sostenible.

Castañar de el Tiemblo

A tan solo una hora de Madrid, en las estribaciones orientales de la sierra de Gredos, el castañar abulense, el más extenso del Sistema Central, es el lugar perfecto para escapar de las prisas de la ciudad, sobre todo cuando llega el otoño, que es cuando despliega su mayor poder de atracción, gracias al contraste cromático entre los sotos de robles, servales, acebos y pinos y los castaños. El acceso está controlado: en épocas de mucha afluencia hay que pagar dos euros. Es necesario para poder mantener en perfecto estado de conservación algunos de sus árboles monumentales, como la pareja de Prado Hueco o El Abuelo, con más de 500 años de vida. En el castañar se puede realizar una ruta circular muy sencilla, apta para toda la familia.

Bosques de secuoyas

No, no estamos en Estados Unidos. Esto es Cantabria y, por extraño que parezca, sí, aquí hay un bosque de secuoyas. Fueron plantadas allá por los años 40 del pasado siglo para proporcionar madera a la industria del lugar. Pero, en vez de ser taladas, ahí se quedaron para siempre jamás, en un espacio hoy protegido de 2,5 hectáreas. Algunos ejemplares –más de 800– alcanzan los 36 metros de altura, formando un bosque realmente único en España, al que se accede a través de una senda, con escaleras y puentes, que comienza junto al aparcamiento que hay justo en el límite entre las localidades de Cabezón de la Sal y Udías. Imposible no mirar hacia arriba: a través de las elevadísimas copas apenas llega la luz del Sol.

El bosque del cobre

A la serranía de Ronda le sienta bien cualquier estación del año, incluido el otoño, momento en el que ofrece una de las imágenes más impresionantes del interior de la provincia de Málaga. El nombre de este bosque es toda una metáfora, que hace referencia al color de los castaños (amarillo, ocre, naranja) que, poco a poco, va cubriendo los montes que rodean municipios como Alpandeire, Cartajima, Igualeja, Pujerra y Parauta, todos ellos pueblos blancos del valle del Genal. Para disfrutar de este paraje lo mejor es asomarse a los miradores que hay en la carretera que une estas localidades o adentrarse en él a través de los senderos locales y de la Gran Senda de Ronda (GR 141), cuyas etapas 4, 5 y 6 discurren cerca del río.

Barranc dels Horts

Para localizar el Barranc dels Horts en el mapa habrá que buscar primero L’Alt Maestrat. Ahí está: en la vertiente sur de la sierra de la Nevera y del Tossal de la Marina, en los límites ya de la rambla Carbonera. Para visitarlo es necesario pedir antes permiso a la Fundación Caja Castellón, encargada de conservar este paraje natural relíctico, repleto de carrascas centenarias, almendros y fuentes de agua, utilizadas tradicionalmente como bebederos para el ganado. Pero si por algo tiene interés este peculiar bosque de 700 hectáreas es por sus numerosos robles quejigos y por su docena de microrreservas de flora. Toda una reliquia de lo que hace siglos fueron los bosques mediterráneos.

El canal y los tilos

Una explosión de color y de biodiversidad en la isla de La Palma. Así es esta masa forestal, situada en el municipio de San Andrés y Sauces, declarada Reserva de la Biosfera por el valor de su patrimonio natural. Este es uno de los bosques de laurisilva más importantes del archipiélago canario, uno de los pocos reductos que quedan de esos árboles de hoja ancha que hace millones de años poblaron el planeta. Junto al barranco del Agua hay un Centro de Interpretación con una exposición permanente que explica los secretos del entorno. La zona es ideal para pasear. La ruta más larga llega hasta los Nacientes de Marcos y Cordero. Las más cortas, hasta el Mirador del Espigón Atravesado y el de las Barandas.

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Tejeda de Tosande

Al sur de la cordillera Cantábrica, justo donde nacen los ríos Pisuerga y Carrión, la montaña palentina sorprende por sus densos bosques. De entre todos ellos destaca uno muy peculiar, al que se accede desde la Dehesa de Montejo después de cinco kilómetros de caminata. Merece la pena: ante nuestros ojos aparecerá una espectacular tejeda, reliquia de la Era Terciaria, formada por tejos milenarios, algunos de los cuales alcanzan los tres metros de diámetro. No es fácil encontrar ejemplares juntos de estos árboles, de ahí su valor. En otoño la caída de las hojas de las hayas que la precede facilita la localización del sendero que conduce a la tejeda, con pasarelas para ver más de cerca y mejor los tejos más longevos, de troncos retorcidos bien agarrados al suelo calizo.

Laguna Negra de Urbión

Cincuenta kilómetros separan a Soria de la mítica y mística Laguna Negra, ese abrevadero de lobos que tanto ha fascinado al hombre desde tiempos inmemoriales. Encajada entre paredes graníticas a 2.000 metros de altura, es de origen glaciar y siempre ha estado envuelta en mil y una leyendas, como la de los hijos de Alvargonzález, que podemos revivir leyendo en alto el romance que en su día escribió Antonio Machado. Para llegar a la laguna, bordeada por grandes extensiones de pino albar y hayas de gran tamaño, habrá que dejar el coche en el aparcamiento del Paso de la Serrá y caminar durante dos kilómetros. Desde aquí se puede iniciar el ascenso al Pico de Urbión.
 

Bosque de Muniellos

Cuentan que por miedo a las xanas, míticas hadas de río, trasgus y cuélebres dejaron de talar árboles y que, por tal motivo, esta es una de las masas forestales mejor conservadas de Europa. Muniellos es un bosque que “tiene tantos valles y vallinas como días el año”, así que no es extraño que en determinadas épocas el agua fluya por cualquier rincón. Osos pardos y urogallos se encuentran aquí a salvo del mundo. No es para menos: a esta Reserva Mundial de la Biosfera solo pueden acceder veinte personas al día, ni una más, previo permiso. Quienes consigan tal privilegio tendrán ante sí uno de los robledales más extensos del continente, en el que predomina, sobre todo, el roble albar. Hayas y abedules dan aún más color al paisaje en cuanto llega el otoño.

Fragas do Eume

Hay carballos y castaños, abedules y alisos, pero también laureles, madroños y hasta 200 tipos de helechos. En algunos tramos la vegetación es tan tupida que apenas deja pasar la luz del Sol, aunque de umbrío este bosque atlántico de ribera tiene poco. Habrá que buscar sus fuentes y cascadas, o tan solo escuchar, mientras cruzas algún puente colgante, el rumor de las aguas del río Eume, que poco a poco forman un profundo cañón, con laderas que alcanzan los 300 metros de desnivel. El monasterio de Caaveiro es la mejor entrada al Parque, cuyos límites marcan As Pontes, Pontedeume y Monfero. Desde el refugio de pescadores de Cal Grande parten camiños para recorrer a pie.

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Selva de Irati

Parece ser que la ingesta de belladona propició la muerte de la reina Juana de Labrit, cuyo espíritu, guiado por lamias, pulula por el bosque desde que fuera envenenada allá por el siglo XVI. No nos engañemos: no será fácil encontrarnos con tan extraña comitiva mientras recorremos, a pie o en BTT, cualquiera de los 16 senderos balizados del que es el segundo hayedo-abetal más extenso de Europa (el primero es la Selva Negra alemana). Hay dos formas de adentrarse en él: por su costado occidental desde Orbaizeta o por el oriental desde Ochagavía. Ninguna de las rutas que se pueden seguir supera los diez kilómetros. ¿La más habitual? La del Sendero del Bosque de Zabaleta, que comienza en el área de acogida Virgen de las Nieves y termina en el embalse de Irabia.


Parque Nacional de Garajonay

Solo si se ha visitado alguna vez el Parque Nacional de Garajonay, en la isla canaria de La Gomera, es posible entender por qué Lorenzo Silva lo utilizó como escenario de fondo en su novela La niebla y la doncella, llevada recientemente al cine por Andrés Koppel. Ligeras ondulaciones y suaves pendientes conforman un paisaje envuelto cada día en una húmeda niebla. Un lugar frío y sombrío en el que las nubes bajas, al chocar con la vegetación, producen la famosa lluvia horizontal, que da esplendor a una selva frondosa y espesa. El lugar perfecto no solo para ambientar un thriller. También para que sobreviva un excepcional bosque de laurisilva, reliquia de la Era Terciaria.