12 días en Toscana

Según la Unesco, un tercio del patrimonio artístico del planeta se halla en Italia. Y dentro de ese país, la parte del león corresponde a la Toscana, una región risueña donde el arte se confunde con la vida: vivir es un arte, y éste se vive con pasión. Todo allí, hasta el paisaje, parece retocado por la mano de un estilista. Un viaje por aquellas tierras nos arroja de bruces en brazos de la belleza y el goce de vivir.

Carlos Pascual

Día 1. Llegada a Pisa
Es la puerta de entrada más cómoda, por tierra, mar y aire, para trazar un recorrido ambicioso -aun así, ojo, no todo se podrá ver, ni en doce días, por las diez provincias que integran la región toscana-. La ciudad de Pisa tiene un icono de alcance universal, su torre inclinada, un campanile románico cuyos misterios tan bien apuntaba aquella famosa película de los hermanos Taviani, Buenos días, Babilonia. Pero la torre es sólo una pieza más de esa explanada prodigiosa que es el Campo dei Miracoli, donde se alzan además el Duomo, el Baptisterio y el Camposanto, todo realizado en mármol radiante de la vecina Carrara. Tanto en la Catedral como en el Baptisterio, los hermanos Giovanni y Nicola Pisano labraron sendos púlpitos que son anticipo del verismo renacentista.

En el Camposanto, aparte de frescos medievales (Triunfo de la muerte), hay otros de Benozzo Gozzoli, quien plasmó como nadie el ideal de paisaje toscano. Muchos turistas se pierden estos y otros detalles por hacerse la fotografía con la original pose de estar como sujetando a la torre vacilante. El conjunto fue posible por el auge de la República de Pisa en los siglos XI y XIII, cuando el Arno era navegable en su tramo final. Merece la pena descubrir la ciudad, venida a menos cuando el río se encenagó, llena de encanto a pesar de todo.

Día 2. Puccini, pistolas y arte de vanguardia
Lucca, situada a media hora de Pisa, es una gran sorpresa por tres razones: su recinto fortificado, tardío (siglos XVI y XVII) pero completo; el conjunto de iglesias románicas con franjas superpuestas de arquillos ciegos y columnas (que ya vimos en la torre y el duomo de Pisa); y la tercera razón es Giacomo Puccini, el genial compositor de óperas. Nació en una casa que se visita como museo y se instaló en una villa junto al lago próximo de Massaciuccoli, la cual también se visita, y donde está enterrado. Puccini eligió este idílico rincón de la geografía toscana porque le encantaba cazar patos. "El rifle es mi instrumento favorito, después del piano", decía.

No rifles, pero sí pistolas dieron fama -y el propio nombre- a la vecina ciudad de Pistoia. En realidad, las pistole que usaba el vecindario del siglo XIII, al parecer con entusiasmo, eran puñales. Pero la industria metalúrgica (de dagas o luego pistolas de fuego) dieron a Pistoia poderío suficiente para costear un recinto amurallado, un duomo y un baptisterio muy notables. También la siguiente ciudad, Prato, tiene un casco viejo interesante, duomo incluido, pero lo más chocante es el centro de arte contemporáneo que luce a la salida, de lo mejorcito de Italia en ese terreno.

Día 3. Florencia: primer encuentro con los genios
Por Florencia se movieron casi todos, no sólo arquitectos, pintores o escultores, también Bocaccio, Dante o Maquiavelo. El saludo a este exceso de ciudad de arte debería empezar por lo que es su auténtico corazón, la Piazza della Signoria, presidida por el Palazzo Vecchio, flanqueada por la Logia dei Lanzi (ya no pueden los ociosos sentarse en sus gradas, como hacían los enamorados de Una habitación con vistas) y plagada de estatuas; entre ellas, una mala copia del David de Miguel Ángel. La hilera de las estatuas parece señalar la entrada a los Uffizi, cuyas salas podrían consumir la entera jornada.

Pero conviene sisar tiempo para entrar en, al menos, otros dos museos cercanos: el Bargello (siquiera sea por ver el David de Donatello), y el Orsanmichele, por dentro y por fuera. Nos pilla, además, de camino hacia el otro centro de gravedad, el religioso: la recién prohibida al tráfico Piazza del Duomo, con la Catedral y Cúpula de Brunelleschi, el campanile en parte diseñado por Giotto, y el Baptisterio, con dos puertas en bronce de Ghiberti que anunciaban la aurora renaciente. Tampoco hay que dejar de ver el subsuelo del duomo, un museo entre cimientos del templo primitivo. El ambiente de esta plaza supera ahora al de la Signoria, es más "salita de estar", y dejan sentarse en las escalinatas.

Día 4. Los secretos a voces de Florencia
La noche, en Florencia, se ventila, sobre todo, en osterie y trattorie populares. Y en barrios castizos, como el que arropa a Santa Croce, cuya crónica reflejan los relatos de Vasco Pratolini. Para la segunda jornada, se pueden dejar tres de esos barrios populares con sus respectivas maravillas. La iglesia gótica de Santa Croce vale por una catedral, alberga frescos de Giotto y discípulos, y sirve de panteón a italianos ilustres, como Miguel Ángel, Machiavelo, Galileo o Rossini. Otro barrio y templo rival es el de Santa María Novella, con fachada de Alberti (al que han dedicado la plaza con una especie de instalación de arte). También esta iglesia gótica está forrada de frescos, entre ellos algunos de Ghirlandaio y otro revolucionario, La Trinidad, de Masaccio; tiene más en el claustro, pero hay que pasar (y pagar) por otra taquilla. No perderse la farmacia histórica (funciona aún, se entra libremente). Casi al lado está San Lorenzo, un templo de Brunelleschi que tiene adosadas las Capelle Medicee, con sepulcros labrados por Miguel Ángel. El mercado que hay afuera es de lo más veterano y popular. De allí a un paso está la Galleria dell''Accademia, donde aguarda el David y los Esclavos de Miguel Ángel (sacar entrada por teléfono o Internet, o perderán el día). Y poco más allá, el Convento de San Marco, con las paredes que pintó para entretenerse Fra Angélico, y otra plaza castiza, la de la Annunziata, uno de cuyos lados cierra el Spedale degli Innocenti (hospicio) de Brunelleschi.

Día 5. Al otro lado del río Arno
Tanto empacho de arte no debe privarnos de otros placeres, como el de las compras. Los anticuarios parecen una trastienda de museo. Boutiques de moda y seda encontraremos sobre todo por Via Tornabuoni (donde está el palacio-tienda de Ferragamo, que es florentino). Un sitio especial para joyas y bagatelas: el Ponte Vecchio. Antes, en las tiendas que cabalgan sus pretiles se despachaban rábanos o lechugas; ahora hay que ir con la Visa Oro. Este puente nos sirve para cruzar el Arno y adentrarnos en el Oltrarno, la otra orilla, más campestre y abierta.

No faltan platos contundentes, como las iglesias de Santo Spirito y del Cármine, ésta con los frescos precursores de Masaccio; o el Palazzo Pitti, que aloja varios museos y preside los jardines de Bóboli: un must (si uno quiere tornar a Florencia, tiene que tocar la barriga, o más abajo, al enano Morgante, bufón subido a una tortuga). Obligado ascender al Viale Michelangelo, mirador atestado de turistas y vendedores, desde el cual se cosecha la mejor vista de Florencia. Por encima asoma San Miniato al Monte, de un románico marmóreo, revestida por dentro de frescos. Ya puestos, habría que alejarse en trolebús hasta Fiésole, otro mirador con duomo y museo propios, y hasta un teatro romano; pero sobre todo con terrazas para cenar o trasegar una frasca de chianti viendo de lejos Florencia.

Día 6. Por tierras del chianti
El chianti es precisamente el que nos va a ayudar a despegarnos de tanto esplendor. Y conste que el chianti classico no es el único, hay vinos toscanos mejores. Pero éste tiene su propia ruta bien marcada, al sur de Florencia. Por allí encontraremos, en un paisaje de colinas tachonadas de viñedos y escoltadas por cipreses, castillos como Meleto, Castello di Brolio o Uzzano -convertido en exquisito hotel y santuario de Baco-. Está a un paso de Greve, que es como la capital del dominio vinícola, con enoteche del mayor sibaritismo. Al lado está Montellefiore, pueblo amurallado donde está la casa de Américo Vespucio. Pero cualquier pueblo de la comarca nos sorprende por el refinamiento de sus enoteche (no sólo venden vinos, también aceites, quesos o pasta) y de sus muchos alojamientos rurales: el agroturismo es aquí una fiebre galopante.

Día 7. Siena, la bien gobernada
Al llegar a Siena uno comprende el porqué del nombre del color "tierra de siena" o "siena tostado". Es el tono de piel de la eterna rival de Florencia. Su escenografía es soberbia, asentada en siete colinas y troceada en 17 contrade o barrios (los que corren el Palio). El ombligo de Siena es la Piazza del Campo, un semicírculo medieval cuya scena ocupa el Palazzo Publico con la afilada Torre del Mangia, el mejor balcón de la ciudad. El palazzo aloja, entre otras cosas, sendos frescos dedicados al Buen y Mal Gobierno, que plasman el ideal de convivencia urbana en la Baja Edad Media. Subiendo por la Via di Città, que rodea a la plaza, hallaremos la Academia Musical, tan bella como activa, y más arriba, la Piazza del Duomo. Iba a ser una catedral descomunal, pero un brazo se quedó a medias -y ahí está el Museo dell''Opera del Duomo, con el retablo de La Maestà, de Duccio-. El suelo de la catedral es un taraceado asombroso de mármoles formando escenas y figuras. Enfrente de la fachada acaban de renovar el hospital de Santa María della Scala, convertido en museo.

Día 8. Rascacielos medievales
Apenas salidos de Siena por la autostrada que va a Florencia, haremos un alto en Monterriggioni. Este pueblo es modelo de villa medieval fortificada, con catorce torres en su cinto y sólo dos puertas de acceso. La sorpresa mayúscula nos aguarda empero en San Gimignano. Allí las torres no están en la muralla sino que son el estandarte de las casas de los ricos. Llegó a haber hasta medio centenar; apenas quedan una docena, como chimeneas de los humos familiares. San Gimignano se ha convertido en una suerte de parque temático. La riada de turistas va anegando las galerías de arte y tiendas exquisitas de Via San Giovanni (enotecas, moda, piel, perfumes...) hasta llegar a la Piazza della Cisterna, donde se monta el mercado semanal (y se rodó Té con Mussolini). Ésta comunica con la Piazza del Duomo, presidida por la Colegiata, el Palazzo del Pópolo (Ayuntamiento), el Palazzo del Podestà y las llamadas "torres gemelas" (no lo son). La colegiata es un must absoluto, por su ciclo de frescos, entre ellos los que pintó Ghirlandaio en la capilla de Santa Fina. En el Palazzo del Pópolo se aloja el Museo Cívico, vale la pena. A las afueras hay aziende históricas, como Pietrafitta, que se remonta al año 961 y perteneció, entre otros, a Amadeo de Saboya; siguen haciendo vino, y acogen visitas.

Día 9. El país de los etruscos
Apesar de no ser mucha la distancia hasta Volterra, ésta parece quedar a trasmano, y es lástima que el turismo se le resista. Entramos allí en otra atmósfera, la del mundo etrusco, que invade el sur y oriente de la Toscana hasta fundirse con el Lazio, cuna de aquel pueblo antecesor de los romanos. Volterra ha conservado algo de ellos, en muros y arcos, pero sobre todo en un espléndido museo que reúne casi un millar de urnas funerarias; lo peculiar de esos sarcófagos de terracota es que la tapa consiste en un retrato realista del difunto o de la pareja conyugal. Volterra tiene además teatro romano, duomo con baptisterio aparte, un Palazzo dei Priori que destaca entre otros muchos. Pero lo más singular es el encanto provinciano, ausente, que tan bien reflejó Visconti en su película Vaghe stelle dell''Orsa. Ya metidos en harina etrusca, bien haríamos en bordear el mar hasta llegar a Populonia, ciudad que los etruscos dispusieron en dos planos: la acrópolis, sobre un teso; y el puerto, abierto al Golfo di Baratti. En las colinas circundantes se ocultan las necrópolis. Massa Marittima queda cerca, tierra adentro, y cuenta con un casco histórico interesante.

Día 10. Arezzo y la Toscana oriental
Hemos de cruzar en diagonal todo este territorio etrusco -incluso pasar de nuevo por Siena- para llegar a Arezzo, otra de las ciudades clave, tanto para los etruscos (aquí se halló la célebre Quimera de bronce) como para las culturas medieval y renacentista. Arezzo está fajada por murallas que van ascendiendo hasta la Fortezza Medicea, convertida en parque (fue demolida) y espléndido mirador sobre las viñas del valle del Arno. Cerca de ese bastión se encuentra la casa natal de Petrarca, pero tiene más interés visitar la que edificó y decoró el arquitecto, pintor y tratadista Giorgio Vasari. La Piazza Grande, con la catedral románica, el Ayuntamiento y unos soportales animados, es el ombligo de la rutina diaria. Para el turista, sin embargo, el foco de atención está en la iglesia de San Francesco; allí pintó Piero della Francesca, en el Quattrocento, uno de los ciclos murales más importantes de Italia y del Renacimiento, La leyenda de la Vera Cruz, un hito en la historia del arte. Otra iglesia con interés artístico, extramuros, es Santa María delle Grazie. No lejos está Cortona, otro bastión etrusco, apostado sobre una colina, y con un casco histórico muy rico.

Día 11. La faz marina de La Maremma
Seguir el rastro de asentamientos etruscos nos llevaría a la región del Lazio; así que descendemos por la medieval Montepulciano (de lo mejor conservado, patria del vin nobile) y la renacentista Pienza (capricho de Pío II) hasta llegar a la región sureña de La Maremma. Ya el nombre apunta lo que fue aquello en el pasado: marismas insalubres y palúdicas. Poco a poco se fueron drenando y cubriendo de cultivos, y también salinas, antaño gran fuente de riqueza. Ahora La Maremma es parque natural. Pitigliano presenta una estampa espectacular, asomada a un tajamar de toba, con planta medieval y muchos edificios renacentistas, incluso barrocos (como la fachada del duomo). Cerca de allí, Capalbio es otra plaza fuerte pintoresca, sobre un cerro, vital para la República de Siena, ya que era su salida al mar. Sorprende encontrar un montón de esculturas de Niki de Saint-Phalle (casada con el también escultor Yves Tanguély), y es que eligieron este pueblo a tiro de playa como gabinete de creación, en los años 80.

Día 12. La "Costa Brava" de la Toscana
Desde las murallas de Capalbiose huele y cierne el mar. Los de Roma se ponen aquí, con la autoblu, en 45 minutos para disfrutar de playa. Estamos a un paso del Monte Argentario, que es casi una isla, ya que todo el terreno que le separa de tierra firme son dos lagunas, en las cuales se cultivan ostras y anguilas. En la entrada hacia Monte Argentario, sobre una estrecha carretera y poco más, se acopla Orbetello, con algún muro etrusco y un exiguo casco histórico. La montaña es un coloso salvaje, cubierto de pinos -recuerda a la Costa Brava española-, con excelsos miradores. En una de sus faldas se recoge Porto Ercole, aldea a la que llegó para morir Caravaggio. Lo interesante no son las casas de sabor napolitano sino los tres fuertes que protegen el enclave, obra de los españoles (aliados de los florentinos para luchar contra Siena). Uno de ellos, la Roca Spagnuola, se puede visitar con restricciones. Al otro lado de la montaña, Porto S. Stéfano es más pintoresco en su emplazamiento y recuerda a los puertos de la Liguria.